El vagabundo no necesitó que nadie se lo dijera. Lo supo al amanecer, cuando la ciudad volvió a llenarse de ruido y, aun así, todo sonaba ligeramente adelantado, como si los acontecimientos caminaran medio paso delante de él. No era prisa. Era dirección.
—Ya empezó —dijo mientras avanzaban—. Ahora sí empezó de verdad.
La rata caminaba firme, sin desviarse, como si hubiera tomado una ruta que no estaba dibujada en ningún mapa. No buscaba comida, ni refugio, ni calor. Buscaba algo más específico. Algo que no admitía errores.
El hambre estaba distinto. No contenido. No desatado. Afilado. Como una herramienta que solo debía usarse cuando fuera imprescindible.
Atravesaron zonas conocidas, pero algo había cambiado en la manera en que el entorno reaccionaba. Puertas que antes se abrían con facilidad ahora ofrecían resistencia. Miradas que antes se deslizaban ahora se detenían un segundo más. No había hostilidad abierta, pero sí cálculo.
La ciudad ya no improvisaba con él.
—Nos están midiendo el tiempo —murmuró el vagabundo—. Como si hubiera un límite que no vemos.
La rata se detuvo frente a un edificio bajo, antiguo, con un cartel casi borrado que alguna vez anunció oficinas municipales. Las ventanas estaban tapadas desde dentro. No parecía abandonado, pero tampoco activo. Era uno de esos lugares que sobreviven porque nadie recuerda exactamente para qué sirven.
—Aquí —dijo él—. Aquí guardan cosas que no quieren que circulen.
Forzó la puerta lateral. Esta vez no cedió de inmediato. Tuvo que insistir, usar el peso del cuerpo, aceptar el ruido. Algo dentro de él se tensó al hacerlo: cada sonido ahora contaba como una decisión visible.
El interior olía a papel viejo y electricidad estancada. Pasillos estrechos, luces frías, cámaras apagadas a propósito. No por falla. Por elección.
—Esto no es un escondite —dijo—. Es una pausa.
Encontraron una sala amplia al fondo. Mesas largas, archivadores abiertos, documentos fuera de lugar. Alguien había estado allí recientemente, pero no para trabajar. Para revisar.
El vagabundo tomó uno de los papeles. No entendía todo, pero reconoció el patrón: nombres, zonas, marcas, fechas aproximadas. Personas que habían cruzado umbrales parecidos al suyo. Algunas seguían activas. Otras estaban tachadas.
—No todos llegaron lejos —murmuró.
El hambre reaccionó, pesado. No con miedo. Con advertencia.
La rata subió a la mesa y se quedó mirando una esquina específica. El vagabundo siguió su mirada. Allí, grabado con discreción en la madera, estaba el mismo símbolo del metro, apenas modificado. No era un aviso. Era un conteo.
—No están esperando a alguien —dijo—. Están esperando que algo termine.
Sintió un escalofrío seco. No sobrenatural. Práctico. Como cuando entiendes que un problema no se resuelve, solo se alcanza.
—Si esto acaba en el cuarenta… —susurró—. Entonces lo que queda es preparación.
El hambre se asentó del todo. Ya no pedía nada. Sabía que su función no era sostenerlo para siempre, sino llevarlo hasta un punto final.
La rata bajó de la mesa y se colocó frente a él, mirándolo fijo. No como guía. Como testigo.
—No vamos a salir ilesos —dijo el vagabundo—. Pero vamos a salir conscientes.
Escuchó pasos a lo lejos. No cerca. No inmediatos. Pero reales.
Guardó el papel que tenía en la mano y dejó los demás tal como estaban. No necesitaba más pruebas. El mensaje era claro: el margen se estaba cerrando.
Salieron del edificio sin apuro, cerrando la puerta detrás. Afuera, la ciudad seguía funcionando, indiferente, precisa.
El vagabundo levantó la vista por primera vez en horas y observó el cielo gris, bajo, sin promesas.
—Diez capítulos —dijo en voz baja—. Diez pasos más.
La rata avanzó.
Y él la siguió, sabiendo que ya no caminaba hacia respuestas, sino hacia el final de algo que la ciudad llevaba mucho tiempo preparando.
La cuenta regresiva había comenzado.
Editado: 11.01.2026