Anthony había hablado por primera vez desde su existencia, e intercambiado palabras con un ser semejante a él. Solo había escuchado dos voces desde que llegó a Hogar; la del ser que lo llevó allí y la del primer ángel todas las mañanas durante la ceremonia de bienvenida. Nadie más hablaba en Hogar, pero ese Ángel, con vestido, llamado Jael lo hacía, y una pequeñísima parte de él se preguntaba si acaso todos los otros ángeles podían hacer lo mismo. No pensaba mucho en ello, el tiempo transcurría igual que antes, y hacía las mismas cosas sin que hubiera cambios. Aunque de vez en cuando asomaban en su mente minúsculas ideas que desaparecían tan rápido que no le era posible reflexionar al respecto.
Sin sentir impaciencia se dirigió al Límite cuando la canción sonó, y no tardó en encontrar a Jael. Ella corrió al verlo, parecía estar esperándolo con ansias, pero él, calmado como siempre, solo siguió marchando hasta que en algún punto se detuvo para mirar hacia los árboles y, por primera vez, parecía estar detallando su perfecto aspecto.
—¿Quieres entrar? —preguntó ella.
Anthony hizo algo inesperado, giró su rostro para mirar a Jael.
—¿Qué hay allá?
—No puedo describirlo, debes verlo por ti mismo.
Anthony volvió a mirar hacia los árboles, y dio unos pasos hacia ellos, se mantenía en silencio, solo contemplaba.
—¿Quieres entrar? —repitió Jael.
Jael insistió, pero Anthony parecía no escucharla.
—¿Me acompañas? —preguntó ella. Hizo la pregunta un par de veces más, pero al no tener respuesta se adentró entre los árboles.
Anthony no la siguió, se quedó allí de pie, tranquilo, sin decir ni una palabra y sin pensar demasiado.
Esa noche no ocurrió nada más, ni la siguiente, ni la que vino después. Anthony se limitaba a quedarse muy cerca de los troncos blancos, mirando, no con curiosidad, solo observando lo que tenía frente a él, no se movía ni un paso más hacia adelante, no preguntaba nada, solo se mantenía allí. Jael se quedaba a su lado, esperando. Había noches en las que ni siquiera se molestaba en hablar, solo cuando estaba a punto de adentrarse entre los árboles le preguntaba: «¿Quieres acompañarme?». Sin embargo, al no obtener respuesta se marchaba.
—¡Anthony! —dijo él en una noche.
—¿Qué has dicho? —preguntó Jael en voz baja y dirigiendo su mirada hacia él.
—Es mi nombre, Anthony.
Durante varias noches no ocurrió nada más, aun así, Anthony continuaba yendo al Límite cuando sonaba la canción y, luego de estar un tiempo indefinido, siempre regresaba a la Torre. Nunca se había preguntado si alguien vigilaba su andar, era de suponer que todos los ángeles se refugiaban cuando las luces se iban a dormir, pero no era de su interés averiguarlo tampoco.
La voz en la cabeza de Anthony, que en pocas ocasiones se hacía preguntas sin respuesta, decidió de pronto hablar con fuerza un día. Él se encontraba en el Muro, golpeaba la pared con intenciones de sacar un último diamante para su saco cuando se detuvo y miró a su alrededor. Nunca nadie miraba a nadie. «¿Qué tan importante puede ser esto que hago todos los días? —se preguntó—. ¿Qué tan importante es que si alguno de nosotros desaparece es necesario un reemplazo? ¿A dónde se han ido los otros? ¿A quién reemplacé yo?».
Continuó su trabajo un instante después y llevó el saco al Lago Negro, por primera vez no quería volver al Muro. Quiso escuchar la canción para poder ir al Límite. No sabía si tenía opción, no obstante, siguió con su labor hasta que escuchó la canción.
—Ir al Lago Rojo por no querer recolectar diamantes es… —dijo, pero se interrumpió por no saber cómo terminar aquella oración, se encontraba de pie frente a los árboles, y Jael estaba a su lado.
—¿Es…? Continúa —pidió ella.
—No sé cómo decirlo, no sé si puedo explicarlo…
—Inténtalo —le instó.
—Tú has entrado en el Límite, y sigues aquí. ¿Por qué los Rebeldes Alados no te han capturado? —preguntó sin observarla aún.
—No vendrán a buscarnos, al menos no luego de que las luces se van a dormir, te aseguro que por ahora estamos a salvo. ¿Quieres venir conmigo?
—¿Qué hay allá?
—Tienes que verlo con tus propios ojos —le recordó.
—Tengo que irme a mi lugar —dijo sin expresión.
—¿Vendrás mañana?
No hubo respuesta, pero Anthony la miró antes de emprender el camino de regreso, y para ella eso fue suficiente.
—¿Hay algo que te inquieta? —preguntó Jael la noche siguiente.
—Creo que…
—Continúa —solicitó ella al ver que Anthony se quedaba sin palabras.
—Creo…
La frase no era completada.
—Puedes decirme —aseguró ella de manera calmada.
Anthony no podía, el sonido del silencio era lo único que se podía escuchar.
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Editado: 21.08.2026