La rebelión del ángel [libro 3]

Capítulo 2 El reemplazo

La trompeta sonó, Anthony salió de su Lugar y comenzó a descender las escaleras como acostumbraba. Había algo, no sabía qué, pero era más como si pudiera sentirlo en lugar de mirarlo, a pesar de que la respuesta estaba justo enfrente de él. Continuó el descenso ignorando aquello y se dirigió a donde iba todas las mañanas.

Al llegar al interior del Centro esperó, al igual que todos los demás ángeles, a que iniciara la bienvenida. El grupo reducido de ángeles hizo su entrada. Entonces, la sensación se hizo mayor, aunque seguía siendo mínima, algo no estaba exactamente del mismo modo. No lo pensó, fue inevitable, hizo algo que nunca antes había hecho; giró su rostro un poco hacia la derecha, solo lo suficiente, no tuvo que buscar más allá, la respuesta estaba justo allí. El espacio a su lado estaba vacío, volvió la mirada al frente y abajo. Nunca lo había visto de ese modo, y aunque en realidad jamás había mirado en aquella dirección, sabía que allí siempre estaba alguien.

Anthony sabía que, constantemente, las cosas transcurrían del mismo modo. Estaba experimentando la preocupación más leve posible al pensar en cuál sería la causa por la que el ángel a su lado no estaba allí esa mañana, no sabía su nombre, y se pudiera decir que, si otro hubiera ocupado su lugar, él no se habría dado cuenta de la diferencia, sin embargo, el espacio estaba vacío y, por alguna razón que él no podía explicar ni entender, le inquietaba.

—¡Bienvenidos sean a esta gloriosa reunión! —exclamó una voz estruendosa, y aunque Anthony no se movió, sintió una especie de sobresalto nunca antes experimentado. Sus ojos enfocaron por primera vez a quien hablaba—. Un nuevo día ha iniciado, a trabajar irán, todos se dedicarán a sus obligaciones, ese es nuestro propósito, cuidar de Hogar, conservarlo magnífico para que, cuando regrese Azmon, seamos recompensados; esa es la sagrada promesa.

Aquellas palabras siempre eran las mismas, y lo que ocurría permanecía igual. Llevaba quién sabe cuánto tiempo presenciándolo. Solo una vez había acontecido algo distinto; el día de su llegada. El día de su existencia, había entrado por otra puerta, una que no había vuelto a ver, y había estado allá abajo, desde donde provenía la voz. Era la primera vez que pensaba en ello, había sido hace mucho tiempo, o tal vez no.

La voz que hablaba salía del primer ángel, el líder. Frente a él, muy cerca y a la altura de su cabeza, flotaba una esfera mediana de luz, muy brillante, no cegadora, se veía como si pudiera alejarse con la más leve brisa, pero no se movía y se mantenía allí. No había nada de diferente en el discurso, era exactamente el mismo de todos los días.

El líder siguió hablando, Anthony no necesitaba escuchar con detalle aquellas palabras, se dio cuenta de que las sabía de memoria, las había aceptado como la única posible verdad. De igual modo las oyó de nuevo y, pronto, se dio cuenta de que había unas que no eran las mismas.

—Dos ángeles han sido enviados, en este momento se unirán a nosotros. Nos ayudarán a continuar con la tarea a la cual hemos sido asignados hasta que llegue el momento de ver a Azmon —continuaba. Su voz era amable, pero podría llegar a ser confusa si alguno se atreviera a dudar de sus intenciones.

Anthony escuchaba tan sereno como suponía que los demás lo hacían también, solo hubo algo en lo que pensó, y era que la mañana de su existencia había llegado a Hogar solo, pero acá eran dos los recién llegados. Se le ocurrió pensar en aquello con la velocidad de un rayo, mas no se incrustó en ningún lugar y, tan rápido como vino, desapareció. Un ángel, con vestido, comenzó a caminar con el mismo paso, sin prisa, que empleaban todos constantemente; inició el ascenso de las escaleras hasta ocupar un espacio que se encontraba vacío y que Anthony casi se atrevía a asegurar para sí mismo que había estado ocupado por alguien más el día anterior. Ignoraba que era el único que la observaba.

Entonces el otro ángel comenzó a ascender los escalones, con aquella calma que no exasperaba a nadie, hasta detenerse al lado de Anthony, quien no solo no lo miraba, sino que al parecer ya se le había olvidado lo extrañas que le parecían algunas cosas que ocurrían esa mañana. Pero dentro de sus pensamientos ocurría algo, apenas, con algo similar al miedo, casi intentaba preguntarse dónde se encontraba el otro ángel que había estado a su lado todo ese tiempo. ¿Regresaría? ¿El espacio que había ocupado el otro ángel también fue ocupado por uno que ahora no estaba? ¿Acaso él mismo era el reemplazo de otro? Los pensamientos iban y venían sin profundizar mucho, en realidad no le inquietaban demasiado, y tampoco pensaba buscar la respuesta a esas incógnitas; eran tan leves que solo pasaban de largo sin decidir si eran lo suficientemente importantes como para tomarse la molestia de pensar en ello un poquito.

Alrededor y hasta donde alcanzaría a distinguir Anthony, si lo hubiera intentado, no había ya un lugar vacío, todos los ángeles se encontraban posicionados uno al lado de otro a la perfección.

Abajo se encontraba el primer ángel, Kanoel, el asignado por Azmon, justo en el medio. A su derecha tenía dos ángeles, Raziel y Valuel, y uno a su izquierda, Sefoel. Eran llamados los «Vigilantes», sus túnicas y cabellos eran de un blanco brillante. Solo Kanoel hablaba; los otros siempre permanecían en un silencio sepulcral que, a simple vista, no podía indicar otra cosa sino que se encontraban en absoluto acuerdo con todo lo que Kanoel decía.

—Estamos aquí reunidos y celebramos un día más de existencia divina. Cada día que pasa estamos más cerca de reencontrarnos con Azmon —comenzó a decir Kanoel, como de costumbre, reanudando así el mismo discurso diario—. Debemos estar preparados para ese día. Sabemos que cuando ese momento llegue será el mayor de nuestra existencia. Comenzaré con la primera historia: «Antes del principio existieron unos seres cuyo nombre está prohibido pronunciar —empezó a narrar con voz fuerte, clara y pausada—. Estos seres se rebelaron contra Azmon, quisieron ser iguales a él. Pero eso es imposible, no existe ni existirá otro como Azmon. Hoy se les conoce como Rebeldes Alados, hace mucho que fueron castigados y están condenados a un martirio eterno. Su estado nos recuerda que el precio por rebelarse en contra de quien nos lo ha dado todo es alto…».




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