Los días siguientes fueron para Anthony una tortura, de alguna manera, se hacían cada vez más difíciles, la pena y la angustia se iban sumando. Por momentos, se volvían casi intolerables: seguir la misma rutina diaria, al mismo ritmo y sin hablar con nadie.
Pasados varios días, comenzó a experimentar un nuevo sentimiento, y poco a poco se fue apoderando de él, «soledad». Quería hablar, compartir anécdotas, así fueran siempre las mismas, porque nada nuevo ocurría allá, sonreír como lo hacía en ocasiones con Jael, anhelaba que alguien lo mirara, que le sonriera, pero entre más lo pensaba se daba cuenta de que no quería a cualquiera, la quería a ella, a Jael.
Una mañana en el Centro durante la bienvenida, comenzó a caminar hacia la salida, antes de que se acabara la ceremonia, no podía esperar un instante más, nunca nadie los había visto, ¿por qué habrían de verlo ahora? Quería ver a Jael, iría a buscarla, su estadía en Hogar carecía de sentido si ella no estaba allí; ese lugar repleto de ángeles estaba vacío para él. Daba pasos lentos, el miedo por romper una nueva regla le causaba algún tipo de parálisis, y cada paso que daba le costaba, mover las piernas era una tarea muy complicada en ese momento, y sus brazos no eran tampoco de gran ayuda; era casi como si su cuerpo hubiera dejado de funcionar y se encontrara en una lucha consigo mismo, o como si aquel lugar ejerciera sobre él y sobre todos los otros una opresión mayor que impidiera hacer algo más de lo que estaban acostumbrados.
Aunque había dado ya unos pasos, desconfiaba de lo que hacía, como si esta vez, de pronto, todos notaran que estaba haciendo algo diferente. Se decía a sí mismo que aquella multitud era ciega y sorda a sus acciones, pero podía experimentar que era observado, no miraba a ningún lugar, y se dijo que mientras no escuchara nada fuera de lo normal seguiría descendiendo los escalones sin detenerse hasta llegar a la puerta. Era irracional querer escuchar voces mientras continuaba descendiendo las escaleras: «¡¿A dónde crees que vas?! ¡Detente en este instante! ¡Llamen a los Rebeldes Alados! ¡Captúrenlo!». Sin embargo, nadie decía nada, había vivido un engaño durante toda su existencia, todo era una gran mentira, para él y para todos, y nadie se daba cuenta. Lo sabía, claro que lo sabía, desde hace mucho sabía todo aquello, mas era como si en ese momento una venda se estuviera desvaneciendo ante sus ojos, podía de alguna forma ver todo con mayor claridad.
No pudo contenerse más, era inevitable mirar, alguien lo estaba observando, podía estar seguro de eso. Recorrió el lugar con sus ojos, no podía ver a nadie que no estuviera absorto en la Primera historia, ya había comenzado a descender a donde estaban los ángeles con vestido, las observaba con detenimiento, pero ninguna de ellas era como Jael; ella tenía algo diferente, algo especial que la hacía resaltar, para él no parecía haber nadie como ella. Continuó bajando las escaleras, se sentía más relajado al comprobar que nadie le prestaba atención, aunque seguía impaciente por salir de allí. Casi sin querer miró a los líderes, y su cuerpo se petrificó con tal velocidad que le resultó doloroso: Sefoel, el que se encontraba solo, al lado de Kanoel, lo miraba con atención. Algo no estaba bien, había sido descubierto, aun así, nada ocurría, dudaba entre avanzar o regresarse, aunque esta segunda opción sería inútil, ya lo habían detectado. ¿Por qué Sefoel no le decía nada si podía verlo? Anthony no sabía cómo proceder, no entendía por qué todo seguía igual, creyó que no debía quedarse a averiguarlo, tenía que correr ya mismo si quería salvarse. Un paso tras otro, con velocidad, Anthony corrió tan rápido como pudo hasta la salida, una vez que atravesó la puerta partió por el puente en dirección al Límite.
Tan alterado y atemorizado estaba por llegar que, antes de alcanzar siquiera la mitad del camino, se elevó sin saber cómo, pero no pudo alzar el vuelo con la misma facilidad que Jael, entonces entendió que no había sido la primera vez que ella lo había hecho. Hizo un gran esfuerzo, movió aquello que tenía en su espalda con gran torpeza, logró sobrevolar apenas el bosque blanco, apenas un instante pudo observarlo. Solo logró adentrarse un poco donde se encontraban los tupidos árboles de hojas verdes, y empezó a caer sin control, cayó al suelo y rodó un instante sin poder ver lo que había alrededor. No fue hasta que se detuvo que pudo abrir los ojos por completo, quiso ponerse de pie, pero había quedado en una posición que le impedía levantarse al instante. No creyó que lo capturarían allí, algo le decía que estaba a salvo. Decidió quedarse en esa posición un momento, podía sentir la agitación en su interior.
—¡Vengan! ¡Uno se ha escapado! —escuchó, y el miedo lo paralizó.
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Editado: 25.08.2026