La rebelión del ángel [libro 3]

Capítulo 8  Emociones descontroladas

El camino de regreso se le hizo dificultoso, le costaba admitir que necesitaba a Jael, no porque la extrañara, sino que la precisaba para salir de allí. Le llevó mucho más tiempo de lo pensado, y por momentos parecía perder la cordura, aun así, no se rendía y continuaba buscando el camino.

Cuando visualizó los grandes árboles blancos, comenzó a sentir una especie de calma que invadió todo su cuerpo. Las Luces aún dormían. Comenzó a atravesar el bosque blanco que rodeaba el Límite y con cada paso que daba se tranquilizaba más. Los recuerdos de lo que acababa de ocurrir parecían tan lejanos que, por cortos momentos, parecían ser parte de una extraña y duradera alucinación.

Anthony consiguió llegar a Hogar; las luces no se habían despertado aún. Rodeó el Muro sin problemas, se dirigió al lago Negro y dejó caer los diamantes. Posteriormente, caminó sobre el puente hasta la Torre. Lo ocurrido más allá del Límite parecía estar casi en el olvido para él. Las nuevas emociones y las ganas de exteriorizarlas mediante gestos y palabras parecían estar ya muy dormidas en él, pero no era del todo el mismo Anthony del día anterior, lo que quedaba de la noche la pasó con la mirada fija en unas montañas de plata, muy grandes, que se veían mucho más lejos de lo que pudiera quedar la Gruta, tan lejos que no podía imaginar dónde estaban. Nunca las había notado, a pesar de estar justo allí frente a sus ojos, a través de la ventana de su lugar.

***

La mañana siguiente, Anthony se encontraba a la orilla del Lago Negro, había colocado ya todos los diamantes en el agua, pero en lugar de levantarse, lo miró por un instante y parecía ser la primera vez que lo hacía, era tan lóbrego que no podía apreciarse su fondo. Observó sus manos, aunque los diamantes estaban llenos de la tierra blanca del Muro, sus manos las tenía limpias, sin una mota de suciedad, al igual que su calzado, que cubría por completo sus pies y parte de sus piernas estaba tan inmaculado como su túnica. Las vestimentas de los Rebeldes no tenían tal pulcritud.

Sintió que por primera vez estaba prestando atención a lo que ocurría a su alrededor en Hogar; los otros ángeles estaban tan enfocados en su trabajo que no habían notado que él continuaba agachado a la orilla del Lago Negro. Era como si él no estuviera allí, cada uno se ocupaba de lo suyo. Miró hacia el frente, sabía que los ángeles con vestido estaban en aquella dirección, no sabía cuáles eran sus ocupaciones, sin embargo, estaba seguro de que se la pasaban todo el día haciendo lo mismo.

Esa noche fue una muy mala, pensó que la peor de todas, hasta que se dio cuenta de que nunca había experimentado una así. Estuvo tratando de disimular para sí mismo un sufrimiento interno muy oculto en su interior, tan escondido que no estaba seguro de qué era. Su cuerpo se dejó caer al suelo, y adoptó distintas posiciones durante la noche. Boca abajo, de lado, flexionaba las piernas; primero una y luego la otra, no podía estar tranquilo hasta que al fin encontró una que lo calmó por completo, acostado en el suelo flexionando las piernas y sosteniéndoselas con los brazos. Cerró los ojos y así se quedó.

Al sonido de la trompeta ya estaba completamente calmado, y miraba el horizonte al igual que lo hacía todas las mañanas, solo que como le ocurría ahora, observaba las montañas. Tenía que ir al Centro, pero no quería hacerlo, necesitaba recuperarse, ser el mismo de antes, nada de lo que le ocurría le estaba gustando.

Descendió las escaleras, pisaba los escalones uno a uno de manera automática. Pero, de repente, las sensaciones del día anterior regresaron. Se impacientó y quiso ir más rápido. ¿Por qué tenían siempre que caminar tan lento? No lo entendía. Sintió ganas de gritar, de pedirles a todos que descendieran más rápido. Todos los ángeles procedían con la misma velocidad, lenta y tranquila. ¿Por qué tanta calma? Si se apresuraban podrían llegar más rápido.

Anthony comenzó a sentir molestias en el cuerpo, y sus sentimientos se vieron reflejados en sus manos que comenzaban casi a retorcerse entre ellas. Su mirada era inquietante, sentía que el hecho de que no bajaran las escaleras más rápido le irritaba tanto que no iba a poder contenerse ¿Si decía algo lo mirarían extraño? ¿Vendrían por él para llevárselo al lago Rojo? ¿Solo por querer descender con prisa?

Había bajado esas escaleras tantas veces que no podría enumerarlas, y jamás representaron una tortura para él. Quiso apresurarse, la salida de la Torre era lo suficientemente ancha como para que al menos salieran de cuatro en cuatro, pero no, todos caminaban uno detrás del otro y solo había una fila; caminaban tan despacio y con tanta calma que daba la impresión de que romper ese ritmo sería un muy grave error.

No fue hasta que pisó el puente que sintió una pequeña calma, como si el encierro lo hubiera atormentado y necesitara salir al aire libre. Igual, tuvo que aguantar y ocultar su tremenda impaciencia. Continuó avanzando como todos los demás, un paso tras otro, a un ritmo irrazonable. Pero su tortura no acabó al entrar en el centro, todavía tenía que andar más tiempo para llegar a su lugar, el mismo que había ocupado desde que inició su existencia. ¿Por qué siempre se había quedado allí? Nadie le había preguntado si prefería estar en otro sitio, y le provocó quedarse en otro espacio solo para ver cómo cambiaba la vista.

Miró a los ángeles, con vestido, cuando entraron. ¿Por qué siempre estaban separados? ¿Los ángeles que llevaban vestido no podrían recolectar diamantes? De pronto, le dieron unas ganas tremendas de hacer algo más, solo para probar cómo sería, aun así, se quedó quieto en su puesto. No dejaba de preguntarse por qué debían de estar separados. ¿Cuál era el problema de que se juntasen? Él había estado con Jael y nada había ocurrido. Ahora, de pronto, todo era cuestionable. No entendía por qué, pero no podía detenerse, sentía que necesitaba saber el porqué de todas las cosas.




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