La Rata del Vagabundo

Capítulo 37: El punto de no retorno

El amanecer encontró al vagabundo despierto, aunque no recordaba haberse detenido a dormir. La noche había pasado como pasan las decisiones mal tomadas: sin descanso, sin cierre, dejando residuos. El cielo era gris claro, una tonalidad intermedia que no prometía nada. La ciudad tampoco.

Algo había cambiado de forma definitiva.

No en la superficie —los comercios abrían, los buses seguían su ruta, la gente caminaba con la misma prisa—, sino en la lógica interna. Ya no había correcciones suaves. Las reacciones eran bruscas, desproporcionadas, como un sistema que había agotado su capacidad de ajuste fino.

La rata apareció desde debajo de un banco metálico. Caminaba erguida más tiempo de lo habitual. No por desafío, sino por necesidad. El suelo vibraba con una frecuencia baja, casi imperceptible, que obligaba a levantar el cuerpo.

—Lo sienten todos —dijo el vagabundo—. Aunque no sepan ponerle nombre.

Avanzaron hacia el centro antiguo, donde las calles eran más angostas y los edificios se apoyaban unos en otros como viejos que ya no confían en sus propias piernas. Allí, la ciudad había sido parcheada demasiadas veces. Capas de decisiones superpuestas sin retirar las anteriores.

Un hombre gritaba a otro desde una ventana. No discutían. Se advertían. Palabras cortas, urgentes, sin emoción visible. Información cruda.

—Ya empezó —murmuró el vagabundo.

El hambre no respondió. Estaba quieta. Demasiado quieta. Como si hubiera llegado al límite de lo que podía contener sin transformarse en otra cosa.

Cruzaron una plaza pequeña. En el centro, la fuente estaba apagada, pero no vacía. El agua permanecía inmóvil, antinatural, reflejando un cielo que no coincidía con el real. El vagabundo se inclinó y tocó la superficie.

Fría. Demasiado fría.

Retiró la mano de inmediato.

—Están aislando sectores —dijo—. Cortando continuidad para evitar propagación.

Una mujer se les acercó. No era la interfaz de antes. Esta temblaba. Sudaba.

—¿Usted es…? —empezó a decir.

El vagabundo negó con la cabeza.

—No me pongas nombre —respondió—. Si lo haces, me vuelvo excusa.

Ella tragó saliva.

—Algo está fallando en los turnos de control. Nadie entiende quién autoriza qué. Las órdenes se pisan. Los protocolos se contradicen.

—Porque ya no hay centro —dijo él—. Solo reflejos.

La mujer miró a la rata, luego al vagabundo.

—¿Esto va a terminar mal?

La pregunta no era miedo. Era administración del daño.

—Sí —respondió—. Pero aún no decidieron para quién.

Ella se alejó sin agradecer. No había tiempo para eso.

El vagabundo sintió el peso completo de lo que había evitado aceptar: ya no caminaba para observar. Caminaba porque si se detenía, la ciudad tendría que resolverlo sin él. Y eso implicaba opciones que nadie había ensayado.

—En el final —dijo en voz baja—, siempre quieren una figura clara. Un culpable. Un salvador. Algo simple.

La rata lo miró, inmóvil.

—Pero no les voy a dar eso.

El ruido comenzó de golpe. No explosiones. No sirenas. Un murmullo colectivo que se elevaba desde distintos puntos, como una respiración mal sincronizada. La ciudad intentando coordinarse… tarde.

El vagabundo apretó los puños.

El punto de no retorno ya había sido cruzado.

Ahora solo quedaba decidir qué se caería primero.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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