La ciudad no anunció el momento en que el trato comenzó. No hubo señal, ni figura emergiendo de la sombra, ni palabras formales sellando nada. Fue más sutil que eso. Más peligroso.
El vagabundo lo sintió cuando notó que la gente ya no solo lo evitaba.
Ahora lo observaban.
No de frente, no con descaro, sino con esa atención medida que se le presta a algo que podría ser útil… o costoso. Miradas rápidas. Gestos contenidos. Silencios que duraban un segundo más de lo normal.
—Algo cambió —dijo sin mirar a la rata.
Ella caminaba a su lado, pegada a su pierna, con el cuerpo bajo y el paso controlado. No estaba nerviosa. Estaba preparada.
Atravesaban una zona donde los edificios eran más nuevos, pero mal cuidados. Pintura descascarada, vidrios ahumados, letreros que prometían servicios que nadie parecía usar. Lugares donde los acuerdos se hacían sin testigos y las consecuencias llegaban tarde.
El hambre se movió.
No como necesidad.
Como reconocimiento.
El vagabundo se detuvo frente a una puerta metálica entreabierta. Desde dentro salía una luz blanca, constante, sin parpadeos. No había música. No había ruido. Solo presencia.
—No entres —le dijo una voz dentro de él, vieja, conocida.
Ignoró esa voz y empujó la puerta.
El interior era amplio y casi vacío. Una mesa al centro. Dos sillas. Ningún adorno. Ninguna marca que indicara propiedad. En una de las sillas estaba sentado un hombre de mediana edad, bien vestido, demasiado limpio para el barrio. No sonreía. No parecía armado. Tampoco indefenso.
—Siéntate —dijo, como si no existiera la posibilidad de negarse.
El vagabundo no se sentó de inmediato. Observó el lugar, midió distancias, escuchó su respiración. La rata se quedó junto a la puerta, inmóvil, como una sombra sólida.
—No pedí reunión —dijo el vagabundo.
—Pero viniste —respondió el hombre—. Eso ya es parte del trato.
El hambre se tensó, incómodo.
—No hago tratos —dijo el vagabundo—. Camino.
El hombre inclinó la cabeza, aceptando la corrección.
—Precisamente. Caminas donde otros no pueden. Ves lo que otros pasan por alto. Sobrevives donde otros desaparecen. La ciudad toma nota de eso.
El vagabundo se sentó al fin. No por obediencia. Por control.
—¿Qué quiere la ciudad? —preguntó.
—Equilibrio —respondió el hombre sin dudar—. Y tú rompes varios.
El silencio se estiró. El vagabundo entendió entonces que no le estaban ofreciendo poder. Le estaban asignando peso.
—No me van a pagar —dijo—. Me van a usar.
—Te van a dejar seguir —corrigió el hombre—. Con comida cuando haga falta. Con caminos abiertos cuando deberían cerrarse. Con silencio cuando otros harían ruido.
La rata dio un paso adelante. Sus ojos brillaron apenas.
—¿Y el precio? —preguntó el vagabundo.
El hombre apoyó las manos sobre la mesa.
—Cuando la ciudad te necesite… no mirarás a otro lado.
El hambre reaccionó de inmediato, incómodo, casi molesto. No por el trato, sino por lo que implicaba: dejar de ser invisible por elección.
El vagabundo respiró hondo. Pensó en el umbral. En la deuda. En lo que ya no podía deshacer.
—No obedezco órdenes —dijo—. Tomo decisiones.
El hombre asintió.
—Eso es exactamente lo que queremos.
Se levantó, dio la vuelta a la mesa y se detuvo a medio metro del vagabundo.
—El trato no se sella con palabras —dijo—. Se sella caminando.
La luz parpadeó una sola vez. Cuando volvió a estabilizarse, el hombre ya no estaba.
La puerta seguía abierta.
El vagabundo se levantó despacio. Sentía el cuerpo igual, pero el mundo no. Algo se había acomodado alrededor de él, como una red invisible ajustando tensión.
—No prometí nada —dijo en voz baja.
El hambre no respondió.
La rata salió primero.
Afuera, la ciudad seguía su curso normal. Autos, voces, pasos. Nada había cambiado a simple vista.
Pero el vagabundo lo sabía.
El trato estaba hecho.
No porque hubiera aceptado.
Sino porque ya no podía fingir que no entendía cómo funcionaba la ciudad.
Y aun así, siguió caminando.
No como pieza.
Como riesgo.
Editado: 11.01.2026