La Razón Moral de Willa Thrimey

13

Me detuve un rato mientras jadeaba por la falta de aire. No podía controlar el dolor en mi pecho, llevaba unos cuantos días sin poder dormir. Habían pasado casi tres meses desde que todo comenzó a ir de cabeza en Elthïfssir. Mis entrenamientos eran cada vez más rigurosos, pero con todo y eso, el miedo seguía latente y la paranoia era cada vez más visible entre las paredes del palacio.

Los elfos trataban de adaptarse al cambio dentro de lo que habíamos considerado parámetros seguros para cada uno, pero aún así, cada tanto desaparecen algunos elfos, intensificando la tensión en la población. Ni siquiera mis charlas con Rea habían logrado calmarme, manteniendo mi irritación ante cada respuesta de “lo sabrás muy pronto”.

Elörian estaba en un punto crítico de querer golpear todo a su paso, más frustrado de lo que alguna vez creí poder verlo, pero ante su pueblo, seguía dándoles ese aire tranquilo para incentivar la resiliencia. Conmigo se había permitido llorar dos veces en la privacidad de nuestra habitación, pero realmente estábamos algo distantes el uno del otro desde que Bran nos informó sobre la desaparición de los otros elfos.

No niego que me sentía algo desolada con su alejamiento.

Sin embargo, quería darle su espacio. Comprenderlo. Acompañarlo en su soledad, pero ¿Cómo hacerlo cuando lo único que hace es alejarme? No todos están dispuestos a compartir sus pensamientos en el silencio.

Yo, por otro lado, seguía ejercitándome día y noche. Aunque no era perfecta, podía hacer algunas posiciones de combate sin ningún problema y había ayudado a algunos oficiales a montar guardia. Sin embargo, Elörian se rehusaba a que hiciera actividades de investigación con ellos, era más espionaje que otra cosa, pero él conjuntamente con otros grupos iban a ver qué sucedía en Northdark. Descubrió entonces que los soldados del rey Arturo eran ejecutados después de cada cacería para que no esparcieran la información de sus crímenes al pueblo.

De esta manera, todo lo que habían dicho en mi antiguo hogar había cobrado sentido. Los soldados que desaparecían eran eliminados para que los planes del rey no fuesen transparentes para su gente.

– Estás distraída. – Fisto resopló por quinta vez después de ayudarme a levantarme. En estos meses, habíamos desarrollado una especie de amistad, en el que él y sus hombres me brindaban la compañía cada vez que me veían distraída. Me escuchaban cuando necesitaba hablar. Me comprenden no solo como su reina, sino más como parte de ellos.

Como si al fin encajara en este lugar.

– No es mi culpa que el piso se vea tan tentador. – refunfuñé, cruzándome de brazos. Estaba enojada, demasiado para mí gusto.

– ¿Qué sucede, reina mía?

– Anoche no llegó a dormir. – solté después de unos minutos – ¿Has notado si ha comido hoy? – negó con la cabeza. Mordí mi mejilla con molestia. – Lleva días sin decirme nada. No sé qué está pasando con él.

– Es el rey, mi señora.

– Y el que lo sea no significa que no puede sentir. Solo se la pasa dando órdenes o encerrado en su despacho mientras grita y lanza cosas. – me tragué las ganas de llorar – Más que su oficial, eres su amigo.

– Y tú eres su esposa. Una que, por cierto, adora ¿Por qué no tratas de hablar con él?

– Es difícil hacerlo si no me dirige más de dos palabras. – estaba cansada de este tira y afloja. Comprendía lo que llevaba en sus hombros, lo hacía, pero a pesar de todo, no puedo seguir empujando hacia mí una barra que no tenía el mismo esfuerzo desde el otro lado, porque al jalarlo con fuerza, probablemente me caería hacia atrás. – Sigamos, hay mucho que tenemos por hacer.

– Vuelves a encerrarte en tu propia cabeza, reina.

– Vuelves a ser una viejita chismosa, Fisto. – me reí cuando arrugó el rostro con aire ofendido mientras ponía la mano en su pecho con dramatismo.

– Solo doy mi humilde opinión.

– Sigamos. – volví a mi posición, sacándole una sonrisa orgullosa. Danzamos en combate por un par de minutos más, casi llegando a la hora para detenernos abruptamente cuando Dorothea llega corriendo hacia nosotros.

La tensión en mis hombros se disipa cuando noto en sus labios una gran sonrisa. Con todo lo que ocurre, es horrible vivir con la incertidumbre de si alguien viene hacia ti para traerte buenas o malas noticias. Es una de las características más inquietantes que trae la guerra. – Corazón mío – siento un latido intenso en mi pecho cuando la veo echándose a los brazos de su esposo y alejo de mí la momentánea ola de celos por el simple hecho de que yo no puedo hacer eso con mi marido. No, considerando todo lo que nos está pasando.

– ¿Qué ocurre? – la mirada que le da, la hace ver aún más radiante. Esa muestra de amor y pasión que refleja tanto de dos corazones que bailan en el mismo compás.

– Mi reina – me hace una pequeña reverencia al notar mi presencia y luego sus ojos vuelven a su esposo – Disculpen la interrupción, pero tengo noticias hermosas.

– No hay problema, Thea. Puedo retirarme.

– No digas tonterías. También eres parte de la familia y me encantaría que también lo supieras. – Fisto y ella me miraron con complicidad. Les sonreí sin saber qué más decir.

– ¿Qué ocurre? – nuevamente le pregunta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.