Después del silencio, todo sonido parecía exagerado.
El eco de sus propios pasos resonaba demasiado fuerte, como si la ciudad quisiera recordarles que aún existían, que todavía ocupaban espacio. El vagabundo caminaba con la espalda rígida, sintiendo un cansancio que ya no distinguía entre el cuerpo y la mente. No era agotamiento físico. Era desgaste.
—Seguir… —pensó— siempre cuesta más que detenerse.
La rata avanzaba a su lado, pero ya no marcaba el camino como antes. Ahora caminaba con cautela, como si cada decisión debiera ser medida dos veces. El vagabundo notó ese cambio y sintió una inquietud nueva: hasta ahora, ella siempre había sabido algo que él no.
—¿También estás perdida? —murmuró.
La rata no respondió. No hacía falta. El hecho de que no corrigiera el rumbo era respuesta suficiente.
Las calles comenzaron a inclinarse levemente, no en pendiente, sino en intención. Todo parecía conducirlos hacia una zona más antigua, donde el pavimento se rompía en placas irregulares y los edificios parecían haber sido construidos unos sobre otros, sin orden ni respeto por el tiempo.
El aire era distinto allí. Más seco. Más viejo.
El vagabundo sintió el hambre agitarse, no con urgencia, sino con una ansiedad expectante. Como si reconociera el territorio.
—Aquí se eligió algo —dijo en voz baja—. Y se sigue pagando.
Se detuvo frente a un muro cubierto de capas de afiches viejos, casi desintegrados. Arrancó uno sin pensar. Debajo, apareció un símbolo apenas visible, grabado directamente en la piedra. No lo tocó. Ya había aprendido.
—Todo vuelve —susurró—. Aunque lo tapen.
La rata se acercó al muro. No lo miró directamente. Giró la cabeza, como si observar de frente fuera una forma de sumisión. El vagabundo entendió entonces que no todas las criaturas evitaban por miedo; algunas lo hacían por respeto.
Siguieron caminando hasta que la calle terminó abruptamente en un desnivel profundo, como una herida abierta en la ciudad. No era un derrumbe reciente. Era antiguo. Las piedras del borde estaban gastadas por el paso del tiempo, no por el colapso.
—No hay camino —dijo el vagabundo.
El hambre respondió con una presión intensa, casi dolorosa.
—Claro que lo hay —añadió—. Solo que no es para mí solo.
La rata se adelantó y se asomó al borde. Abajo no había oscuridad completa. Había movimiento. No visible, pero presente. El vagabundo sintió un estremecimiento recorrerle la espalda.
—No vamos a bajar —dijo con firmeza.
La rata no insistió. Se limitó a mirarlo.
En ese instante, el vagabundo comprendió algo que le pesó más que cualquier amenaza anterior: seguir caminando ya no era huir. Era avanzar hacia algo que lo estaba esperando desde antes de que supiera ponerle nombre a su propia miseria.
—Si sigo —pensó—, no voy a ser el mismo.
Se sentó en el borde de la calle, respirando hondo. El cielo seguía oscuro, pero no amenazante. Indiferente. La ciudad no apuraba. Nunca lo hacía. Sabía que las decisiones verdaderas no se toman bajo presión, sino bajo cansancio.
La rata se acomodó cerca de él. No lo tocó. No lo guió. Simplemente estuvo.
—No me pediste que siguiera —dijo el vagabundo—. Fui yo.
La rata inclinó la cabeza.
Por primera vez, el vagabundo no sintió miedo de lo que venía. Sintió respeto. Por la ciudad. Por la criatura. Por sí mismo.
Se puso de pie lentamente.
—Vamos —dijo—. Pero esta vez… sabiendo que cada paso deja marca.
Y mientras se alejaban del borde, el hambre se calmó apenas, como si aceptara el trato.
Seguir caminando tendría un costo.
Pero detenerse, ahora, costaría mucho más.
Editado: 11.01.2026