La Rata del Vagabundo

Capítulo 22: La grieta entre lo que eras y lo que sigues siendo

Salir del barrio donde nadie pregunta no fue inmediato. El vagabundo sintió que cada paso costaba el doble, como si el suelo se negara a soltarlos. No era una fuerza visible, sino una resistencia suave, persistente, diseñada para convencer sin obligar. Caminó con los dientes apretados, sin mirar atrás, sabiendo que una sola duda bastaría para quedar atrapado.

La rata avanzaba delante, pero no guiaba. Marcaba distancia. Como si ese tramo tuviera que cruzarlo él solo.

—Eso fue real —murmuró—. Más real que todo lo demás.

El hambre respondió con un murmullo interno, inquieto. No de enojo. De pérdida. Como si hubiera dejado pasar algo que le pertenecía.

La calle por la que avanzaban se fue deformando lentamente. No cambiaba de forma de manera abrupta; era más bien una acumulación de pequeños errores: paredes que no coincidían del todo, sombras que parecían adelantarse a los cuerpos, sonidos que llegaban un segundo tarde. El vagabundo sintió que caminaba por una costura mal hecha.

—Aquí es —dijo sin detenerse—. Aquí se rompe algo.

La rata se detuvo por primera vez desde que dejaron la plaza limpia. No levantó la cabeza. No olfateó. Se quedó inmóvil, como si reconociera un límite que no debía cruzar sin él.

El vagabundo dio unos pasos más y sintió un tirón seco en el pecho. No dolor. Desplazamiento. Como si algo intentara arrancarle una versión antigua de sí mismo, una que ya no encajaba.

Cayó de rodillas.

El mundo se volvió inestable. Vio fragmentos superpuestos: el puente, la primera noche, el pan ofrecido por una sombra; luego escenas que no recordaba haber vivido, pero que sentía propias. Un hombre caminando solo antes de perderlo todo. Otro aceptando quedarse. Otro dejando de preguntar.

—No —dijo, con la voz rota—. Eso ya no soy.

El hambre se agitó con violencia, reclamando. No pedía comida. Pedía identidad. Pedía que eligiera qué versión conservar.

La rata se acercó despacio. No lo tocó de inmediato. Esperó. Cuando apoyó la garra sobre el suelo frente a él, el gesto fue firme, definitivo. No ofrecía ayuda. Ofrecía compañía.

El vagabundo respiró hondo. Sintió la grieta abrirse dentro, no como herida, sino como separación necesaria. Entendió que no todo podía conservarse. Que seguir caminando implicaba dejar partes atrás, incluso aquellas que habían servido para sobrevivir.

—No voy a volver a ser invisible —dijo—. Pero tampoco voy a convertirme en lo que quieren.

La presión cedió un poco. El mundo recuperó consistencia. Las paredes dejaron de vibrar. El sonido volvió a sincronizarse con los pasos.

El vagabundo se puso de pie lentamente. Se sentía distinto. No más fuerte. Más preciso. Como si algo se hubiera alineado por fin.

—Ya pasamos —dijo.

La rata asintió apenas.

Siguieron caminando. La calle desembocó en una avenida común, sin símbolos, sin marcas visibles. Autos pasaban. Personas hablaban. Vida ordinaria. El contraste fue tan brusco que el vagabundo tuvo que detenerse para asegurarse de que seguía en la misma ciudad.

—No nos persiguieron —murmuró—. Nos dejaron pasar.

El hambre estaba allí, pero silenciosa. Atenta. Había aprendido algo.

Mientras cruzaban la avenida, el vagabundo comprendió que la grieta no había sido un obstáculo impuesto por la ciudad.

Había sido una prueba que solo existía para quienes seguían caminando.

Y ahora, lo supo con certeza inquietante: lo que viniera después ya no intentaría detenerlo.

Intentaría usarlo.



#1401 en Fantasía
#238 en Magia

En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.