La Rata del Vagabundo

Capítulo 19: La ciudad aprende tu nombre

La grieta quedó atrás, pero no desapareció. El vagabundo la sentía como una presión persistente en la nuca, una certeza de que el suelo podía abrirse en cualquier momento si la ciudad lo consideraba necesario. Caminó sin mirar atrás, con el paso firme solo porque detenerse implicaba pensar, y pensar empezaba a doler.

El barrio cambió de nuevo.

Las calles eran más anchas, pero no más seguras. Había fachadas limpias, ventanas iluminadas, macetas en los balcones. Vida. Normalidad. Y, sin embargo, el vagabundo percibió el peligro con mayor claridad allí que en cualquier callejón oscuro. La ciudad no necesitaba esconderse cuando aprendía a disfrazarse.

La rata avanzaba pegada a su sombra, pequeña, discreta, pero presente. Nadie parecía notarla. Eso, más que tranquilizarlo, lo inquietó.

—Aquí miran —murmuró—. Pero no ven.

Pasaron frente a un café abierto. El murmullo de voces, el tintinear de tazas, la risa breve de alguien que no conocía el hambre ni el frío. El vagabundo sintió una punzada extraña en el pecho. No envidia. Distancia. Como si esa vida ocurriera detrás de un vidrio demasiado grueso.

Entonces ocurrió algo distinto.

Un niño, sentado en la mesa más cercana a la ventana, levantó la mirada.

Sus ojos se cruzaron con los del vagabundo.

No hubo miedo inmediato. Hubo curiosidad. El niño inclinó la cabeza, observando con atención desmedida para su edad. Luego miró hacia el suelo, hacia la rata.

El vagabundo se detuvo.

—No —susurró—. Todavía no.

El niño sonrió apenas, una sonrisa breve, incompleta, como si no supiera por qué sonreía. Dijo algo a la persona sentada frente a él, pero el vagabundo no alcanzó a oírlo. La conversación continuó. El mundo siguió.

Pero algo había cambiado.

—Me vio —dijo el vagabundo, cuando ya estaban a media cuadra—. De verdad.

La rata no reaccionó de inmediato. Luego, muy despacio, inclinó la cabeza, aceptando un hecho inevitable.

El vagabundo comprendió entonces que no era cuestión de tiempo, sino de acumulación. Cada símbolo visto, cada latido escuchado, cada silencio atravesado había ido afinando algo en él. La ciudad estaba aprendiendo su forma, su peso, su resistencia. Y ahora empezaba a reconocerlo.

—Cuando sepan mi nombre… —murmuró.

No terminó la frase. No hizo falta.

El hambre se agitó, pero no con ansiedad. Con anticipación. Como si ese momento fuera parte de un proceso mayor, uno que no podía detenerse sin romper algo esencial.

Caminaron hasta una avenida amplia. El tránsito era constante. Luces rojas, blancas, amarillas, moviéndose como un flujo ordenado. El vagabundo se sintió absurdamente expuesto, como una mancha en un lienzo demasiado pulcro.

Se detuvo en la esquina.

—Aquí se decide sin palabras —dijo—. Si cruzamos… dejamos de ser error. Pasamos a ser historia.

La rata levantó el hocico, olfateando el aire saturado de combustible y humanidad. Sus ojos se fijaron en algo que el vagabundo no veía: un punto de tensión en la trama invisible de la ciudad.

—No me pidas que vuelva atrás —dijo él—. Ya no sabría cómo.

La luz cambió.

Cruzaron.

Durante unos segundos, nada ocurrió. Luego, el vagabundo sintió una presión leve, casi amable, posarse sobre él. No era amenaza. Era registro. Como una mano invisible anotando su presencia en algún lugar que no figuraba en mapas.

—Ya está —susurró—. Ahora saben que existo.

La rata caminó a su lado sin ocultarse del todo. No hacía falta. La ciudad ya había hecho su parte.

Al llegar a la acera opuesta, el vagabundo se detuvo y respiró hondo. No se sentía más fuerte. Tampoco más débil. Se sentía nombrado, aunque aún no supiera cómo.

Y en una ciudad donde todo lo que tiene nombre puede ser llamado, comprendió que el verdadero peligro no era ser visto.

Era ser recordado.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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