La Rata del Vagabundo

Capítulo 29: La primera señal

La noche siguiente llegó más rápido de lo esperado, como si el día hubiese sido solo una pausa administrativa antes de retomar algo pendiente. El vagabundo lo sintió en el cuerpo: una tensión baja, constante, que no se iba ni al sentarse ni al caminar. La ciudad estaba tranquila, pero no relajada. Era la calma de quien ya tomó una decisión.

La rata se detuvo frente a una boca de metro cerrada. No había cintas ni avisos recientes, solo una reja baja y un candado viejo. Aun así, el aire que salía desde abajo estaba tibio, cargado de un olor rancio que el vagabundo reconoció de inmediato.

—Aquí no entra nadie desde hace tiempo —dijo—. Y sin embargo… sigue vivo.

El hambre respondió con una presión leve, medida. No urgía. Advertía.

Forzó la reja con un movimiento seco. El metal cedió sin resistencia, como si hubiese estado esperando. Bajaron las escaleras lentamente, paso a paso, hasta que la luz de la calle quedó atrás. La oscuridad no era total; había lámparas antiguas encendidas a intervalos irregulares, suficientes para ver, insuficientes para sentirse seguro.

El túnel estaba limpio. Demasiado.

—No es abandono —murmuró—. Es uso controlado.

Avanzaron varios metros hasta llegar a un andén vacío. No había trenes, pero sí marcas recientes en el suelo, huellas que iban y venían. No de trabajadores. De gente que no quería ser vista.

La rata se subió al borde del andén y se quedó quieta. El vagabundo entendió que había algo que debía mirar con atención. En la pared opuesta, entre carteles viejos, alguien había pintado una señal simple: una línea vertical cruzada por dos diagonales.

No era arte. Era código.

El vagabundo sintió el peso exacto de ese símbolo. No sabía su significado preciso, pero comprendió su función: marcar territorio, advertir, convocar.

—Ya empezó —dijo en voz baja—. No soy el único.

El hambre se agitó apenas, incómodo. Aquello no era una oportunidad. Era competencia.

Un sonido metálico resonó en el túnel. No pasos. Algo arrastrándose con cuidado. El vagabundo no se movió. Tampoco la rata. Ambos esperaron.

Una figura apareció al final del andén. Alta, delgada, cubierta con ropa oscura. Caminaba sin prisa, como si supiera que no había necesidad de apurarse. Se detuvo a unos metros, lo suficiente para verse, no lo suficiente para tocar.

—Pensé que tardarías más —dijo la figura.

—No sabía que me esperaban —respondió el vagabundo.

—No te esperábamos —corrigió—. Te observábamos.

El silencio volvió a ocupar el espacio. El vagabundo notó algo importante: la presión de la ciudad no estaba allí. No sentía expectativa ni empuje. Solo atención.

—¿Quién eres? —preguntó.

La figura negó con la cabeza.

—Eso no importa todavía. Lo que importa es que cruzaste cosas que otros no cruzan. Y la ciudad… no da exclusividad.

El hambre reaccionó con una contracción breve. No de miedo. De comprensión amarga.

—Entonces no soy especial —dijo el vagabundo.

—No —respondió la figura—. Eres temprano.

La frase quedó suspendida en el aire como una amenaza contenida.

La rata gruñó bajo, casi inaudible. La figura la miró con interés real, no con desprecio.

—Así que no caminas solo —comentó—. Eso complica las cosas.

—Para ti —dijo el vagabundo.

La figura sonrió apenas, un gesto rápido, controlado.

—Tal vez. Pero no vine a pelear. Vine a avisar.

Se giró y dio unos pasos atrás.

—Cuando la ciudad empieza a mover piezas, siempre hay quienes creen que pueden jugar por su cuenta. Algunos duran. Otros no. Tú… todavía estás decidiendo qué tipo de problema vas a ser.

La figura desapareció entre las sombras sin ruido.

El vagabundo se quedó quieto un largo momento. El túnel volvió a sentirse vacío, pero ya no silencioso. Había demasiadas capas de intención superpuestas.

—No era una amenaza —dijo al fin—. Era una medición.

El hambre se asentó, pesado. No exigía nada. Se preparaba.

La rata bajó del andén y retomó el camino hacia las escaleras. El vagabundo la siguió, con la certeza incómoda de que algo había quedado marcado.

No en la pared.

En él.

Al salir a la superficie, la noche lo recibió con su ruido habitual. Nada parecía distinto. Nadie parecía notar su presencia.

Pero el vagabundo ya lo sabía.

La primera señal había aparecido.

Y no era para él solo.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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