La Rata del Vagabundo

Capítulo 14: El hambre que no es hambre

El vagabundo no volvió a mirar atrás cuando dejaron la plaza. Sabía que hacerlo sería una forma de invitación, y ya había suficientes puertas abiertas como para permitirse una más. Caminó con la mandíbula apretada, ignorando el cansancio que le tiraba del cuerpo hacia abajo, como si la ciudad quisiera verlo caer.

La rata lo siguió en silencio.

No era un silencio cómodo. No era el de antes, cuando ambos compartían la invisibilidad. Este silencio estaba lleno de cosas no dichas, de nombres incompletos, de acuerdos tácitos que ninguno de los dos había pronunciado en voz alta pero que ya existían.

El hambre llegó de golpe.

No como un vacío en el estómago, sino como una urgencia en la sangre. El vagabundo se detuvo en seco, apoyando una mano contra la pared. El pulso le retumbaba en los oídos.

—Esto no es normal —dijo, respirando con dificultad.

Había pasado hambre toda su vida. Conocía ese dolor, sabía medirlo, ignorarlo, domesticarlo. Pero esto era distinto. No pedía comida. Pedía algo más profundo, más abstracto. Como si una parte de él necesitara ser llenada con sentido, no con pan.

La rata lo observó atentamente. Se acercó despacio, midiendo cada paso. No ofreció nada. No repitió el gesto antiguo del pan. Esta vez, parecía tan afectada como él.

—No es tu culpa —murmuró el vagabundo, sin saber por qué lo decía—. Sea lo que seas… esto empezó conmigo.

La calle en la que estaban se estrechó aún más, hasta convertirse en un pasaje apenas iluminado por una sola lámpara parpadeante. El olor a óxido y humedad era tan fuerte que raspaba la garganta. El vagabundo sintió un mareo y tuvo que apoyarse contra el muro.

De pronto, imágenes se superpusieron a la realidad. Vio personas que no estaban allí. Rostros sin rasgos definidos, caminando en filas silenciosas, llevando ofrendas que no eran objetos. Vio miedo entregado como tributo. Vio hambre transformada en obediencia.

—No… —susurró—. Sáquenme de aquí.

La rata emitió un sonido bajo, casi imperceptible. No era un chillido. Era una vibración. El pasaje pareció alargarse, deformarse, como si la ciudad respondiera a ese llamado mínimo.

El vagabundo cayó de rodillas.

El hambre aumentó.

No pedía comida. Pedía elección.

Entendió entonces que lo que se movía bajo la ciudad no se alimentaba de cuerpos, sino de decisiones. De personas dispuestas a ceder, a olvidar, a entregar partes de sí mismas a cambio de seguridad o silencio.

—Y yo no tengo nada que dar —dijo, con la voz rota—. Ya me lo quitaron todo.

La rata se irguió sobre dos patas. No habló. No hizo gestos grandilocuentes. Simplemente se colocó frente a él, interponiéndose entre su cuerpo y la oscuridad del pasaje.

El gesto fue claro.

El vagabundo sintió algo distinto mezclarse con el hambre. No alivio. Resistencia.

Se puso de pie con dificultad. Las imágenes comenzaron a desvanecerse, aunque no desaparecieron del todo. La lámpara dejó de parpadear. El pasaje volvió a parecer una calle común, sucia y estrecha, pero real.

—Gracias —dijo, sin mirar a la rata—. Aunque no sé qué acabas de hacer.

La rata bajó lentamente. Sus ojos ya no brillaban con fuerza. Parecían apagados, agotados, como si hubiera pagado un precio.

El vagabundo comprendió que ese hambre volvería. Que no era algo que pudiera saciarse de una vez. Era una señal. Un llamado constante.

Y mientras avanzaban hacia un barrio desconocido, supo que la ciudad no los estaba persiguiendo por error.

Los estaba probando.

Para ver cuánto estaban dispuestos a perder antes de quebrarse.



#1401 en Fantasía
#238 en Magia

En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.