La rebelión del ángel [libro 3]

Capítulo 15 Un desierto de arena blanca

Ambos salieron de la tienda, y todos los ángeles continuaban afuera como aguardando con paciencia alguna magnífica noticia que los alegrara a todos.

—No hay nada que ver acá, dispérsense —ordenó Doya, y todos obedecieron como si de un mandato sagrado se tratara.

Anthony se sorprendió de escuchar un gran murmullo acompañado de gestos de asombro, tuvo miedo, se preguntó a sí mismo qué tanto habría que aprender. ¿Todos aquellos ángeles estaban preparándose para saltar? No podía ser, en Hogar no había visto a ninguno de ellos. Jael siempre decía que estaba sola, entonces, ¿quiénes eran todos estos ángeles?

Doya le pidió a Anthony salir de la Gruta juntos, se extrañó pero obedeció. Traspasar la barrera de oscuridad era lo más difícil; sin embargo, una vez que estuvieron con la claridad de las Luces, Anthony se sintió más tranquilo. Se adentraron en el Bosque, Anthony estaba seguro de que iban en la dirección contraria a Hogar, no sabía explicarlo, ya que todo el lugar a su alrededor parecía ser igual, aunque algo le decía que nunca había andado sobre ese terreno. Ningún ángel los siguió, lo que hizo que Anthony se preguntara si no podían acompañarlos, no porque le hicieran falta, sino porque parecía que ellos siempre estaban pendientes de actualizarse con las cosas que ocurrían en aquel lugar.

Caminaron sobre un montón de hojas secas que sonaban al resquebrajarse con cada paso, y por primera vez, Anthony prestó atención a aquellos árboles extraños, marrones, arrugados, retorcidos y de gran tamaño, con hojas verdes que se movían con una brisa que él nunca había sentido y que en ese momento no percibía.

Anthony no sentía ánimos de preguntar cuánto faltaba, a pesar de que sentía que transcurría demasiado tiempo sin que llegaran a algún lugar diferente, solo se enfocaba en seguir a Doya, quien caminaba sobre aquella inestable superficie como si fuera algo de todos los días. Cuando ya creyó oportuno preguntar si estaban cerca, el escenario cambió; una suave capa de algo blanco, casi transparente, cubría el suelo, de no ser porque se parecía mucho a la superficie de su Lugar hubiera tenido miedo de avanzar. Un viento comenzó a soplar, a medida que avanzaban se percibía con más fuerza; el cabello de Anthony comenzó a moverse y, pronto, su túnica también. Nunca había sentido algo así, y le sorprendió notar que ni la vestimenta de Doya ni su cabello gris se veían afectados, deseó preguntar qué ocurría, pero más que obtener respuestas quería era marcharse, si se ponían a hablar no haría otra cosa más que retrasar la partida, y no era su deseo.

El escenario cambió de nuevo, y el viento aumentó su fuerza, le costaba avanzar. El impacto de la brisa sobre su cuerpo ejercía tal presión que entrecerró sus ojos por primera vez, vio cómo el camino ahora estaba lleno de unas rocas de cristal inmensas que superaban su tamaño. El terreno era bastante inestable, pero utilizando sus brazos pudieron apoyarse en los grandes cristales para avanzar sin dificultades mayores, más que el viento, que parecía querer derribar solo a Anthony. Aquello se veía como un terreno completamente inexplorado, no obstante, había un libro que daba testimonio de que una gran cantidad de ángeles había transitado por allí, así que Anthony confió en que si tantos habían podido conducirse por allí, él también podría hacerlo, solo debía aumentar la ganas de resistir aquello.

—Ya casi…, ya voy a llegar, Jael, no tardaré —murmuró Anthony para sí mismo, presentía que ella estaba muy cerca y que pronto la vería.

Doya se detuvo, y Anthony, que continuaba avanzando unos pasos atrás de él mirando al suelo, cuidando no tropezar, no se dio cuenta hasta que se detuvo a su lado y vio que ya no se movía hacia adelante.

—Es en aquella dirección —explicó Doya.

Anthony levantó la cabeza como pudo, y vio cómo él señalaba el horizonte, lo que vio lo dejó atónito.

—¡¿Qué es eso?! —preguntó alzando la voz, no pudo evitarlo, sentía que debía hacer alguna especie de esfuerzo para expresarse con su voz.

Se alzaba ante ellos un gran desierto que lo cubría todo, no había otra cosa que no fuera arena blanca.

—El Límite, el verdadero. Todo Hogar está rodeado por este inmenso desierto, más allá de las montañas que lo rodean, no encontrarás nada —respondió Doya pacíficamente, el viento continuaba sin afectarle.

—¡¿Cómo lo sabes?! —insistió Anthony. Su cabello y su túnica seguían moviéndose con el viento, esta vez con más vigor, sentía que debía sujetarse de algo si no quería salir por los aires.

—Tendrás que confiar en mí. No puedo darte muchas explicaciones, no hay tiempo, ya estamos aquí, debes darte prisa.

—¡¿Por qué?!

—No hagas preguntas —ordenó con seriedad—, préstame mucha atención, debes seguir en línea recta. No puedes volar, debes correr, solo puedes usar tus piernas, y entre más rápido corras, mejor. Sin importar lo desesperado que te sientas, no puedes volar, y no puedes detenerte, tu existencia aquí hará lo posible por contenerte, pero no puedes siquiera mirar atrás. Observa aquello que se alza allá —pidió señalando unas montañas inmensas, las mismas que Anthony veía cuando pasaba las noches en su Lugar—. Es imposible que te pierdas, debes llegar hasta ellas, es el límite, el final, el verdadero final.

Anthony miraba no muy convencido, la distancia parecía ser la más larga que jamás había visto, aunque se veían las montañas, era como si aquel desierto no tuviera fin.




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