La Rata del Vagabundo

Capítulo 24: El umbral donde nadie te defiende

La madrugada llegó sin aviso, no como un cambio de luz sino como una presión nueva sobre los hombros del vagabundo. La ciudad había bajado la voz, pero no dormía. Era ese silencio activo que solo existe en los lugares donde algo se prepara.

Caminaron durante horas sin cruzarse con nadie. Ni pasos, ni motores, ni ventanas encendidas. La rata empezó a inquietarse, no por miedo, sino por ausencia. Aquello no era normal ni siquiera para los márgenes de la ciudad.

—Aquí no hay testigos —dijo el vagabundo—. Eso es lo peligroso.

El hambre se removió con una incomodidad distinta. No pedía. Advertía. Era un nudo tenso, como un músculo listo para fallar o responder.

Llegaron a una zona donde el asfalto se interrumpía sin transición. No era tierra ni pavimento roto, sino una superficie indefinida, gris opaco, como si alguien hubiera borrado el suelo a medio hacer. El vagabundo se detuvo en el borde. No sintió frío ni calor al acercar el pie. No sintió nada.

—Este es el umbral —murmuró—. Donde nadie te respalda.

La rata dio un paso adelante y luego retrocedió. No por miedo, sino porque entendió algo que el vagabundo ya sabía: una vez cruzado, no habría señales claras, ni reglas visibles, ni voces explicando consecuencias. Solo decisiones acumulándose.

El vagabundo avanzó.

El mundo no cambió de inmediato. Eso fue lo peor. Siguió caminando y todo parecía igual, pero algo fundamental se había retirado. No había fondo. No había dirección implícita. Cada paso existía solo porque él lo daba.

El hambre se volvió pesado, no voraz. Como si cargarlo fuera una responsabilidad ahora.

—Ya no me empujas —le dijo en silencio—. Ahora me acompañas.

Sintió una presencia detrás. No una figura, sino una intención. Como si algo evaluara la forma en que sostenía su cuerpo, el ritmo de su respiración, la manera en que evitaba mirar atrás.

—No vas a intervenir —dijo en voz alta, sin detenerse—. Lo sé.

La presencia no respondió, pero tampoco se retiró.

El vagabundo comprendió entonces que el umbral no era una frontera física. Era el punto exacto donde nadie corregía el rumbo. Donde equivocarse tenía peso real. Donde acertar no garantizaba nada.

Tropezó. No cayó, pero el desequilibrio fue suficiente para que una imagen lo atravesara: él, más adelante, solo, sin la rata, caminando con una determinación hueca. No era una visión profética. Era una posibilidad.

Se detuvo.

—No —dijo con firmeza—. Eso no.

Se arrodilló y apoyó la mano en el suelo indefinido. Esta vez sintió algo: resistencia. No material, sino ética. Como si el lugar preguntara sin palabras qué estaba dispuesto a sostener.

La rata se acercó y apoyó su cuerpo contra su pierna. No lo miró. No pidió atención. Simplemente estuvo allí.

El hambre se reconfiguró. Perdió filo. Ganó profundidad.

El vagabundo se puso de pie. La presencia detrás de él se desvaneció, no derrotada, sino satisfecha. Había obtenido lo que buscaba: una confirmación.

Siguieron caminando hasta que, poco a poco, el suelo volvió a definirse. El asfalto regresó. Las farolas reaparecieron. A lo lejos, un camión pasó, ajeno a todo.

—Ya cruzamos —dijo el vagabundo, exhausto—. Y nadie vino a salvarnos.

La rata levantó la cabeza, como si eso fuera exactamente el punto.

El vagabundo sonrió por primera vez en mucho tiempo, no por alivio, sino por claridad.

Había entendido algo esencial: a partir de ahora, cada error sería suyo.

Y cada paso también.



#1401 en Fantasía
#238 en Magia

En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.