La regla de Johnson

La ley que todos saben

Jayden

(16 años).

El calor de Savannah en julio era una masa pegajosa que se te metía en los pulmones con cada respiración. Llevábamos tres horas en el jardín trasero de la casa de los Johnson, atrapando pases cortos y haciendo ejercicios de agilidad sobre la hierba húmeda hasta que las piernas nos quemaban. Tenía la camiseta empapada pegada a la espalda y los dedos llenos de tierra, pero no me importaba un demonio. En realidad, no quería estar en ningún otro lugar.

Para cualquier persona de la ciudad, la casa de los Johnson era una propiedad imponente de dos pisos con un césped perfecto. Para mí, era mi verdadero hogar. Un refugio. Un lugar donde la frialdad de mi propia casa, el silencio aplastante de mi madre y los reproches que nunca se decían en voz alta no podían alcanzarme. Cuando estaba aquí con Mason, simplemente era Jayden, el tipo que corría rutas en el campo y comía hasta reventar en la mesa de una familia real.

—¡Acomoda los pies, Cooper! —bramó Mason, ajustándose las correas del casco antes de ponerse en posición de pase—. Si entras tan flojo a la ruta de corte cuando empiece la temporada de preparatoria, los profundos de West High te van a arrancar la cabeza de un viaje.

—El pase viene demasiado bajo, Johnson —le respondí, secándome el sudor de la frente con el antebrazo mientras volvía a la línea de salida—. Si me lanzas el balón a las rodillas, no esperes que haga milagros. Échale ganas, Quarterback.

—Repítela. Ruta de poste a la derecha. ¡Set... Hut!

Salí disparado hacia el frente, clave los tacos en el pasto a los diez metros y corté en diagonal hacia el centro. El balón voló en una espiral limpia, cortando el aire caluroso de la tarde. Me estiré en el aire, atrapé el ovoide contra el pecho y caí rodando sobre la hierba, soltando un resoplido de puro agotamiento.

—Esa estuvo mejor —admitió Mason, soltando el casco sobre el césped y dejándose caer de espaldas, jadeando como un perro callejero—. Necesito tres litros de agua helada antes de que me dé un golpe de calor. Voy a la cocina. Quédate ahí y no te mueras.

—Trae dos vasos, infeliz —le grité desde el suelo, cerrando los ojos mientras el corazón me retumbaba en las costillas.

Escuché la puerta trasera de madera abrirse y cerrarse con un golpe seco. Me quedé tirado un par de minutos, disfrutando del leve viento de la tarde, hasta que un sonido diferente rompió la tranquilidad del patio.

No eran los pasos pesados de Mason. Tampoco la voz firme de su padre.

Era una voz suave, melódica, que tarareaba una canción que no reconocí. Una voz con una potencia tan natural y cristalina que se colaba entre las ramas de los robles como si la música le perteneciera.

Me incorporé sobre un codo, retirándome los mechones de cabello mojado de la frente.

Skyler venía caminando por el sendero de piedra que conectaba el garaje con la entrada trasera. Tenía catorce años, pero ese día traía algo diferente. Vestía una camiseta gigante de una banda de rock que le llegaba casi a las rodillas, unos vaqueros deshilachados y zapatillas cubiertas de barro seco. Tenía el cabello rubio recogido en un moño desordenado del que se escapaban varios mechones, y sus manos pequeñas estaban manchadas con trazos de pintura acrílica azul y dorada de sus clases de arte.

Pero no fue su desastre de pintura lo que me congeló el aire en los pulmones. Fue cuando se detuvo un segundo bajo la sombra del porche, sin darse cuenta de que yo estaba en el césped, y soltó una nota alta de la canción con una belleza tan pura que me erizó los brazos por completo. Su voz tenía una fuerza magnética, algo que te obligaba a callarte y escuchar.

Y entonces, sus ojos miel se cruzaron con los míos.

Skyler dejó de cantar de golpe al verme tirado en la hierba, sudado y lleno de tierra. Se llevó una mano manchada de azul a la boca, soltando una risita corta que borró por completo el tono melancólico de su voz.

—Vaya, parece que Mason dejó un cadáver en el jardín —soltó con esa voz cargada de un sarcasmo ácido que empezaba a volverse su marca registrada—. ¿Debería llamar a una ambulancia o solo vas a quedarte ahí tirado desangrándote en el césped de mi papá?

Mi cerebro hizo un cortocircuito.

Llevaba años viéndola correr por esa casa. Para mí siempre había sido la "hermanita de Mason", la niña que se escondía en la planta alta para pintar o cantar a puerta cerrada, la chica que nos tiraba cojines cuando hacíamos demasiado ruido jugando videojuegos en la sala. Pero en ese preciso instante, bajo la luz dorada del atardecer de Savannah, la vi de verdad por primera vez.

Ya no era una niña. Tenía unas facciones finas, una mirada brillante y una presencia que llenaba el porche con una facilidad pasmosa. Sentí un impacto violento en el centro del pecho, una punzada de calor que no tenía nada que ver con las tres horas de entrenamiento bajo el sol.

—Sigo vivo, rubia —conseguí decir, poniéndome de pie con una torpeza que odié de inmediato, sacudiéndome la tierra de los pantalones—. Aunque tu hermano intenta matarme con sus pases desviados.

—Mason no sabe lanzar un balón ni aunque su vida dependa de ello —respondió ella, subiendo los dos escalones del porche, apoyando el hombro contra el marco de la puerta. Me miró de arriba abajo con una cejita levantada—. Y tú te ves fatal, Cooper. Pareces un perro que acaba de salir de un charco.

—Oye, este es el sudor del éxito —le respondí, intentando recuperar mi habitual sonrisa confiada, aunque sentía que las manos me temblaban levemente—. Deberías mostrar más respeto por el futuro receptor estrella del estado. Además, escuché que estabas cantando. No lo haces nada mal para ser una enana despeinada.

Skyler cruzó los brazos sobre el pecho, y por un segundo, un leve rubor rosado le cruzó las mejillas, sobrepuesto a las manchas de pintura azul.




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