Pocos pasos bastaron para que se encontraran frente a la Gruta. Jael iba deprisa, pero casi al entrar, Anthony se detuvo y su mano se soltó de la de Jael, que avanzó un par de pasos más.
—¿Qué ocurre? Falta muy poco —aseguró ella, dándose la vuelta para observarlo.
Anthony miraba sus pies, ya no había hojas secas, solo tierra. Analizó la textura, le agradaba más.
—Ven, sigamos —insistió Jael.
Anthony reanudó la marcha sin necesidad de que Jael le tomara la mano.
Al entrar en la Gruta quedó atónito, y no por la hermosa vista que estaba frente a él. Todo en Hogar era perfecto, limpio y majestuoso; sin embargo, su impresión era porque estaba descubriendo algo nuevo, más allá de Hogar y de una cantidad infinita de árboles variados, donde había algo más y era difícil para él creerlo. El interior de la Gruta resplandecía con una luz dorada, el agua de la superficie reflejaba con claridad las estalactitas que crecían de forma descendente en el techo y, a simple vista, no podía ver el final de ese lugar, ni tampoco otra área sobre la que caminar, que no estuviera cubierta de agua.
—Ven —dijo Jael avanzando sin miedo.
—¿Cómo…?
Anthony vio cómo Jael estaba a punto de poner sus pies sobre el agua, creyó que ella se hundiría como lo hacían los diamantes que dejaba caer siempre en el Lago Negro, no fue así, aunque a simple vista no lo parecía, era igual de sólida que el suelo hecho de piedra.
—¿Cómo es que tú no…?
—Ven —interrumpió Jael—. Puedes hacerlo.
Anthony apenas movió la cabeza en señal de negativa.
—Vamos, no tengas miedo, yo te cuido —aseguró ella con una sonrisa, y extendiendo su mano.
Anthony tardó un instante en avanzar, no tomó la mano de Jael, y ella no le insistió, caminaba a su lado y eso parecía ser suficiente.
Daban un paso tras otro, ella como si estuviera caminando sobre la superficie más sólida existente, y él tambaleándose un poco al inicio, como si el agua tuviera forma de rocas de tamaños variados y le resultara difícil mantenerse recto en su andanza.
El recorrido se le hizo bastante largo, y era extraño. Nunca se había quejado de ninguna distancia, pero desde que cruzó esos árboles se inquietaba al no saber a dónde se dirigía y cuánto tiempo tardaría en llegar adonde fuera que Jael lo estuviera llevando. Miraba alrededor, explorando, aunque no había nada más que ver, todo el lugar era así, lo cual no le daba ninguna pista de lo que sucedería a continuación.
En algún momento, llegaron a una oscuridad. No se podía ver nada más delante de ellos. Jael siguió avanzando y él se detuvo.
—Debemos seguir. Estaremos bien —aseguró Jael con tranquilidad.
—¿Es aquí adonde vienes todas las noches? —preguntó mirando con miedo la negrura frente a él—. ¿No deberíamos de estar ya de regreso? Las Luces…
—Aún hay tiempo, no debes preocuparte.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Anthony, confía en mí —pidió—. Ven, solo camina hacia adelante y no te detengas.
Anthony avanzó a pesar del miedo, no sabía si seguía sobre el agua, pero a cada instante le daba la impresión de que aquello sobre lo que caminaban se rompería, y ambos caerían hasta el fin de donde fuera que se encontraban. Al mirar abajo no había otra cosa que oscuridad; andaba como si tuviera los ojos cerrados, y no había señales de que ese camino llegara pronto a su final.
—Mantén la calma —aconsejó Jael—. Ellos pueden ser un poco abrumadores la primera vez.
—¿Ellos?
Anthony no tuvo tiempo de escuchar la respuesta, no fue necesario. Frente a él el escenario cambió de pronto y no tuvo tiempo de analizar lo que se encontraba allí. Un ruido sordo de exclamaciones y cumplidos hicieron retumbar el lugar.
—¡Ha llegado! ¡Es él! ¡Sí! ¡Bienvenido! ¡Un Rebelde! ¡Lo ha logrado! ¡Viva! —Eran algunas de las cosas que Anthony lograba distinguir entre las voces.
Una multitud de ángeles, iguales a él y a Jael, se encontraban en el interior de aquella gruta. La diferencia, a simple vista, además de los rostros sonrientes que lo miraban con diferentes expresiones de júbilo y felicidad incontrolable, era que las túnicas y vestidos no se veían tan resplandecientes como la túnica que llevaba él, o el vestido de Jael, aquellas vestimentas se veían desgastadas y manchadas, no demasiado, pero las túnicas de Anthony y Jael eran tan blancas y estaban tan limpias que hacían que todas las otras prendas se vieran deslucidas. Los cabellos de aquellos ángeles habían dejado de estar perfectamente peinados, y se notaban un poco más oscuros; sus rostros no estaban tan limpios y sus calzados se encontraban sucios también, no como los de él y Jael que estaban inmaculados a pesar de haber caminado sobre terrenos tan variados.
A donde mirara no había otra cosa que rostros sonrientes que lo observaban. Anthony no podía comprender nada de lo que ocurría. Había estado cerrado a la posibilidad de que allí, lejos del Límite de Hogar, hubiera más como él, ni siquiera lo hubo pensado porque no le parecía algo posible. En Hogar, durante la primera historia, nunca se mencionó nada parecido.
—Es la Gruta de los Rebeldes —explicó Jael, como pudo, entre la multitud que los rodeaba con gran agitación—. Ven, te llevaré con Doya, él te lo explicará todo.
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Editado: 25.08.2026