El terreno baldío no duró.
Nada lo hacía, en esa ciudad. El silencio que los había envuelto comenzó a agrietarse poco a poco, como un vidrio sometido a demasiada presión. Primero fue un zumbido lejano, casi imperceptible. Luego, una sensación de peso en el aire, como si la noche misma se inclinara sobre ellos.
El vagabundo abrió los ojos.
No recordaba haberse dormido, pero su cuerpo estaba rígido y la espalda le dolía como si hubiera pasado horas en el suelo. La rata seguía allí, despierta, mirando hacia el límite del terreno, donde la oscuridad parecía más espesa de lo normal.
—Otra vez no… —murmuró.
Se incorporó lentamente. El hambre estaba presente, pero distinta. Ya no apretaba. No exigía. Ahora observaba, paciente, como algo que sabía que tarde o temprano sería atendido.
El vagabundo entendió entonces que no todo lo que se debía era consciente. Había deudas que se contraían sin palabras, sin firmas, sin acuerdos claros. Deudas que nacían del simple acto de seguir adelante cuando no se debía.
—No pedimos nada —dijo en voz baja—. No aceptamos nada.
La ciudad no respondió. No necesitaba hacerlo.
Comenzaron a caminar bordeando el terreno. A cada paso, el vagabundo sentía una resistencia leve, como si avanzara contra una corriente invisible. No era física. Era moral. Como si cada metro recorrido aumentara una cuenta que nadie les había mostrado.
La rata se detuvo de pronto.
El vagabundo también.
Del otro lado de la calle, una mujer estaba de pie bajo una farola apagada. No parecía sorprendida de verlos. No parecía nada, en realidad. Su rostro era común, olvidable, pero sus ojos estaban demasiado atentos.
—Sigue caminando —susurró el vagabundo.
La mujer dio un paso adelante.
—No pueden irse —dijo, con una voz tranquila, sin amenaza—. Todavía no.
El vagabundo sintió el hambre reaccionar. No con violencia, sino con reconocimiento.
—No te debemos nada —respondió.
La mujer sonrió apenas.
—Eso creen todos.
La rata se irguió lentamente. No en desafío. En advertencia. La mujer la observó con interés genuino, como quien reconoce una herramienta antigua.
—Ha cambiado mucho —dijo—. Pero sigue siendo útil.
El vagabundo dio un paso al frente, colocándose entre ambas.
—No la mires así.
La mujer inclinó la cabeza.
—Ya pagó antes —respondió—. Y volverá a hacerlo.
El aire se tensó. La farola parpadeó una sola vez, iluminando la calle por un segundo. Cuando la luz volvió a apagarse, la mujer ya no estaba.
El vagabundo respiró con dificultad.
—Eso fue real —dijo—. Demasiado real.
La rata bajó sobre cuatro patas. Sus ojos estaban opacos, cansados. El vagabundo comprendió que aquel encuentro no había sido un ataque, sino un recordatorio.
Siguieron caminando sin hablar. Cada paso pesaba más que el anterior. El vagabundo entendió entonces que la ciudad no los estaba persiguiendo para destruirlos.
Los estaba cobrando.
Y la peor parte de esa deuda aún no tenía forma.
No era tiempo, ni sangre, ni recuerdos.
Era elección.
Y tarde o temprano, tendría que decidir qué estaba dispuesto a perder para seguir caminando.
Editado: 11.01.2026