– Tres días – susurró después de un largo rato sin querer mirarme – Tres días – gritó con frustración para lanzar pergaminos y libros que estaban sobre el escritorio – Pensé lo peor ¿Cómo se te ocurre hacerme esto? ¿Cómo se te ocurre hacerte esto a ti? Ir allí, sin protección, sin ayuda, como si tu vida no valiera nada. – su voz se rompió, pero me mantuve firme en mi sitio. – Ahí está tu maldita nota – agarró la carta y comenzó a doblarla hasta hacerla una pelota y posteriormente, tirarla con fuerza al suelo. – Arrastraste a Bran a esto. No me dijiste nada durante semanas, aún cuando te pregunté tantas veces qué era lo que se te pasaba por la cabeza. En qué podía ayudarte. Aún cuando decidí confiar en tu capacidad para sobrellevar todo esto. – caminaba airado de un lado para otro. Yo seguía sin querer decirle nada. Mi voz me abandonó en ese momento, pero al menos sabía que Bran estaba bien. Me había asegurado de ello.
Seguía sin saber qué decir. Él gritó de nuevo, completamente irritado.
» – Y te quedas ahí sentada sin decir nada, Willa. – se rió sin emoción. Los golpes en mi pecho provocaron que quisiera vomitar mientras lo veía al otro lado de la habitación. – Te amo, pero incluso aunque lo haga, me quema por dentro que no hayas confiado en mí para estar allí, contigo, apoyándote y que aún así, hayas hecho esto… esto que podía costarte todo. Que hayas sido tan descuidada con tu vida y que estos tres malditos días se me haya pasado por la cabeza miles de maneras de cortarle la garganta a ese… ese… hombre, de solo pensar en que te tenía en sus manos.
No me atreví a mirar su rostro.
» – De solo pensar en que te había hecho daño, todo… todo pensamiento de paz se esfumó. – mi pecho se encogió cuando escuché un sollozo saliendo desde lo más profundo de su garganta. – He pasado años encadenado a la posibilidad de perderte de un día a otro. Si te sucede algo, por muy mínimo que sea… por un segundo perdí mi enfoque sobre la paz, quise quemarlo vivo si se atrevía a tocarte – susurró. La culpa, el miedo y la agonía infiltrándose en sus palabras – pensé en… quemar cada rincón de su palacio, pensé en que… mi mundo eres tú, siempre lo has sido. No me importó nada más que tú, ser un completo irracional si se trata de ti y… – se agarró el rostro con ambas manos, luego me miró, su mirada siendo un completo pozo de terror para luego repasar sus ojos por mi cuerpo y suspirar, como dándose verdaderamente cuenta que estoy aquí, que estoy bien –... el saber que estarás bien, me llena de paz. – pero así de momentáneo como llegó esa calma, así mismo se quebró, dejó de mirarme, se alejó más de mí, como si temiese tocarme.
Jamás quise hacerle daño.
– Elörian, yo entiendo, pero…
– No. – me cortó en seco – Justo ahora no quiero escucharte. Iremos hasta el consejo, dirás todo lo que tienes que decir y te quedarás cerca, en un lugar en el que yo pueda vigilarte, mantenerte segura, a salvo.
– No puedes alejarme de lo que hemos construido.
– Tengo que hacerlo, Willa. No quiero, pero debo. Tu seguridad es lo más valioso para mí ¿Crees que lo hago para apagarte? Lo hago para salvarte de esto, de ti, de mí, de Arturo, de la guerra.
– Pero yo lo decidí.
– Y mira a dónde te llevó. Casi mueres tratando de escapar de ese lugar ¿Es que no lo entiendes, amor? Tus motivos son válidos, pero poner en riesgo tu vida, no.
– Elörian, no.
– Jamás querría apagar tu voz. Nunca he querido hacerlo, pero ahora ¿Cómo se supone que debo proceder? Tres días de agonía, tres días de planes por si algo salía mal, tres días sin tener la certeza de que seguirías aquí, conmigo, respirando. Siempre he confiado en ti, pero me has puesto en un gran aprieto cuando supe que habías decidido ir allí mientras arriesgaste no solo tu libertad, sino tu vida. – se mordió la mano con frustración, en sus ojos reflejándose un claro dolor y miedo que me hizo removerme en mi asiento. – No puedo permitirte que vuelvas a hacerlo.
– ¿Qué? – me levanté de mi sitio de un solo brinco.
– No llevarás a cabo más operaciones de este tipo, no sola, Willa. Es muy peligroso.
– ¿Qué me dices sobre dejarme elegir? ¿Lo recuerdas? Dijiste que me darías mi libertad ¿Acaso se te olvidó?
– Eso fue antes de que te escabulleras en territorio enemigo, sin considerar el hecho de que podrían descubrirte y asesinarte. – dijo con resolución.
– Me prometiste mi libertad.
– Y tú me prometiste transparencia. Confianza. – gritó colérico, quebrándose nuevamente su control. Suspiró, tratando de calmarse y luego, como si se tratara de una máscara reemplazando los rasgos de su cara, se enderezó en su sitio. – Al parecer ambos prometimos cosas que ahora se escapan de nuestras manos.
– No te dejaré encerrarme en una prisión de cristal.
– Y yo no te dejaré sucumbir ante un posible suicidio. – no permití resquebrajarme. No ahora. – Te escuché decirle a Fisto sobre la cacería a la isla Delos. Iremos allá, te prometo que nos pondremos manos a la obra, Willa. Sé que tienes más cosas que contarnos, pero antes de ir al consejo, ve a descansar, amor mío. Te lo ruego. – dicho esto, sin dirigirme otra mirada, salió de la habitación.
Y yo seguí estática en mi lugar.
Si él cree que me quedaré de brazos cruzados, me temo que sigue sin conocerme en absoluto.
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Editado: 22.03.2026