La ciudad estaba cansada.
No colapsada, no rendida. Cansada en un sentido más profundo, como lo está una mente que ha pensado demasiado tiempo sin llegar a una respuesta aceptable. Las grietas ya no crecían; se estabilizaban. El caos comenzaba a organizarse en formas nuevas, más duras, menos humanas.
El vagabundo avanzó por una calle que ya no figuraba en ningún plano actualizado. A ambos lados, edificios con luces intermitentes, algunos pisos habitados, otros abandonados sin transición clara. No había fronteras visibles entre lo funcional y lo perdido. Todo coexistía sin jerarquía.
—Este es el último equilibrio —dijo en voz baja—. El que aparece justo antes de decidir.
La rata caminaba a su lado, tranquila. No alerta, no tensa. Como si entendiera que ya no tenía sentido anticiparse. Lo que venía no podía evitarse, solo ejecutarse.
Llegaron al borde de la ciudad vieja, donde el concreto daba paso a estructuras más antiguas, olvidadas por la modernización pero nunca reemplazadas del todo. Allí, el ruido era distinto. No había murmullo colectivo. Solo sonidos aislados: una puerta que se cerraba, pasos lejanos, metal golpeando metal.
El vagabundo se detuvo.
Sintió el hambre transformarse por completo. Ya no era presión ni advertencia. Era claridad absoluta. Una comprensión brutal de su función real: no destruir, no consumir, sino cerrar ciclos que otros no se atrevieron a cerrar.
—Siempre quisieron un final limpio —murmuró—. Pero los finales reales nunca lo son.
Vio a personas tomando decisiones por primera vez sin esperar permiso. Algunas correctas. Otras no. Pero propias. La ciudad ya no podía absorberlas todas. Tampoco corregirlas.
Eso era el comienzo del final.
Un mensaje pasó por las pantallas públicas, breve, mal sincronizado, repetido con variaciones mínimas. No ordenaba. No calmaba. Solo reconocía lo inevitable: “Se procederá a la última fase”.
Nadie explicó cuál era.
El vagabundo sonrió con cansancio.
—Siempre llegan tarde a ponerle nombre a las cosas.
Miró a la rata, que ahora lo observaba de frente, erguida, sin sombra distorsionada. Por primera vez, no parecía símbolo ni compañía. Parecía testigo.
—Después de esto —dijo—, no van a poder fingir que no sabían.
El cielo comenzó a oscurecer antes de tiempo. No por clima. Por consumo energético desordenado. La ciudad usando lo último que tenía para sostener una imagen de normalidad que ya no convencía a nadie.
El vagabundo dio un paso adelante.
No hacia un lugar concreto.
Hacia el cierre.
Detrás de él, la ciudad contenía el aliento, como si supiera que el siguiente movimiento ya no le pertenecía.
El último capítulo se acercaba.
Y no habría correcciones después.
Editado: 11.01.2026