La Rata del Vagabundo

Capítulo 35: Punto de no retorno

La ciudad siguió funcionando demasiado bien después de la fractura. Ese fue el primer aviso.

Todo estaba en su sitio: el tráfico fluyendo, la gente apurada, los anuncios brillando con la intensidad correcta. Demasiado correcto. Como una herida recién cerrada que aún no decide si va a infectarse.

El vagabundo lo notó en los detalles mínimos. Nadie tropezaba. Nadie se detenía sin motivo. Incluso el ruido tenía ritmo. La ciudad estaba compensando.

—Están cerrando filas —dijo.

La rata caminaba a su lado, más atenta que nunca. Ya no exploraba. Medía. Cada sombra, cada reflejo en los vidrios, cada esquina donde el espacio parecía doblarse apenas.

—No van a volver a probar —continuó él—. Ahora van a ejecutar.

No sabía cómo ni cuándo, pero lo sentía en el hambre. Ya no vibraba. Estaba comprimida, contenida como un resorte bloqueado. La ciudad había aprendido algo peligroso: que no podía empujarlo sin consecuencias.

Así que cambiaría de estrategia.

Llegaron a una zona que el vagabundo no recordaba haber pisado antes, y aun así le resultó familiar. Edificios sin identidad, calles sin historia, un lugar diseñado para que nada ocurriera de verdad. Un espacio neutral.

—Aquí terminan muchas cosas —murmuró.

No hubo aviso previo. Simplemente dejó de haber reflejo.

Las vitrinas seguían ahí, pero no devolvían imagen. Las ventanas eran superficies opacas, sin profundidad. El vagabundo levantó la mano y la vio perder definición al acercarse al vidrio.

—Aislamiento —dijo—. Elegante.

Una voz surgió desde ningún punto concreto.

—Este entorno reduce el margen de error.

—Y elimina testigos —respondió él.

No aparecieron figuras esta vez. No hicieron falta. La ciudad estaba hablando sin intermediarios. Había dejado de fingir.

—Eres un proceso que no converge —dijo la voz—. Has superado el umbral permitido.

—No crucé nada —dijo el vagabundo—. Ustedes lo bajaron demasiado.

Silencio. No como pausa, sino como cálculo.

—Aún existe una salida —continuó la voz—. Disolución progresiva. Olvido asistido. Regresarás al flujo sin memoria del desajuste.

El vagabundo sonrió apenas.

—Eso no es salida. Es borrado.

La rata se adelantó, visible, real. El suelo bajo sus patas no se deformó. La ciudad aún no se atrevía a negar lo tangible.

—No pueden eliminarme sin dejar rastro —dijo él—. Ya lo intentaron. La fractura lo prueba.

La presión volvió, más suave que antes. No buscaba romperlo. Buscaba cansarlo.

Imágenes empezaron a filtrarse en su mente: versiones de sí mismo que nunca llegaron a existir. Caminos no tomados. Vidas simples. Hambres satisfechas sin preguntas.

Tentación quirúrgica.

El vagabundo cerró los ojos un segundo.

Y eligió no mirar.

El hambre reaccionó de inmediato, no con violencia, sino con peso. Se asentó en su centro como una decisión irrevocable.

—No voy a integrarme —dijo—. Tampoco voy a huir.

La voz tardó más en responder esta vez.

—Entonces fuerzas un evento mayor.

—No —corrigió él—. Lo están forzando ustedes. Yo solo dejo de ceder.

El entorno tembló, apenas perceptible. Las superficies opacas parpadearon. Por primera vez, la ciudad mostró duda.

—Si continúas —dijo la voz—, el sistema deberá elegir entre contenerte o adaptarse.

El vagabundo abrió los ojos.

—Ese es el punto.

La rata volvió a su lado. No como compañía. Como ancla.

—Ya no se trata de mí —añadió—. Se trata de cuántas grietas pueden negar antes de volverse irreconocibles.

El silencio se retiró lentamente. Los reflejos regresaron, distorsionados al principio, luego estables. La ciudad liberó el espacio, no por derrota, sino por necesidad.

Cuando todo volvió a la normalidad aparente, el vagabundo supo algo con certeza absoluta:

Ya no quedaban finales pequeños.

Los próximos capítulos no serían ajustes ni advertencias.

Serían decisiones estructurales.

Y en el capítulo 40, la ciudad tendría que aceptar algo que llevaba evitando desde el principio:

Que no todo lo que funciona merece seguir intacto.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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