Anthony continuaba dudando de todo, pero por más que lo intentara no podía cambiar lo que le ocurría, ya era más que seguro el hecho de que no era el mismo de antes, aunque no le agradaba, y seguía luchando con eso. Una mañana, Jael no apareció, y él pasó el día recolectando diamantes como hace tiempo no hacía; se preguntó por qué ella no había ido, mas no afectaba mucho su estado, trataba de no hacerse más preguntas de las que con normalidad se hacía, y realizó toda su jornada sin contratiempos.
La canción comenzó a sonar, su saco estaba vacío, así que lo dejó caer junto con su navaja, y comenzó el camino hacia la Torre.
—¿Anthony? —escuchó, se preocupó al no ver de dónde venía la voz. Miró a todos lados, pero no encontraba su origen. Sabía que era Jael quien lo llamaba.
Continuó su camino, dudando en si buscarla o no, después de meditarlo un poco regresó al Muro.
—¿Jael? ¿Estás por aquí? —preguntaba tratando de no alzar mucho la voz.
—Aquí estoy —dijo ella.
—No puedo verte, ¿dónde estás?
Un instante después, Anthony vio cómo Jael salía detrás de una pared del Muro.
—Tengo que decirte algo —comentó ella. Se mostraba inquieta.
Anthony observó cómo ella comenzó a caminar y se adentraba en el lugar. Él empezó a seguirla, no había nadie más allí. La canción continuaba y ya estaba casi completamente oscuro, apenas se podía ver algo gracias a la luz de las estrellas, pero ella circulaba con velocidad como si conociera el laberinto tan bien o incluso mejor que él. Jael apretaba sus manos con fuerza a medida que se alejaba.
—¡Espera! ¡¿A dónde vas?!
Ella no respondía, solo seguía caminando con velocidad.
—¡Jael!, ¡Jael! —gritaba en vano—. ¡Detente!
Ella obedeció, inclinó su rostro y se quedó de espaldas.
—¿Qué ocurre? —preguntó él con curiosidad—. No has venido durante el día.
—¿Lo notaste? —preguntó ella esperanzada, dándose la vuelta para mirarlo.
—Claro que lo noté.
Jael dirigió su mirada al suelo de nuevo. Anthony no sabía si ella estaba pensando en algo o solo observando la arena que allí había.
—¿Qué ocurre? —insistió él mirando al cielo. La canción había dejado de sonar.
Pasó un tiempo y Jael no respondía. Ella era un poco más baja que él, pero en ese momento se veía más pequeña, con su cabeza completamente gacha, su cabello y su peinado, nada más se veía, ni un centímetro de su perfecto rostro. Anthony comenzó a impacientarse. ¿Por qué no hablaba? Comenzó a preocuparse de que alguien pudiera descubrirlos allí, le parecía absurdo que hace tiempo que no se ocultaba, aun así, tal vez se estaban arriesgando demasiado, nunca había permanecido dentro del laberinto al finalizar la canción.
—Ya que no piensas hablar… ¿Es algo sobre tus reuniones con Doya? —preguntó.
Ella no decía nada. Anthony esperó, pero casi cuando estaba ya dispuesto a no tolerar más silencio y a marcharse, Jael habló.
—Voy a saltar —reveló sin mirarlo.
Anthony abrió sus ojos un poco más al escuchar aquella frase.
—Pero...
—Lo he pensado bien, estoy segura de lo que hago —aseguró ella con firmeza, interrumpiéndolo como si no le importara en lo absoluto su opinión, pero a la vez, con un extremo nerviosismo, continuaba apretándose las manos.
—Pero, Azmon...
—Anthony —interrumpió Jael con una muy controlada desesperación—, escúchame con atención. Azmon no vendrá.
—Sí vendrá.
—No, no lo hará —repitió, esta vez con más ímpetu.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Anthony, nadie lo ha visto jamás, ni siquiera Doya que es muy antiguo. Solo son historias.
—Jael, tienes que…
—Tienes que ir a la Gruta, tienes que dejar que Doya te cuente todo.
—No quiero, no lo haré, aquí estoy bien, no quiero más confusiones. Me quedaré en Hogar esperando la llegada de Azmon.
—Anthony, piensa por un instante, ¿por qué no viene si es todo poderoso? —preguntó en un tono retador—. Tiene que venir a poner orden, es un caos todo esto.
—¿Caos? —preguntó Anthony casi burlándose de ella—. Yo no veo ningún caos.
—¿Qué te volviste ciego de nuevo? ¿Has tenido una regresión? —indagó estupefacta—. Probablemente, haya muchos como nosotros, con dudas y sentimientos, desesperados por salir de aquí, y no se atreven. Doya dice que Azmon ha muerto.
—¿Cómo te atreves a decir eso? Azmon no puede morir —aseguró indignado.
—Pues yo le creo. Mira, tal vez al saltar pueda descubrir la verdad… ¡Oh, Anthony, si tan solo supieras todo lo que yo sé! Pero no es mi deber contártelo. Escúchame, si saltas vas a un lugar que…
—No me interesa saber nada de eso, además, si haces eso que dices, saltar, sea lo que sea que signifique… ¿Qué pasa si descubres que todo es falso?
—Al menos habré saltado, prefiero eso que estar aquí dudando todo el tiempo, anhelando algo más.
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Editado: 25.08.2026