La Rata del Vagabundo

Capítulo 38: La fractura visible

La ciudad dejó de disimular al mediodía.

No hubo anuncio oficial ni colapso inmediato. Solo una evidencia imposible de ignorar: las cosas ya no encajaban. Calles que no llevaban a donde siempre. Señales contradictorias. Personas detenidas en mitad de una acción simple, como si alguien hubiera quitado una instrucción básica del mundo.

El vagabundo caminó entre ellos sin tocar a nadie. Sentía que cualquier contacto podía desatar algo irreversible. No porque la gente fuera frágil, sino porque el sistema que los sostenía lo era.

—Ahora sí —murmuró—. Ahora se ve.

La rata avanzaba con cautela. Sus movimientos eran precisos, medidos. Ya no exploraba: evaluaba. Como si el entorno hubiera dejado de ser hogar para convertirse en terreno inestable.

Llegaron a una avenida partida por vallas metálicas improvisadas. Policías, personal civil, voluntarios sin entrenamiento claro. Nadie parecía estar al mando. Todos ejecutaban órdenes parciales, recortadas, heredadas de decisiones que ya no existían.

—Esto no es control —dijo el vagabundo—. Es coreografía sin música.

Un hombre gritaba que no podía cruzar. Del otro lado, alguien respondía que no podía dejarlo pasar. Ambos tenían razón. Ambos estaban atrapados en instrucciones incompatibles.

El hambre reaccionó por primera vez en horas. No como empuje, sino como alarma profunda. No pedía acción inmediata. Advertía de una acumulación crítica.

El vagabundo sintió una presión en el pecho, distinta a las anteriores. No venía de afuera. Era conciencia pura.

—Se están fragmentando —susurró—. Cada sector va a empezar a justificarse solo.

A lo lejos, humo. No negro. Gris claro, casi limpio. Infraestructura fallando sin violencia, como un cuerpo que se apaga órgano por órgano.

Cruzaron por debajo de un puente peatonal. Allí, el sonido era diferente. El eco distorsionaba las voces hasta volverlas irreconocibles. Un grupo de personas se había sentado en el suelo, esperando. No ayuda. No órdenes. Esperaban permiso para decidir.

—Eso es lo más peligroso —dijo el vagabundo—. Cuando la gente deja de confiar en su propio criterio.

La rata se subió a una baranda y se quedó observando desde arriba. Por un instante, parecía más grande. No físicamente, sino en presencia. Como si el mundo estuviera ajustando la escala de lo importante.

El vagabundo entendió algo con una claridad incómoda: la ciudad no iba a caer de golpe. Iba a dividirse en realidades superpuestas. Zonas donde las reglas aún funcionarían. Otras donde serían reinterpretadas. Y algunas donde simplemente no existirían.

—No habrá un solo final —dijo—. Habrá versiones.

Un estruendo seco cortó el aire. No una explosión. Un colapso estructural lejano. Un edificio que cedía donde no debía. El sonido se propagó como una grieta auditiva.

Las personas reaccionaron tarde. Demasiado tarde.

El vagabundo cerró los ojos un segundo. No para rezar. Para decidir.

—En el próximo paso —susurró—, voy a dejar de ser testigo.

El hambre se tensó por completo, lista para convertirse en algo más que presión o alerta. Algo definitivo.

La rata bajó de la baranda y se colocó frente a él, firme, inmóvil.

No había marcha atrás.

La fractura ya no era interna.

Era visible.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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