La Razón Moral de Willa Thrimey

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Cuando nací, mi padre tenía solo unos meses de haber fallecido y al nuevo esposo de mi madre se le ocurrió la gran idea de llamarme Willa, nombre que para los de mi pequeño pueblo (cerca de Much Hadham, Hertfordshire y prácticamente borrado del mapa) es lo más vulgar del mundo. Por lo tanto, a los que no les desagrada la idea de hablarme prefieren llamarme Lady Thrimey (el apellido de mi padre) como si llevara una "D" en vez de "Th", como si se tratara de un escándalo.

“Aunque en realidad si soy producto de un escándalo”.

Eso es lo que muchos murmuran.

Algunos hasta se han atrevido a decirme bastarda.

Comentario que al recibir a través de los años, ya me he ido acostumbrando, sobre todo por mis hermanastras. Mi padre era un buen hombre, honorable y misericordioso, amado por todos los que alguna vez llegaron a conocerle, o al menos casi todos, mi padrastro nunca lo tuvo en muy buena estima.

Algunas veces me he preguntado si algún día seré como él; nunca le conocí, claro está, pero las historias que cuenta mi madre son preciosas y el hecho de que se enamorara de alguien como el Barón Smith casi siempre me trae pesar, ya que él es todo lo opuesto a mi difunto padre. Supongo que algunas personas al verse en un estado tan crítico y vulnerable como lo es la soledad, dejan de ver esa pequeña luz en las que creen merecer algo mejor de lo que alguna vez se tuvo y se conforman con el trato tan frívolo que se les da.

A mi parecer, eso fue lo que sucedió con mi querida madre, pero claro está que de este tema nunca pude indagar, ya que en esta época, la mujer que repudia el solo hecho de no poder expresarse con libertad tiene una pasaje directamente a la horca, debido a que somos ignorantes para la gran mayoría del género masculino por no estudiar, pero ¡Alto! La “buena enseñanza” se nos niega, así que nuestro criterio no se considera válido y tampoco respetuoso.

No creo estar tan ensimismada para creer que solo he de ser yo la que opina algo como esto: lo descabellado que es reprimirnos a tal punto que no podemos ni siquiera llorar en público, entonces se nos acusaría de mártires; tampoco el hecho de que seamos escandalosas, entonces se diría que somos unas maleducadas y, ni hablar de bailar con alguien más de tres veces, pues de ese modo, podríamos ser unas mujeres descarriadas y no se tendría la certeza de nuestro proceder.

No crean que en este siglo todo lo malo nos toca a las mujeres, ya que puedo decir con debida pena que algunos hombres sufren las reglas de la sociedad tanto como nosotras y aunque son ligeramente más libres, la sociedad ha reprimido a tal punto que ya no es muy válido casarse por amor.

Nunca esperé casarme por amor, no lo espero y por las intenciones de mi padrastro hacia mi situación de soltería, sospeché desde hacía tiempo que ya tenía una propuesta en mente para mí, claro que no es con alguien joven y rico, por supuesto que no, esos caballeros deben ser para sus hijas; yo por otro lado, tengo la ligera sospecha de que quiere casarme con aquel viejo señor de la casona tenebrosa que está a un par de casas de la nuestra, a excepción, claro está, de que no querrá verme mucho por aquí, así que no creo que se trate de él.

Y aún así, sé que planea mencionar ese asunto, debido a que el tener veintidós años, se considera ser una solterona en este pequeño y alejado pueblo.

Pueblo que detesto hasta en las partes más recónditas de mi alma.

A excepción de alguien que nunca me tomaré la libertad de admitir en voz alta, el cual siempre observo con mayor interés del debido, ya que es mi némesis número uno con deslumbrante cabellera negra y preciosos ojos marrones con el asquerosamente rico apellido Hayter, o mejor conocido como el conde mujeriego, caprichoso, arrogante que todas anhelan tener de pretendiente por tan admirable musculatura y exquisitos modales.

Conde Charles Hayter de Bradford.

Hasta su nombre es quisquilloso.

Y dicho hombre está frente a mí, llegando en el momento justo en que el señor William, uno de los hombres más deseados, ha dicho que quiere comenzar a cortejarme.

No puedo creer lo que mis oídos escuchan de su boca sobre cortejar a la señorita Thrimey, sabiendo perfectamente que tiene otros compromisos lejos de aquí ¿No es así, señor Thompson?

Aquí va de nuevo.

– No… No sé de qué me habla, mi señor.

– Permítame refrescarle la memoria, para mí será un verdadero placer – educación falsa ante todo, por supuesto esa tenía que ser la mejor hazaña de este ser.

– No, gracias, pero prefiero que lo deje así si no es mucha molestia, señor Hayter – ¿Eso que escuché fue un temblor en su voz?

– Insisto – su aire petulante inundaba todo a su paso y ahora ¿Hacia dónde debo mirar sin que se me note en la cara la vergüenza? Con una breve mirada, Hayter me mantuvo en mi lugar y por un segundo casi se me escapa la respiración – Dudo mucho que a su bellísima esposa que se encuentra en el campo le guste el hecho de que usted esté tan lejos de casa por mucho tiempo, sabiendo que esperan a su primogénito y que usted está jugando frívolamente al interés con un señorita aparte de preciosa, noble y de familia honrada ¿Me equivoco?

– No, señor.

– Eso creí, por lo tanto, he hablado con su capitán y le ha dado permiso para marcharse esta misma noche ¿Está claro? No quiero que vuelva a acercarse a ella o de lo contrario, usted sufrirá graves consecuencias.




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