La rebelión del ángel [libro 3]

Capítulo 14 La decisión

Anthony no podía enfocar bien, yacía sobre la tierra cubierta de hojas secas, algunas ramas y hojas verdes habían caído como consecuencia de su abrupto descenso. Montones de ángeles se encontraban allí frente a él, se mostraban felices, emocionados, y hacían preguntas que, debido a la estupefacción, él no entendía.

—Lo he visto, es el amigo de Jael —dijo alguien, y esta vez sí prestó atención.

—¡¿Anthony?! —preguntó uno.

—Sí, es él, claro que es él —respondió otro con alegría.

Enseguida, un montón de manos estaban a su alrededor, y sin que pudiera decir nada lo pusieron de pie.

—Llevémoslo con Doya —indicó una voz, no pudo ver su rostro, pero supo que era un ángel con vestido—. Las luces están en el cielo, algo ha ocurrido.

Anthony se había quedado sin habla. Al principio, se había convencido de que eran los Rebeldes Alados que lo habían encontrado, luego comprendió que eran el mismo tipo de ángel que había visto en la Gruta, había una gran cantidad de ellos, a plena luz, adentrados en el bosque. Lo llevaban sosteniéndolo por los brazos, como si fuera incapaz de caminar por su cuenta, o fuera una especie de prisionero, aun así, no opuso resistencia y se dejó guiar, sabían que conocía a Jael, si lo llevaban con Doya, ella debía estar con él.

Fue una suerte que esos ángeles estuvieran allí, la Gruta se encontraba a una distancia más lejana de lo que habría pensado, no hubiera podido encontrarla con facilidad. En poco tiempo, comenzó a pensar en la posibilidad de que tal vez aquellos ángeles estuvieran en absolutamente todo el Bosque, porque a medida que avanzaban se unían más a la marcha.

Cuando al fin Anthony vislumbró la Gruta se zafó con brusquedad de los ángeles que lo sostenían, corrió hasta la entrada e ingresó en ella con rapidez. Anduvo sobre el agua sin temor, y atravesó la oscuridad a la misma velocidad, sin detenerse. Sintió que, aunque había estado allí, solo una vez, conocía el lugar a la perfección.

La Gruta se encontraba vacía, a menos a simple vista, tal vez había ángeles dentro de sus tiendas, lo cual encontraba poco probable, ya que en el exterior había una cantidad considerable. Resultó fácil llegar hasta allí una vez encontrada la Gruta, pero hallar la tienda de Doya en medio de tantas, y tan similares, no le iba a ser posible a menos que fuera descartando una por una.

—¡Jael! ¡Jael! —llamó en voz alta.

Pudo escuchar sus propias palabras retumbar en el aire, y luego un silencio ensordecedor. El lugar era mucho más grande de lo que recordaba, no había podido detallarlo debido a la multitud que lo rodeaba esa noche, y él no había estado tan despierto como en la actualidad. Siguió corriendo, parecía ser infinito aquel espacio.

»¡Jael! ¡¿Jael!? —continuaba, y su pesimismo crecía a medida que buscaba en vano entre las tiendas—. Un poco más grande que las otras, más grande… —se decía en voz baja, recordaba que en aquella ocasión la tienda de Doya parecía ser de mayor tamaño, pero la diferencia no era tan evidente—. ¡Jael!

—Ella no está aquí —dijo una voz. Se giró en todas las direcciones y no pudo ver a nadie.

—¡¿Quién lo dice?! —preguntó con temor.

Doya salió de su tienda y se acercó a Anthony.

—Doya, ¿dónde está Jael? ¡¿Dónde está?! —solicitó con impaciencia, tomándolo por los hombros, y esa reacción le lo terminó asustando.

—Tus sentimientos están creciendo —advirtió—, debes tener cuidado.

Anthony lo soltó temeroso de sí mismo y dio varios pasos hacia atrás.

—¿Cambiaste de opinión? Jael me dijo...

—¿Dónde está ella? —repitió—. ¿Está aquí?

—No, ya te dije que ella no está —intentó explicar—. Yo creí que tu…, ella saltó —reveló sin más rodeos.

—¿Qué? —preguntó Anthony perturbado, no podía ser cierto—. ¿Qué quieres decir con que ha saltado?

—Creí que sabías.

—Ella me dijo, pero pensé que tal vez solo se trababa de quedarse aquí, como todos aquellos que están en el Bosque.

—Ella ya no está aquí —repitió.

—¡Ya sé que no está aquí! —gritó llevándose ambas manos a la cabeza, y se agachó para dejarse caer en el suelo.

—No te descontroles —reprendió Doya al observar la forma en la que Anthony actuaba—. Hay muchas emociones dentro de ti en este momento.

—¿Qué tiene este lugar? ¿Por qué me hace sentir así? —preguntó Anthony en voz baja.

En ese momento, una gran cantidad de ángeles se acercaron, rodearon el lugar y miraron a Anthony con asombro.

—Yo solo…, solo necesito verla. Dime dónde la puedo encontrar —pidió Anthony sin poder levantarse del suelo.

Doya se acercó a él, se inclinó y lo tomó por el brazo.

—Puedo enseñarte lo que necesitas saber, pero…

—¡No necesito saber nada!, ¡solo quiero encontrarla! —gritó Anthony, incorporándose un poco, a punto estuvo de volver a sujetar a Doya por los hombros.

—Debes calmarte, y sí, necesitas saber muchas cosas antes de marcharte. Escúchame, ¿qué pasará si no la encuentras? Una vez que saltes no podrás volver.




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