La Rata del Vagabundo

Capítulo 23: El eco que no pide permiso

La noche no terminó cuando el vagabundo y la rata dejaron atrás la avenida. Cambió de textura. Se volvió más densa, como si la oscuridad hubiese decidido observarlos con atención renovada. Las luces ya no parpadeaban; permanecían fijas, demasiado estables, como ojos que no pestañean.

El vagabundo lo notó primero en el sonido de sus pasos. No rebotaban igual. Cada pisada parecía registrada, archivada en algún lugar que no podía ver.

—Ahora sí —dijo en voz baja—. Ya saben quién soy.

La rata no respondió. Caminaba a su lado, no delante. Aquello, más que cualquier palabra, confirmó la sospecha: ya no estaban atravesando zonas olvidadas. Habían entrado en un territorio que reconocía.

Las personas que pasaban cerca no miraban directamente, pero ajustaban el rumbo con precisión extraña, como si evitaran rozarlo por instinto. Una mujer apretó su bolso sin darse cuenta. Un hombre aceleró el paso justo al emparejarse con él. Nadie mostraba miedo explícito. Era otra cosa. Reconocimiento sin memoria.

El vagabundo sintió el hambre moverse, no con urgencia, sino con expectativa. Como si hubiera despertado algo que llevaba tiempo esperando este momento.

—No comas —susurró—. Todavía no.

El hambre obedeció. No porque fuera débil, sino porque estaba aprendiendo.

Doblaron en una calle estrecha donde los edificios parecían inclinarse apenas hacia adentro. No lo suficiente para cerrar el paso, pero sí para crear la sensación de estar entrando en un corredor diseñado a propósito. En la pared derecha, un mural antiguo mostraba figuras borradas por el tiempo. El vagabundo se detuvo frente a él.

Las formas no tenían rostro definido, pero una de ellas llevaba una silueta demasiado familiar: espalda encorvada, manos vacías, cabeza inclinada.

—Ese era yo —dijo sin sorpresa.

La rata olfateó la pared. No reaccionó al dibujo, sino al espacio entre los ladrillos. Allí, donde el mural se interrumpía, había una grieta mínima, casi invisible. De ella escapaba un murmullo bajo, como una conversación que no quería ser oída.

El vagabundo apoyó la frente contra el muro. No para escuchar, sino para sentir. El sonido atravesó su cráneo con facilidad inquietante. Palabras sueltas, nombres, promesas a medio hacer. Y entre todo eso, uno solo, pronunciado con cuidado reciente.

El suyo.

Se apartó de golpe.

—Ya no soy solo un paso más —dijo—. Ahora soy una referencia.

El hambre se tensó. No celebró. Tampoco se alarmó. Comprendía el peso de eso.

Siguieron caminando. La calle terminó en una plazoleta pequeña, sin bancos ni árboles, solo un poste de luz en el centro. Bajo él, una figura esperaba. No se movía. No escondía el rostro. Vestía ropa común, demasiado común, como si hubiera sido elegida para no destacar en ninguna época.

—Llegaste —dijo la figura—. Era cuestión de tiempo.

El vagabundo no preguntó quién era. La rata tampoco reaccionó. Ambos sabían que esa respuesta no importaba.

—La ciudad te está aprendiendo —continuó la figura—. Y cuando eso pasa, hay dos caminos.

—No vine a elegir —respondió el vagabundo—. Vine a seguir.

La figura sonrió apenas. No con burla. Con algo cercano al respeto.

—Eso también es una elección.

La luz del poste parpadeó una sola vez. Cuando volvió a estabilizarse, la figura ya no estaba.

La plazoleta quedó en silencio. El vagabundo sintió el peso de la noche acomodarse de nuevo. Más atenta. Más cercana.

—Ya empezaron —dijo.

La rata levantó la cabeza, los ojos brillando un instante.

El vagabundo respiró hondo y dio el primer paso fuera de la luz.

Esta vez, la ciudad no solo los observó.

Los recordó.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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