La rebelión del ángel [libro 3]

Capítulo 9 La necesidad de un encuentro

No supo cuántos días pasaron, pero llegó un momento en que Anthony aceptó que ya no podía soportarlo más. Una mañana, sonó la trompeta, el nuevo día estaba iniciando al fin. Durante toda la noche estuvo pensando en lo que haría, y la única cosa que en realidad quería hacer era hablar con Jael. Por alguna razón que no comprendía, sentía que si hablaba con ella se sentiría en calma.

La bienvenida en el Centro transcurrió exactamente igual que todos los días, aunque él no prestaba atención a lo que Kanoel decía. ¿Por qué lo haría? Siempre era igual. Durante todo el tiempo que duró no despegó la mirada de Jael, estaba impaciente por hablarle.

Fue difícil para Anthony esperar a que acabara toda aquella bienvenida, teniendo a Jael a la vista, pero más difícil fue esperar a que todos los ángeles salieran de allí con aquella extrema lentitud que ya lo hacía perder la cordura. Recolectar diamantes fue más llevadero, como algo curioso, era lo único que le gustaba. Por alguna razón, golpear la pared lo hacía sentir mejor, por ratos olvidaba las frustraciones que últimamente experimentaba.

Una vez que tuvo su saco lleno, bajó las escaleras al mismo ritmo de siempre, a pesar de que estaba ansioso por encontrar a Jael. Quería ir a buscarla, mas no sabía dónde estaba, las luces permanecían en el cielo todavía, necesitaba hacer un esfuerzo en calmarse y esperar. Comenzó su regreso al Muro mientras que experimentaba una gran soledad, daba pasos con la misma velocidad de siempre, miraba hacia adelante y notaba que llevaba más de la mitad del camino recorrido. Ahora era consciente de cuánto caminaba, y le fastidiaban las largas distancias de Hogar, todo estaba demasiado lejos.

—¿A qué has venido? Creí que no querías volver a verme nunca más —preguntó Jael aún sin mirarlo.

—He cambiado de opinión, necesito hablar contigo.

—¿Qué necesitas hablar?

—Jael, estoy perdiendo la cordura —dijo, y la sujetó por los hombros, no supo por qué lo hizo. Ella se asombró, él más aún y la soltó enseguida.

—¿Qué te ha ocurrido?

—Nada, todo está exactamente igual y eso me desespera. Tengo demasiadas preguntas, y estoy… —añadió y apretó los puños.

—Estás…, ¿cómo? —preguntó ella comenzando a emocionarse, pero él no respondía—. Molesto todo el tiempo —agregó, mirándolo entonces a los ojos y completando la frase que él quería pronunciar.

—Hay algo dentro de mí, no me había ocurrido antes y no me hace sentir bien, no quiero, no me gusta.

—Son sentimientos. Doya te pudo haber explicado, pero no quisiste saber nada. Todo eso que sientes es normal, miedo, frustración, impotencia, duda —explicó Jael con toda la calma que pudo—. Los estás dejando salir, puedo notarlo, estás muy diferente, incluso si no hablas. Algo en tu cuerpo ha cambiado, ya no te ves como los otros, y eso es bueno.

—¿Bueno? ¿Te parece bueno? —preguntó con gesto de reclamo y acercándose tanto que Jael retrocedió—. No me agrada el hecho de que me hubieras dejado conocer todo esto, yo estaba bien así. Yo no pedí saber estas cosas.

—Me dijiste que querías cruzar el Límite —dijo Jael para defenderse.

—Sí, pero yo no sabía todo lo que iba a encontrar allá. Estos días han sido malos —la interrumpió Anthony—, hay cosas en mi cuerpo y en mi manera de pensar que han cambiado, y no me gusta —repitió como si no pudiera dejar de mencionarlo.

—Pero lo necesitabas...

—¡Yo no necesitaba nada de esto! —aseguró interrumpiéndola de nuevo y dando más pasos hacia a ella.

—Claro que sí, si no, no estarías así, es claro que hizo algún efecto.

—Pero yo no lo quería —reiteró Anthony con gran severidad, mirando fijo a sus ojos.

—Lo siento —dijo, esta vez sin ser interrumpida.

—Doya está mal, y tú estás mal también. Todo eso de lo que hablan no son más que inventos. Inventos para confundirnos. Ellos son el enemigo, y tú has caído en su trampa; no caeré yo contigo.

Anthony se dio la vuelta y se alejó, parecía tener intenciones de marcharse.

—Admito que me apresuré —dijo Jael suavizando su voz—, aquel día en que dijiste que querías ver lo que había en el Límite yo interpreté eso como un grito de auxilio. No decías nada, pero tenías mucho tiempo mirando hacia los árboles. Creí que tendrías miedo de expresarte, solo quería mostrarte que no estabas solo, que hay una cantidad de nosotros que tenemos dudas. Ha habido muchos ángeles que se han rebelado, me confundí.

—¿Cómo que muchos? —preguntó sin comprender bien—. Yo veo a todos iguales.

—Es posible que, justo ahora, haya más como nosotros, que tienen dudas, pero que no se atreven a hablar —explicó Jael, acercándose un poco—. Cada cierto tiempo se rebelan, lo sé. Doya tiene un registro, me lo mostró. Padma y Gael fueron los últimos, el día que yo llegué, junto con ese otro ángel, fue porque ellos habían saltado la noche anterior.

—Repite eso último —pidió Anthony perplejo—. ¿Los ángeles que faltaban el día en que tú llegaste…, no estaban en el Centro porque habían saltado?

—Así es. Además de ti, yo no me he encontrado con ningún otro que parezca que oculta alguna inconformidad, al menos no alguno que diera una señal evidente. Pero sí hay quienes han saltado. Doya lleva un registro —repitió—. Se lo muestra a todos los que deciden rebelarse, es una prueba de que no estamos solos, de que no somos los únicos y de que allá abajo hay muchos más.




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