La Rata del Vagabundo

Capítulo 33: Evaluación

El interior no era una sala de interrogatorios, y eso fue lo primero que descolocó al vagabundo. No había focos directos, ni mesas metálicas, ni sillas enfrentadas. Era un espacio amplio, blanco en exceso, con un silencio tan limpio que resultaba artificial. El tipo de lugar donde no se levantan la voz porque no hace falta.

La rata entró detrás de él.

La puerta no se cerró. Tampoco quedó abierta del todo. Se detuvo en un punto exacto, como si la apertura misma estuviera siendo medida.

—Esto no es una jaula —dijo el vagabundo—. Es un filtro.

El hambre permanecía estable, comprimido, como si hubiera sido envuelto en capas. No podía expandirse, pero tampoco desaparecer. Estaba ahí para recordarle que seguía siendo humano, incluso bajo observación.

En el centro de la sala había una línea oscura en el suelo, apenas visible. No marcaba un límite físico, sino simbólico. Cruzarla no activaría nada espectacular. Activaría un registro.

El vagabundo la cruzó sin dudar.

Entonces comenzó.

Las luces cambiaron de temperatura. No se atenuaron ni se intensificaron; se volvieron exactas. El aire se ajustó. El sonido ambiente desapareció por completo. Ni siquiera su respiración parecía hacer eco.

Una voz surgió desde ningún lugar concreto.

—No estás aquí para responder preguntas.

El vagabundo no reaccionó. Ya lo sabía.

—Estás aquí para confirmar patrones —continuó la voz—. Decisiones bajo presión. Coherencia interna. Capacidad de sostener consecuencias.

—¿Y si no paso? —preguntó.

Hubo una pausa mínima.

—Entonces dejarás de ser relevante.

No era amenaza. Era logística.

El vagabundo avanzó. Cada paso activaba algo invisible. No pantallas, no sensores visibles. Cambios sutiles: temperatura, distancia percibida, peso del propio cuerpo. No lo estaban empujando. Lo estaban afinando.

A su izquierda apareció una escena proyectada, tan real que por un instante creyó haber regresado en el tiempo. El puente. La primera noche. El pan extendido desde la sombra.

—Puedes quedarte —dijo la voz, ahora más cercana—. Siempre existió esa opción.

El hambre reaccionó con fuerza. No por deseo, sino por memoria muscular. El cuerpo recordaba lo fácil que había sido aceptar.

El vagabundo negó con la cabeza y siguió caminando.

La escena cambió. El mercado abandonado. La oportunidad fácil. La comida al alcance. El momento en que eligió esperar.

—Aquí aprendiste control —dijo la voz—. Útil. Pero insuficiente.

La rata caminaba paralela a él, visible incluso dentro de las proyecciones. No formaba parte del sistema. Era una constante externa.

—No estoy aquí para ser útil —respondió el vagabundo—. Estoy aquí porque sigo andando.

Silencio.

La siguiente escena fue distinta. No era un recuerdo. Era una proyección posible: él solo, sin la rata, caminando con eficiencia perfecta, sin dudas, sin fricción. No pasaba hambre. No se detenía. No miraba a nadie.

El vagabundo se detuvo.

—Eso no soy yo.

—Podrías serlo —dijo la voz—. Con ajustes mínimos.

El hambre se contrajo con violencia. No porque la imagen fuera tentadora, sino porque era hueca. No había error. No había elección. No había nada que perder.

—Si me quitas eso —dijo el vagabundo—, ya no camino. Solo ejecuto.

La voz guardó silencio durante más tiempo del esperado.

Las luces volvieron a cambiar. El espacio recuperó algo de imperfección. El aire volvió a moverse.

—Evaluación registrada —dijo finalmente—. Resultado: inestable, pero consistente.

La línea en el suelo desapareció.

—No te vamos a detener —continuó—. Tampoco a proteger. A partir de ahora, cada intervención tuya será observada como anomalía activa.

—Eso ya lo sabía —respondió el vagabundo.

La puerta se abrió por completo.

La rata salió primero.

Antes de seguirla, el vagabundo se detuvo un instante.

—Una cosa más —dijo—. No me midan esperando controlarme.

—¿Por qué? —preguntó la voz.

El vagabundo sonrió apenas.

—Porque sigo andando incluso cuando no conviene.

No hubo respuesta.

Afuera, la ciudad lo recibió sin ceremonia. Ruido, movimiento, vida normal. Pero algo había cambiado de forma irreversible.

Ya no lo estaban probando para ver si fallaba.

Ahora querían ver qué rompía.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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