La Razón Moral de Willa Thrimey

2

Bailar con el Conde siempre fue como una especie de reto para los dos.

Fingir que no nos odiábamos era lo más satisfactorio de la velada, a decir verdad y, cuando ya nadie parecía prestar atención, todo parecía convertirse en algo tan nuestro.

Aunque yo realmente le detestaba, mis emociones hacia él cada vez se convertían en una danza sin fin que no se pronunciaban del todo ni a la derecha ni a la izquierda, simplemente estaban allí como una sombra que no terminaba de definirse.

He allí lo que me provocaba ese bribón.

Y siendo así ¿Por qué estoy aquí? – Veo que hoy está más callada que de costumbre. – entonces ahí está la voz que me produce escalofríos. Esa sensación de ahogo y regocijo, ambas mezclándose con ese toque de ansiedad, nerviosismo, frustración y deseo. Son tantas cosas que me produce y tienden a ser tan fuerte que no sé cual es la dominante cada vez que le miro.

– Sabe muy bien que detesto estos bailes. – murmuré con algo de confianza, pero sin dirigirle aún la mirada.

– Sé perfectamente que lo último que desea es estar aquí – tuvimos que separarnos para rodear a otra pareja y volvimos a estar frente a frente – Sé que lo que más desea es pisar a alguien con la punta de su tacón, fingir que no lo vio y luego hacer una llanto exagerado diciendo que se ha doblado el tobillo para llamar inmediatamente a su chaperón – susurró de esa manera tan suya que me provocó un leve escalofrío.

– No sé a qué se refiere – pero por supuesto que lo sé. Ese fue en el penúltimo baile de mi segunda temporada, pero ese mismo día madre me descubrió y más tarde el Barón me dio una paliza. No me quedaron ganas de volverlo a hacer.

– Después de ese día, no salió hasta que pasaron tres semanas, pero ¿quién los cuenta? – se encogió ligeramente de hombros y volvió a su lugar con los otros caballeros.

– Quiere decir eso que mi plan funcionó.

– ¿Entonces por qué no lo hace? – porque por muy tentador que suene, no quiero que alguien vuelva a lastimarme como esa vez.

– Disfruto su presencia.

– Me halaga, señorita Thrimey. Cualquiera sería tan afortunado de escuchar esas palabras viniendo de su lengua viperina, con ese toque exquisitamente sarcástico que ilumina esta espantosa decoración. – no pude evitar reírme, realmente la decoración era horrible, pero supongo que para alguien que adora la cacería, tener tantos animales disecados con tela alrededor como prendas era lo más exótico.

– Es usted incorregible.

– Y créame que diría cualquier otra cosa sosa solo para volver a hacerla reír. – casi tropiezo cuando vislumbro que es algo parecido a lo que dijo cuando nos conocimos.

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Estaba teniendo un ataque de pánico.

Todos me estaban mirando de una manera en la que mi corazón no paraba de bombear brutalmente, la presión en mi cabeza calentaba mis sentidos, mis oídos parecían ajenos y el nudo en mi garganta no me permitía gritar.

Apenas terminé de presentarme ante la reina, pude escabullirme rápidamente del salón sin, espero yo, ser detectada por el Barón, mi madre o mis hermanas, pero cuando puse un pie en el balcón, ni siquiera el aire fresco pudo calmar esta ola creciente de angustia en mi pecho.

Respira profundo, Willa. Sé que estás allí. Respira. Respira.

¿Por qué los demás estuvieron murmurando? Todo lo que pude escuchar fue “Bartarda” y cada vez se repetía en una voz distinta, tan discretamente que en realidad no era nada discreto.

Bastarda. Ella es la hija bastarda del Barón. Esa bastarda no merece ser presentada ante la sociedad ¡Qué escándalo!

Algo muy dentro de mí se está hundiendo y ya no sé cómo salir a flote.

No puedo sacarme sus palabras de mi cabeza. Retumban de una manera que hace que mi pecho se sacuda con violencia y se vuelve muy difícil poder apoyarme correctamente en el barandal.

Me estoy ahogando en mi propia desgracia y por errores que yo no he cometido.

– Señorita ¿Está bien? – pero no lo estoy. No lo estoy y probablemente nunca he estado del todo bien. – Señorita Thrimey – la simple mención del apellido de mi padre hace que los vellos de la nuca se ericen. Odio ese apellido. El primer motivo del desagrado de la sociedad hacia mí es porque no pertenezco al linaje del Barón Smith. – Señorita Willa – allí está el segundo motivo, un nombre tan descarado para la época, un castigo impuesto por el Barón para mí; como si yo fuese la responsable de las decisiones de mi progenitora y no ella. Siento un zarandeo que me hace querer llorar – Respire conmigo. Así, lo está haciendo de maravilla. – sigo con los ojos cerrados, solo escuchando el sonido vibrante de su voz – Siga así, Willa. – ni siquiera sé como la voz desconocida sabe mi nombre, pero ahora siento cómo se va reduciendo la presión en mis oídos y las lágrimas que no sabía que estaban allí se detienen, permitiéndome por fin abrir los ojos.

Lo primero que veo es un verde musgo. Cejas pobladas. Manos en mi rostro. Doy un paso hacia atrás casi gritando y suplicando que nadie nos haya visto por la manera tan cerca en la que estamos.




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