La Rata del Vagabundo

Capítulo 32: La presión

El efecto no fue inmediato, pero fue constante. Al salir de la plaza, el vagabundo sintió cómo algo se cerraba detrás de él sin hacer ruido. No una trampa. Un cerco. La ciudad ya no reaccionaba; ahora imponía.

Las calles parecían iguales, pero el margen había desaparecido. Cada desvío llevaba a otro desvío previsto. Cada pausa tenía un costo medido. El ruido del tráfico marcaba intervalos regulares, como un metrónomo urbano ajustando el pulso de todo lo que se movía.

La rata volvió a su lado. No habló —nunca lo hacía—, pero su cercanía ya no era simple compañía. Era confirmación. Seguía allí porque aún tenía sentido estarlo.

—No quieren que me detenga —murmuró el vagabundo—. Quieren que avance bajo carga.

El hambre respondió con un peso sordo en el estómago. No pedía alimento. Pedía enfoque. Era una presión interna, sostenida, diseñada para empujar sin romper.

Entraron en un barrio mixto, donde talleres mecánicos convivían con edificios residenciales viejos. Olor a aceite, a metal caliente, a vidas apretadas. Personas trabajando con la cabeza baja, evitando cruzar miradas más de lo necesario. No por miedo: por prudencia.

El vagabundo notó algo nuevo. Nadie se apartaba de su camino. Tampoco se acercaban. Simplemente recalculaban, como si su presencia alterara trayectorias mínimas.

—Así se siente ser una variable —dijo—. No te enfrentan. Te compensan.

El hambre se tensó cuando pasaron frente a un almacén pequeño. La puerta estaba abierta. Dentro, cajas sin cerrar, comida a la vista, descuidos evidentes. No era una trampa. Era una prueba simple.

El vagabundo no se detuvo.

No por virtud. Por claridad.

—Ya sé lo que quieren ver —susurró—. Y no va a ser eso.

Más adelante, el ambiente cambió. No por arquitectura, sino por actitud. Dos hombres apoyados contra una pared levantaron la vista al verlo pasar. No hicieron gesto alguno. Uno de ellos tocó apenas su muñeca, como activando algo invisible.

La presión aumentó.

No era amenaza directa. Era saturación. Como si la ciudad empezara a cerrar opciones no porque fueran peligrosas, sino porque eran innecesarias.

El vagabundo sintió el cansancio acumularse en capas. No podía sentarse. No podía parar. Tampoco huir. Cada alternativa se desdibujaba en cuanto la pensaba.

—Esto no es persecución —dijo en voz baja—. Es desgaste.

La rata se adelantó unos pasos y luego volvió, inquieta. El vagabundo entendió: no estaban yendo hacia un lugar. Estaban siendo llevados.

Doblaron una esquina y el ruido cayó de golpe. Una calle larga, recta, sin tránsito. Al fondo, una estructura de concreto sin ventanas, baja y ancha, como un bloque olvidado. No tenía señalización. No la necesitaba.

—Aquí descargan la presión —murmuró—. Aquí te quiebran… o te ajustan.

El hambre reaccionó con fuerza contenida. No empujó. Se concentró. Como si supiera que pronto tendría que cumplir su función original.

Avanzó sin acelerar el paso. Cada metro parecía más pesado que el anterior. No por resistencia física, sino por expectativa acumulada. Como si algo estuviera calibrando cuánto podía soportar sin fallar.

Al llegar frente al edificio, la puerta se abrió sola. No automática. Anticipada.

El vagabundo se detuvo un segundo.

Pensó en todo lo que había cruzado. En lo que ya no podía desandar. En la rata, quieta a su lado, esperando.

—Después de esto —dijo—, ya no voy a ser solo un problema local.

La rata no se movió.

Entró.

La puerta se cerró detrás sin sonido.

Y por primera vez desde que empezó a caminar de verdad, el vagabundo entendió que la ciudad no estaba probando si podía resistir.

Estaba decidiendo cuánto valía.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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