El vagabundo detuvo los pasos justo en el centro de la ciudad vieja. No había anuncios, ni luces que guiaran el camino, ni manos que sostuvieran la puerta. Solo estaba él, la rata a su lado, y la ciudad conteniendo un aliento colectivo que nunca había sentido.
—Aquí termina todo —dijo en voz baja, más para sí mismo que para cualquier otro—. O empieza de otra manera.
El hambre, ahora ya plenamente conciencia, se acomodó dentro de él. No como necesidad ni impulso, sino como eje de claridad absoluta. Todo lo que había sido presión, juicio o advertencia, se redujo a una función: decidir qué seguiría vivo y qué no.
Alrededor, la ciudad mostraba sus fracturas finales. Calles desplazadas, luces parpadeantes, vidrios que reflejaban escenas imposibles. Los edificios antiguos coexistían con los modernos sin lógica aparente. Personas caminaban, algunas confundidas, otras observando con atención. La ciudad se había convertido en un organismo que respiraba de manera irregular, consciente de sí mismo por primera vez.
—No puedo arreglar esto —susurró—. Solo puedo cerrarlo.
La rata se adelantó y se colocó frente a él. No era guía. No era compañía. Era testigo de la decisión final.
El vagabundo avanzó unos pasos, y con cada movimiento, el mundo alrededor reaccionó: sonidos apagados, reflejos distorsionados, luces titilando como si supieran que su papel estaba por terminar. La ciudad se plegaba a un silencio absoluto, no de miedo, sino de reconocimiento.
Entonces entendió la verdad: no se trataba de destruir ni de salvar. Se trataba de aceptar lo que ya no podía cambiar y actuar con lo que quedaba intacto.
Con un último gesto, dejó caer una piedra sobre el pavimento. Nada parecía pasar. Pero todo cambió. Una cadena invisible de decisiones acumuladas se completó. La ciudad se inclinó apenas, como un organismo que reconoce el final de un ciclo, y luego exhaló lentamente, liberando la tensión que había acumulado durante décadas.
El vagabundo se giró hacia la rata. Sus ojos brillaron en la penumbra del crepúsculo urbano.
—Esto es el fin —dijo—. Pero no el final de todo. Solo de lo que debía cerrarse.
Y mientras la ciudad retomaba un ritmo extraño, imperfecto, él entendió que el verdadero poder no estaba en dominar, ni en huir, ni en sobrevivir. Estaba en caminar hasta el final y dejar que la realidad aceptara su decisión.
El hambre se relajó, la ciudad respiró, y el silencio se llenó de posibilidades.
El fin.
Editado: 11.01.2026