Anthony estaba aterrado, sus piernas parecían no responderle, no salía del asombro tras haber visto a Jael desaparecer de pronto. No sabía lo que ella había hecho, se llevó una mano a la espalda, y sintió eso que ella había utilizado para salir, ¿podría hacerlo él también? Miró un poco hacia atrás, fuera lo que fuera, él no sabía cómo utilizarlo.
Comenzó a caminar hacia lo que creía que era la salida del laberinto, pero estaba tan estresado por todo lo que acababa de acontecer que parecía no encontrar el camino de regreso. Le preocupaba Jael, ¿dónde estaba ella?, ¿la habían capturado? Eso que había hecho tenía que haber llamado la atención de los líderes, no había forma de que hubieran dejado pasar aquello.
Estuvo caminando tanto, tratando de encontrar el camino, que comenzó a sentirse cansado, y una vez afuera, el recorrido a la Torre se le hizo mucho más largo. Caminaba con miedo, como si después de la asombrosa salida de Jael, hubiera vigilantes observando todo y buscando a quien más debían de capturar.
Sin embargo, no pasó nada, llegó a su Lugar y todo estaba igual que siempre. Tuvo la necesidad de sentarse frente a la ventana, parecía buscarla, aunque sabía que no la iba a encontrar. No podía dejar de pensar en las cosas que ella le había dicho, en cómo él le había respondido y en la manera en que la había tomado por el brazo con brusquedad, se había salido de control. Quería volver a experimentar ese momento para hacer las cosas de otro modo, pero como no podía se enfureció por ello. Apretó los puños con fuerza y quiso golpear algo. No sabía bien lo que experimentaba, aun así, se contuvo. El miedo de dejarse llevar de nuevo por sus emociones lo tranquilizó, el mismo miedo que lo había estado conteniendo desde su existencia. Jael había dicho cosas que temía que fueran ciertas, él, por supuesto, ahora era consciente de los cambios, no estaba ciego como Jael lo afirmaba; sin embargo, quería olvidarlo todo, volver a la vida de antes, quería no sentir, deseaba que nada le importara, que ni siquiera ella le importara. En ese momento, necesitaba ser como todos los demás, sin preocupaciones, sin dolor, sin miedo.
Un instante más tarde, se acostó en el suelo y se quedó a observar la oscuridad; detallaba las estrellas, hacerlo le brindaba cierta calma; los colores que había allá arriba eran de verdad maravillosos, así que decidió concentrarse en eso por el momento.
***
Amaneció con el sonido de la trompeta, y en la mirada de Anthony se evidenciaba la preocupación que llevó arrastrada toda la noche.
Bajó las escaleras, deseaba que ese día fuera igual a los anteriores, como al principio de su existencia, trató de fingir estar lo más normal posible; por primera vez en una temporada se enfocó en actuar, por completo, igual que los demás. Lo inaudito fue que parecía haberlo olvidado. Se fijaba en sus compañeros y en la serenidad que profesaban, no podía sentirse más fuera de lugar. ¿Y si Jael no estaba allí? ¿Él era el único entonces?
—¿Puedo hablar contigo? —se atrevió a preguntarle al ángel que iba caminando frente a él, no lo pensó, fue un impulso.
El ángel no le contestó, se veía ausente. Anthony quiso gritarle, pero en lugar de eso se dirigió al que iba caminando a sus espaldas, y le hizo las mismas preguntas.
No obtuvo respuesta, ni ningún tipo de contacto visual.
»¿Hola? ¿Puedes escucharme?
Esta vez no era solo como si todos estuvieran ciegos, ahora resultaba que también eran sordos. Hizo algo que nunca había hecho, pero que estuvo tentado a hacer muchas veces. Se salió de la fila, aquella lenta, rutinaria y tediosa fila de ángeles, y comenzó a preguntarle a uno por uno, al tiempo que caminaba veloz y bajaba los escalones casi sin precaución.
»¿Alguno de ustedes me escucha? —inquirió, comenzaba a sentirse alterado—. ¡¿Nadie me escucha?! ¡¿Nadie?! —se atrevió a exclamar.
Ninguno contestó, no albergaba muchas esperanzas; sin embargo, una cosa era hablar uno a uno, y otra era gritar en una muchedumbre sin obtener respuesta. Ni siquiera lo miraron y, aunque estaba casi seguro de que eso era lo que ocurriría, un sentimiento espantoso se apoderó de él, tenía que estar imaginándolo todo; había perdido la cordura. En algún momento, entre la noche anterior y esa mañana, algo le había ocurrido y se estaba volviendo loco, nada de aquello podría estar sucediendo, solo eran producto de su imaginación, ninguno de esos ángeles estaba allí, él tampoco se encontraba descendiendo las escaleras, su cuerpo estaba aún en su Lugar, esperando el inicio del día y, de alguna manera, su mente había viajado.
»¡No, no puede ser! —decía para sí mismo con gran abatimiento—. ¡¿De verdad ninguno de ustedes puede escucharme?! ¡Alguien diga algo! ¡Por favor! ¡Digan algo!
Aquello no podía ser real. Se acercó hasta un ángel cualquiera de los que estaban ya a punto de salir de la Torre, se aproximó lo suficiente, y con su dedo índice lo tocó en el hombro, primero con suavidad y luego con mayor fuerza, como queriendo comprobar que era real y no producto de su imaginación, pero el ángel no se dio por enterado, continuó su camino al igual que todos los demás, al mismo ritmo y sin desviar la mirada a ningún lado.
»¿Qué está pasando? —preguntó Anthony en voz alta, ya sin saber para qué o por qué. Nadie le contestó, nadie lo haría.
La multitud se dirigía al Centro, Anthony los miró pensativo y mientras lo hacía, se quedó especulando tanto en lo que acababa de ocurrir que perdió la noción del tiempo. Cuando ya casi todos habían entrado, despertó de su trance, si quería llegar antes de que cerraran las puertas debía apresurarse, tendría que correr.
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Editado: 25.08.2026