El bullicio de la cafetería central de Savannah University a la una de la tarde era un dolor de cabeza insoportable. Música sonando desde los teléfonos, risas estruendosas, el choque de las bandejas de plástico y decenas de miradas que se desviaban hacia nuestra mesa cada cinco segundos. Era el inicio del nuevo semestre. Los Savannah Rage veníamos de una pretemporada impecable, y como el Wide Receiver #18 titular, yo estaba en el punto más alto del pedestal universitario.
—Te lo digo en serio, Cooper. La fiesta de la fraternidad del viernes va a ser legendaria —decía Asher, reclinado en su silla con las piernas cruzadas sobre la mesa, masticando una manzana con una sonrisa de suficiencia—. Ya hay como tres chicas de primer año preguntándome si vas a ir. Si juegas bien tus cartas, no duermes solo en todo el semestre.
—Asher, cierra la boca y baja las botas de la mesa antes de que nos tiren la comida encima —lo cortó Logan sin levantar la vista de su plato de pollo y arroz, manteniendo esa serenidad estoica tan suya—. Jayden tiene la cabeza en el partido de exhibición del sábado, no en tus conquistas de fin de semana.
—¿Por qué no las dos cosas? —Asher soltó una carcajada dramática y se giró hacia mí—. A ver, estrella. Háblale a este amargado. ¿Cuál de todas las que te saludaron en la entrada te vas a llevar a tu apartamento esta semana?
Le dediqué una sonrisa rápida, torcida y ensayada. La misma sonrisa helada y encantadora que usaba para mantener a todo el mundo a una distancia segura.
—La que no me haga perder el tiempo con rodeos dramáticos, Hall —respondí con mi voz más arrastrada y desinteresada, apoyando los codos en la mesa—. Ya me conocen. Cero compromisos, cero ataduras. La vida es demasiado corta para andar firmando contratos de exclusividad antes de la temporada.
Asher festejó la respuesta con un golpe en la mesa, mientras Logan solo sacudía la cabeza con una mueca de escepticismo.
Por fuera, yo era el rompecorazones inalcanzable de la universidad. El tipo atractivo hasta el absurdo que cambiaba de compañía cada fin de semana y que solo respiraba para el fútbol americano. Pero por dentro, la verdad era que me sentía jodidamente vacío. Cansado. Asqueado del drama superficial, de las conversaciones vacías después de las fiestas y de las chicas que solo buscaban tomarse una foto con la camiseta del número 18 para subirla a sus redes sociales. Ninguna de ellas me importaba un demonio. Ninguna hacía que mi corazón se moviera un milímetro.
Y entonces, la puerta de cristal de la cafetería se abrió.
El ruido ambiental pareció atenuarse de golpe en mi cabeza.
Skyler cruzó el umbral. Caminaba al lado de Emily Carrington, riendo de algo que su amiga le decía mientras sostenía contra su pecho una carpeta negra gigante llena de bocetos y partituras de sus clases de arte y música. Llevaba una chaqueta de mezclilla ajustada, los vaqueros negros que moldeaban sus piernas a la perfección y ese cabello rubio cayéndole sobre los hombros en ondas desenfadadas. No necesitaba esforzarse. No buscaba la atención de nadie. Era despampanante, libre, independiente y jodidamente hermosa. La rubia Johnson estudiaba una carrera de negocios, pero seguía irradiando colores y con una voz impecable al cantar que hipnotiza.
Sentí la habitual patada en el estómago. Ese vuelco violento que llevaba años intentando ignorar y que, en lugar de desvanecerse con el tiempo, había empeorado de forma miserable desde que ambos entramos a la misma universidad y terminamos viviendo en el mismo complejo de apartamentos, prácticamente frente a frente.
Giré la cara un segundo, fingiendo mirar el teléfono para que los chicos no notaran cómo se me tensaba la mandíbula.
—Miren allá —soltó Asher de repente, señalando con la manzana hacia la entrada—. Ahí viene la princesa de los Johnson. Cada día está más guapa, carajo. Lástima que su hermano sea un gorila que nos mataría a todos si nos acercamos a tres metros.
—No te serviría de nada acercarte, Asher —intervino Logan con tono neutral, dándole un trago a su agua—. Skyler no está disponible. ¿No viste quién la está esperando en la mesa de la esquina?
Mi mirada regresó hacia la puerta de forma instintiva, y el estómago se me llenó de plomo caliente.
Un tipo alto, con el cabello peinado hacia atrás con gel, camisa de botones perfectamente planchada y un reloj de oro que brillaba bajo las luces del techo, se puso de pie para recibirla. Nicholas Moore. El heredero idiota de una de las firmas de abogados más influyentes de la ciudad. Un estúpido de primer nivel con el que Skyler salía desde su primer semestre en la universidad.
Nicholas se acercó a ella con una sonrisa presuntuosa, le tomó la cintura con una posesión casual y le plantó un beso rápido en los labios.
Un chasquido de rabia pura resonó en mi cabeza. Apreté los puños debajo de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí una ola de celos oscuros, agresivos y rabiosos quemándome la garganta. Ver a ese imbécil tocarla, ver sus manos en la cintura de la chica con la que había soñado en secreto desde los dieciséis años, me daba ganas de ponerme de pie, cruzar la cafetería y estrellarle el puño en la cara hasta romperle la mandíbula.
Él no la conoce, pensaba con una furia desesperada mientras los observaba. Ese idiota no sabe cómo suena su voz cuando canta a solas, no sabe lo ácida que es cuando se molesta, no sabe una mierda de ella.
—Ese tal Nicholas me cae como una patada en los huevos —comentó Asher, ajeno al infierno que se estaba desatando dentro de mí—. Es de esos tipos que se creen los dueños del campus solo porque el papá les pagó la matrícula con un cheque de seis cifras.
—A Mason tampoco le agrada del todo —añadió Logan, mirando a la mesa de la esquina donde Nicholas le abría la silla a Skyler con una galantería falsa—. Pero dice que mientras no la haga llorar, prefiere no meterse. Skyler es bastante grandecita para elegir a sus novios.
Editado: 12.08.2026