La noche cayó sin aviso. No hubo atardecer, no hubo transición. Un momento el cielo estaba gris, enfermo, y al siguiente se volvió negro, pesado, como si alguien hubiera cerrado una tapa invisible sobre la ciudad. Las luces se encendieron tarde, de forma irregular, dejando zonas enteras sumidas en sombras que no parecían naturales.
El vagabundo avanzaba con el cuerpo tenso. El hambre seguía allí, agazapada, pero ahora sabía reconocerla. No la confundía con debilidad. Era otra cosa. Un recordatorio constante de que algo lo estaba observando desde adentro.
—No hay dónde esconderse —murmuró.
La rata no respondió. Caminaba más cerca que nunca, casi rozando su pierna, como si el espacio entre ambos se hubiera reducido por necesidad. Pasaron frente a edificios abandonados, puertas clausuradas con tablas viejas, ventanas rotas cubiertas por telas negras. Lugares que alguna vez fueron refugio y que ahora solo servían para ocultar lo que nadie quería ver.
El vagabundo se detuvo frente a uno de esos edificios. Reconoció el olor antes que la forma. Humedad profunda, encierro prolongado, miedo antiguo.
—Aquí dormí una vez —dijo en voz baja—. Pensé que era seguro.
La rata levantó el hocico. Sus bigotes temblaron apenas. No dio un paso más.
El vagabundo entendió.
—Ya no lo es.
Un sonido seco resonó en el interior del edificio. No fue un golpe. Fue algo más sutil, como el crujido de una articulación que no se había movido en demasiado tiempo. El vagabundo retrocedió de inmediato.
—No mires —se dijo—. No escuches.
Pero el sonido volvió. Más cerca. Más consciente.
La rata se irguió, tensa. Por primera vez, el vagabundo la vio dudar de verdad. No miedo. Cálculo.
—No puede salir —dijo él, sin saber cómo lo sabía—. Pero puede llamar.
El edificio exhaló.
Las sombras de las ventanas se movieron, deformándose, como si algo recorriera el interior buscando una salida que ya no existía. El vagabundo sintió el hambre reaccionar, tensándose, como si reconociera una amenaza similar.
—Esto no es para nosotros —susurró—. No todavía.
Se alejaron sin correr, sin provocar. Cada paso era una negociación silenciosa con la ciudad. Cuando doblaron la esquina, el sonido cesó, pero la sensación de haber sido observados no desapareció.
Caminaron durante horas, o eso pareció. El tiempo había perdido consistencia. El vagabundo solo se detuvo cuando encontró un espacio abierto: un terreno baldío, rodeado de muros bajos, donde la ciudad parecía olvidar su propia forma.
Se sentó en el suelo, exhausto.
—Aquí —dijo—. Aquí no hay nada.
La rata lo miró. Luego olfateó el aire. Asintió lentamente.
El silencio que los rodeó no era hostil. Era vacío. Por primera vez desde que dejaron el puente, el vagabundo pudo respirar sin sentir que algo le empujaba el pecho.
—Los refugios terminan —dijo, mirando el cielo negro—. Pero tal vez eso sea lo único honesto.
La rata se acomodó cerca de él. No ofreció comida. No pidió nada.
Solo permaneció.
Y en esa quietud precaria, el vagabundo comprendió que ya no buscaba un lugar donde esconderse.
Buscaba un lugar donde resistir.
Editado: 11.01.2026