La Razón Moral de Willa Thrimey

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– Son solo mitos y guarrerías que se escuchan en el bosque – dijo uno de los allegados del Barón Smith. Y por supuesto que hablaba de esa forma tan descarada debido a que “no hay” mujeres en el diminuto salón.

– Está completamente loco si cree ese tipo de cosas – soltó otro de los caballeros.

– Admito que por un segundo también estuve escéptico con lo que escuché, pero fue así. – dijo uno de los acompañantes del General Johnson y el causante de esta conversación sobre las cosas que se escuchan en el bosque.

Cosas que la gran mayoría de las personas no podría creer que forme parte del pasado.

– Años y años mencionando a los elfos, ninfas y monstruos ¿Ha visto uno alguna vez? Son solo cuentos infantiles que hacen que las personas crean en algo que no pueden ver – el Barón Smith se levantó con tanta elegancia que nadie en su sano juicio podría decir alguna vez que bajo ese traje impecable y su rostro bien parecido pudiese albergar algún tipo de maldad – Basura mitológica, eso es.

Y ese tipo de “basura” era a la que parecía temer el Rey Arturo VII, gobernante de este reino que estaba cayendo en la miseria y la desesperación por una guerra contra seres mitológicos y a la que la mayoría de las personas no creían que pudiesen existir.

Aún así luchaban para su rey, aunque creyesen que todo era locura del mismo, nadie se atrevía a negar lo que él decía, ni tampoco a contradecir sus órdenes por muy descabelladas que éstas sonaran.

Era la séptima vez en la semana que los guardias del palacio venían a este lado del reino y como siempre, se llevaban las manos vacías y nunca más se les volvía a ver, hasta que tiempo después llegaran otros guardias con las mismas órdenes que los anteriores, se marchaban y nunca más se escuchaba algo de ellos.

Muchos decían que los mandaban a la horca, pero la gran mayoría creía que el rey sería incapaz de algo tan cínico como mandar a decapitar a guardias que no pudieron hacer bien su trabajo.

“¡Jamás haría tal cosa!”

“Es una persona tan pura”

“Es el mejor líder que hemos tenido”

“Nunca sería capaz de hacer alguna atrocidad contra los inocentes”

– Por favor, Barón. – más adelante se levantó el acompañante del General. – Todos sabemos que se han visto criaturas extrañas a las que han capturado y se las han llevado al castillo.

– Ver para creer, mi fiel amigo – susurró tan bajo que me costó escucharlo con claridad desde el rincón en el que estaba escondida.

Y así comenzaba otra ráfaga de comentarios despectivos hacia seres que jamás en mi vida había visto y que probablemente nunca en mi vida lograría ver. Estábamos en guerra con los elfos desde hace años y curiosamente nadie en el reino (aparte del rey y sus allegados) había visto alguno a lo largo de sus vidas. Solo había algunos que regresaban del bosque y al decir algo, todos lo tachaban de haber enloquecido, pues la gran mayoría de las personas no cree en lo que no es capaz de ver.

Para algunos son solo cuentos vagos y sin sentido.

Historias contadas por una sociedad a la que le interesa más los vestidos y la virtud de las damas casaderas, que el hecho de que el rey ordenara más y más cosas que se estaban saliendo de control… y aún así, parecía que nadie notaba esas cosas y si alguien más lo notaba, nunca lo decían, no podían, así que ¿Hasta qué punto llega la voz si no es hasta donde comienzan a aparecer las amenazas por expresarla? Claro que para las mujeres es aún peor, nosotras no hablamos, no reímos alto ni carcajeamos, tampoco se nos permite, por supuesto, opinar sobre negocios y ¡Dios ampare al hombre si salimos de casa enfermas!.

Una sociedad que prefiere que los hombres vayan de cacería por semanas y las mujeres se queden en casa sin hacer nada más que soltar chismes sin razón ni lógica sobre si algún lord no pagó impuestos en la semana, si un conde se fugó con alguna criada o si atraparon a una señorita cometiendo un acto de escándalo con algún hombre que la ha dejado manchada para otros, utilizada y arruinada.

Ese era el tipo de sociedad en la que yo había crecido, cegada por el prejuicio y por las “buenas” intenciones de un rey que a través de sus ojos solo desprendía ambición y poder, cosa que supuestamente “nadie más lo notaba”.

Comenzó a sonar otra pieza, ésta siendo más suave y armoniosa que la anterior, generando un ambiente más tenue y agradable, permitiendo que el espacio sea más acogedor y menos agobiante. Viendo que mi madre comenzaba a buscarme, me deslicé entre los cuerpos como una escurridiza exhalación y procurando que mis pies no pisaran a nadie.

Odio los bailes.

Los odio desde que fui presentada en sociedad hacía cinco años, sobre todo teniendo en cuenta que hubo muchas propuestas que mi padrastro rechazó porque según él y ante los ojos de mi madre, ninguno era digno para mí, pero siempre lo supe; la razón por la que negó que yo me casara con alguno de ellos es porque mi nombre ante sus ojos está manchado.

Mi padre murió antes de que yo naciera, mi madre se casó con el Barón estando embarazada de mí. Él no debía aceptarla en ese estado, sin embargo, se casó con ella y todo lo que en su momento fue supuesto amor y protección se convirtió en todo lo que me traería años de rechazo de mi propia familia y de la alta sociedad.




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