La Rata del Vagabundo

Capítulo 36: La ciudad

Nadie anunció el cambio, pero ocurrió.

No fue una alarma ni un apagón. Fue algo peor: una ligera descoordinación. Un segundo de más en los semáforos. Un eco tardío en los pasos. Personas que parpadeaban dos veces antes de seguir caminando, como si acabaran de olvidar algo importante sin saber qué.

La ciudad estaba escuchando.

El vagabundo lo supo cuando el hambre dejó de presionar y empezó a observar. No empujaba hacia dentro ni hacia fuera. Se mantuvo alerta, expectante, como un animal que reconoce por primera vez que el entorno ya no es predecible.

—Ahora sí te dolió —murmuró.

Cruzó una avenida ancha, iluminada con una blancura demasiado limpia. Los anuncios cambiaban, pero no vendían nada concreto. Eran conceptos: seguridad, continuidad, orden. Palabras vacías dichas con voz firme.

La rata se detuvo de golpe.

No por miedo. Por atención.

Frente a ellos, una mujer estaba parada en mitad de la acera. No parecía perdida ni confundida. Simplemente estaba ahí, mirando al frente, con una expresión neutra que no terminaba de ser humana.

—No es una de ellos —dijo el vagabundo—. No del todo.

La mujer giró la cabeza con lentitud medida.

—Usted genera ruido —dijo—. No en el sonido. En el patrón.

—¿Te mandaron o viniste sola? —preguntó él.

—Ambas cosas —respondió—. Soy un ajuste consciente. Una interfaz.

La palabra pesó más de lo normal.

—Antes no necesitaban caras —dijo el vagabundo.

—Antes no había resistencia interna —replicó ella—. Ahora sí.

El tráfico seguía pasando alrededor, pero parecía rodearlos sin tocarlos, como si el espacio hubiera decidido concederles un margen artificial.

—La ciudad empezó a escucharse a sí misma —continuó la mujer—. Y no le gustó lo que oyó.

El vagabundo sonrió, sin humor.

—Eso pasa cuando tapas grietas en vez de entenderlas.

Ella lo observó con detenimiento, como quien examina una anomalía que ya no puede clasificar como error.

—Usted no es el origen —dijo—. Pero es el amplificador.

—No pedí ese papel.

—Nunca lo hacen.

El hambre vibró, suave pero firme. No advertía peligro inmediato, sino algo más complejo: negociación.

—Se acerca un punto irreversible —dijo la mujer—. En el capítulo final, el sistema tendrá que elegir entre reconfigurarse… o colapsar parcialmente.

—¿Parcialmente? —repitió él—. Qué palabra tan cómoda.

Ella bajó la mirada un instante.

—Las ciudades no saben morir —admitió—. Solo saben cambiar de forma.

La rata dio un paso al frente. La mujer no retrocedió, pero su respiración se alteró apenas.

—Ya hay humanos escuchando cosas que no deberían —añadió—. Sensaciones. Vacíos. Repeticiones. Usted abrió una puerta que no estaba en los planos.

—No la abrí —corrigió el vagabundo—. Solo dejé de fingir que no existía.

El silencio se estiró entre ellos. No era amenaza. Era cálculo mutuo.

—Aún puede influir en cómo termina esto —dijo la mujer—. No para salvar la ciudad. Para decidir qué parte sobrevive.

—Eso no es poder —respondió él—. Es responsabilidad disfrazada.

Ella asintió, casi con alivio.

—Por eso fue usted.

El tráfico volvió a sonar normal. Los anuncios retomaron productos reales. La burbuja se disolvió sin despedida.

La mujer se alejó caminando, y al tercer paso dejó de ser distinguible entre la multitud.

El vagabundo siguió avanzando.

Ahora lo sabía con claridad: la ciudad no solo reaccionaba. Estaba aprendiendo.

Y cuando una estructura aprende demasiado tarde, suele hacerlo a un costo que nadie quiere pagar.

Quedaban pocos capítulos.

Y ya no había margen para errores pequeños.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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