Transcurrieron los días, y Anthony no lograba deshacerse de aquellos sentimientos que lo embargaban desde el momento en que decidió cruzar el Límite, pero de cierto modo no sabía si arrepentirse por completo. No había vuelto a encontrarse con Jael, a veces se preguntaba si ella había saltado, no sabía qué significaba; sin embargo, suponía que si ella lo hacía no volvería a verla y eso lo inquietaba de alguna manera. Sabía que podía ir al Límite, cruzar el bosque blanco en silencio, llegar hasta la Gruta y hablar con Doya, pero sentía que eso solo traería más confusiones. Había una realidad distinta a la que él conocía, a la única realidad que había conocido desde su existencia, una a la cual estaba acostumbrado, era parte de él. Salir de allí no le hacía sentir bien, no obstante, tampoco consideraba que quedarse era una opción, se había permitido dudar, y parecía ser que una vez que lo hizo ya no había vuelta atrás, ya que solo era necesario dudar una sola vez para que aquello fuera creciendo cada vez más, a veces con lentitud, aun cuando nunca se detenía y era imparable.
Un día, Anthony estaba golpeando la roca para sacar un diamante, se encontraba muy en lo alto del Muro, su saco estaba casi lleno, se había dado cuenta de que desde que comenzó a notar cambios en él, cada vez, sacaba diamantes con mayor rapidez, puesto que golpeaba con mayor fuerza. Todo marchaba igual hasta que le dio la impresión de que era observado; nunca se había sentido así, tuvo algo de miedo, pero le inquietaba, e hizo un movimiento suave y disimulado, tratando de encontrar el origen de aquello, y cuando lo encontró quedó petrificado.
Jael estaba allí, en el Muro, abajo, mirándolo fijamente y con una enorme sonrisa. Fue cosa de poco tiempo lo que Anthony tardó en darse cuenta de que los ángeles transitaban como si ella no estuviera allí. Sin saber qué hacer, pero, por otra parte, confiando en que Jael se encontraba allí sin que nada ocurriera, decidió bajar.
Anthony quería correr; sin embargo, descendió las escaleras con la misma calma habitual de siempre, no se le ocurría andar de otro modo. Y cuando estuvo frente a ella, trató de actuar lo más normal posible.
—¿Qué haces aquí? ¡¿Has perdido la razón?! —exclamó en un murmullo, y apenas moviendo los labios—. ¡Las Luces están en el cielo! ¡Los Rebeldes Alados pueden capturarte!
—Creo que eso no va a pasar, nadie se da cuenta de nada —aseguró ella, mirando alrededor y extendiendo sus brazos a los lados como para señalar—. Nada ha ocurrido, nadie me ha mirado.
Anthony miró con disimulo a los ángeles a su alrededor, todos y cada uno de ellos absortos en su trabajo, no se distraían con nada. Levantó la mirada y observó entre las paredes altas del Muro, no había más que las Luces suspendidas en lo alto.
—¿Cómo es posible? —murmuró para sí mismo, estaba atónito, y se mantuvo un instante sin moverse.
—¿No lo habías notado?
—¿Te parece que lo sabía? —preguntó él en un tono desagradable.
—Creo que aquí nadie ve nada… —observó pensativa, prestando atención a su alrededor—. Todo está exactamente igual.
—¿Por qué has venido? —inquirió Anthony.
—Porque dejaste de venir al Límite, me preocupé.
—No quiero volver a ese lugar.
—¿No quieres respuestas? —insistió ella.
—No, estoy bien así.
—Anthony, vamos, sabes que no estás bien.
—Estoy bien —aseguró él con voz firme y comenzó a caminar. Jael lo siguió.
Anthony salió del Muro, y Jael marchaba a su lado.
—¿Piensas acompañarme? —preguntó, volviendo a su fingida pasividad, se conducía con el mismo ritmo de siempre y no volteaba a verla.
—No veo por qué no —respondió ella con una sonrisa.
—No te comprendo, eres…
—Rebelde —respondió con entusiasmo.
—Iba a decir extraña.
—Somos diferentes tú y yo, somos Rebeldes.
—No me llames así, no soy eso que dices —pidió, alterando un poco su compostura.
—Algún día tendrás que aceptarlo, trataré de ser paciente.
Ambos caminaban sobre la capa de neblina que cubría el suelo, marchaban uno al lado del otro. Ángeles iban con sus sacos llenos, colgados en su hombro, y regresaban con estos vacíos, pero todos iban en solitario, solo Anthony y Jael iban en pareja. Al principio, él había tenido miedo de que fueran descubiertos, pero con disimulo observaba alrededor, y no había más que ángeles que iban y venían, todo el resto del rocoso terreno se encontraba vacío, solo era la inestable superficie y la neblina que lo cubría en su mayoría, nada más.
—Yo creo que todos tenemos la capacidad de pensar, de sentir desde el inicio. ¿Tú recuerdas cómo fue el inicio de tu existencia? —decía Jael mientras marchaba, tratando de imitar la impasibilidad de Anthony—. Yo recuerdo a ese ser que me recibió, no sé quién será, nunca más lo vi, me dijo que pertenecía a este lugar y que no necesitaba saber nada más.
—También lo recuerdo, y supongo que le dice lo mismo a todos —respondió Anthony sin darle muchas vueltas al asunto—. Tal vez sea bueno prestarle atención de verdad y hacerle caso.
—¿Por qué lo dices? —preguntó enseguida, mirándolo a los ojos, preparándose para la defensiva.
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Editado: 25.08.2026