La Rata del Vagabundo

Capítulo 26: La deuda

El día avanzó sin celebraciones. No hubo señal alguna de que la ciudad reconociera lo ocurrido, y sin embargo el vagabundo sentía el peso de algo nuevo, como si llevara una marca que no se veía pero alteraba la forma en que el mundo reaccionaba a su paso. No era respeto. Tampoco amenaza. Era expectativa.

Caminaron por barrios donde las fachadas parecían sostenidas más por costumbre que por estructura. Ventanas tapadas, puertas reforzadas desde dentro, esquinas donde el aire se sentía más denso. En esos lugares, la ciudad no expulsaba a nadie; simplemente anotaba quién resistía.

La rata se detuvo de golpe.

El vagabundo también.

No había sonido, ni movimiento, ni peligro evidente. Aun así, ambos supieron que habían entrado en una zona de cuentas pendientes.

—Aquí no se cobra con violencia —dijo él, casi para sí mismo—. Aquí se cobra con memoria.

El hambre se agitó, incómodo. No por necesidad, sino por reconocimiento. Había pasado antes por sitios así, aunque nunca de esta manera. Antes, el vagabundo no se quedaba lo suficiente para que el lugar lo notara.

Avanzaron unos metros más y entonces ocurrió: una sensación de tirón, suave pero constante, como si algo los enlazara desde atrás. No era físico. Era una deuda formándose.

El vagabundo recordó gestos pequeños: un trozo de pan aceptado sin gratitud, un refugio usado y abandonado, una promesa hecha en voz baja solo para convencerse a sí mismo. No eran pecados. Eran rastros.

—No me van a pedir que pague —dijo—. Me van a pedir que recuerde.

La rata se subió a un muro bajo y lo observó. Sus ojos no reflejaban juicio, solo atención. Como si quisiera asegurarse de que él no desviara la mirada.

En una esquina apareció un hombre mayor, sentado sobre una caja. No pidió nada. No habló. Solo lo miró con una calma tan profunda que resultó incómoda. El vagabundo sintió el peso exacto de esa mirada: no exigía, no reprochaba. Registraba.

Pasó de largo.

El tirón aumentó apenas. No como castigo, sino como confirmación de que la deuda seguía abierta.

—No se paga volviendo —murmuró—. Se paga avanzando bien.

La ciudad pareció aceptar esa respuesta, aunque no la perdonó. El aire se alivianó un poco, pero no del todo. Como si la deuda invisible hubiera cambiado de forma en lugar de desaparecer.

Siguieron caminando hasta que el barrio se diluyó en calles más comunes. Comercios abiertos, gente apurada, ruido cotidiano. El contraste fue casi violento. El vagabundo sintió un cansancio distinto, no físico. Moral.

Se sentó en un escalón, por primera vez en horas. La rata se acomodó cerca.

—No puedo borrar lo que fui —dijo—. Pero tampoco puedo cargarlo como excusa.

El hambre permaneció quieto. No presionó. No reclamó. Sabía que ese tipo de deuda no se salda comiendo.

Después de unos minutos, el vagabundo se levantó. El tirón había desaparecido, pero la conciencia de la deuda permanecía, clara y silenciosa.

No como amenaza.

Como recordatorio.

Siguió andando, sabiendo que la ciudad no olvidaría su paso, pero entendiendo por fin que no todas las deudas buscan ser cerradas.

Algunas existen solo para obligarte a caminar mejor.



#1401 en Fantasía
#238 en Magia

En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.