Si me arrancan la razón,
pelearé con la memoria.
Si me arrancan la visión,
seguiré por pura gloria.
Si me quiebran cada hueso,
quedará mi voluntad.
Si me borran del espejo,
seré fuego en la ciudad.
Estas fueron las últimas palabras de Índigo de Piedramar, pronunciadas con voz firme mientras era encadenado y arrastrado hasta los pies de los cuatro reyes de Borenland. El hombre que nació en Piedramar, el pueblo más pobre y olvidado, se convirtió en el símbolo de una rebelión que sacudió los cimientos del continente.
Los monarcas, convencidos de haber sofocado el alzamiento, contemplaban su captura con júbilo. Pero cuando Índigo habló, algo cambió. Las sonrisas se apagaron. No por miedo al prisionero, sino por la certeza de que su ejecución no sería el fin.
El fuego que había encendido en el corazón del pueblo llano no podía ser apagado con cadenas ni espadas. Su nombre, su causa, su visión. todo eso ya pertenecía al mundo. Índigo se volvió inmortal en la memoria de los justos.
Y su rebelión no iba a morir con él....