La Rata del Vagabundo

Capítulo 21: El lugar donde nadie pregunta

La campana quedó atrás, pero su eco no se disipó. Se transformó en una vibración sorda que el vagabundo sentía en el pecho, como si cada latido llevara un recuerdo ajeno adherido. Caminó sin rumbo aparente, aunque una parte de él sabía que no se estaba perdiendo. Lo estaban llevando.

El barrio al que llegaron no tenía marcas claras. No había grafitis, ni letreros, ni señales de advertencia. Tampoco vida visible. Las ventanas estaban cerradas, las persianas bajas, las puertas limpias. Demasiado limpias. Como si nadie quisiera dejar huellas allí.

—Aquí no preguntan —murmuró el vagabundo—. Aquí aceptan.

La rata avanzó unos pasos y luego se detuvo. Olfateó el aire con cautela, pero no retrocedió. Ese detalle inquietó al vagabundo más que cualquier señal evidente de peligro.

—Esto no te asusta —dijo—. Eso significa que ya estuviste aquí… de alguna forma.

El hambre se movió, no con ansiedad, sino con una calma incómoda. Como si reconociera el terreno. Como si supiera que, en ese lugar, siempre había algo dispuesto a llenar vacíos, aunque el precio nunca se dijera en voz alta.

Caminaron hasta una plaza pequeña, sin árboles, sin bancos, sin centro. Solo un espacio abierto rodeado de edificios idénticos. El suelo estaba intacto, sin grietas, sin basura, sin marcas. El vagabundo sintió una opresión inmediata en el pecho.

—Aquí no pasa nada —susurró—. Y eso es lo peor.

Una puerta se abrió en uno de los edificios. No con ruido, no con urgencia. Simplemente se abrió, como si hubiera estado esperando. Un hombre salió y los miró. No mostró sorpresa. No mostró interés. Los observó como se observa el clima: con atención práctica.

—Pueden quedarse —dijo—. Si quieren.

No preguntó quiénes eran. No preguntó de dónde venían. No preguntó nada.

El vagabundo sintió el hambre tensarse, reaccionar con una fuerza contenida.

—¿Quedarnos para qué? —preguntó.

El hombre se encogió de hombros.

—Para no tener que decidir más.

La frase cayó con un peso brutal.

El vagabundo comprendió al instante. Ese lugar no ofrecía refugio. Ofrecía alivio. La posibilidad de dejar de resistir, de dejar que la ciudad eligiera por ti, suavemente, sin violencia.

Miró a la rata.

Ella no se movía. No se irguió. No huyó. Lo observaba, esperando.

—Aquí no nos perseguirían —continuó el hombre—. Aquí nadie mira de más. Nadie recuerda de más.

El vagabundo sintió una tentación real, profunda. El cansancio le tiraba de los huesos. La idea de no tener que vigilar cada sombra, cada silencio, cada paso, era casi insoportable de atractiva.

—¿Y el costo? —preguntó.

El hombre sonrió apenas.

—Siempre preguntan eso al principio.

La sonrisa no era cruel. Era cansada.

—El costo es dejar de irse.

El vagabundo cerró los ojos un segundo. Vio el puente. La plaza. La mujer bajo la farola. El silencio que pesaba más que las palabras. Vio todo lo que había perdido… y lo que aún no entendía.

Abrió los ojos.

—No —dijo—. Yo todavía camino.

El hombre asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.

—Entonces no vuelvan —dijo, y entró de nuevo al edificio. La puerta se cerró sin ruido.

La plaza volvió a quedar vacía.

El vagabundo respiró hondo. El hambre se agitó con frustración, pero también con algo parecido al respeto.

—Ese era un final —dijo—. No el nuestro.

La rata dio un paso adelante, retomando el camino. No hacia la plaza. No hacia los edificios. Hacia una calle estrecha que se abría detrás, casi invisible.

Mientras se alejaban, el vagabundo supo que había rechazado algo peor que la muerte.

Había rechazado el descanso que te borra.

Y en una ciudad que siempre ofrece formas amables de desaparecer, seguir caminando era el acto más peligroso de todos.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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