La regla de Johnson

El precio de una mentira

Skyler

Las paredes de madera de la cafetería del campus se sentían más sofocantes que nunca. Frente a mí, la taza de café americano ya se había enfriado, pero mi atención estaba completamente fija en el chico sentado al otro lado de la mesa. Nicholas Moore, el estudiante de último año de derecho, el heredero de la firma de abogados más prestigiosa del estado y el chico con el que había compartido los últimos seis meses de mi vida, me miraba con una mezcla de fastidio y desconcierto.

Acababa de terminar el tercer semestre de mi carrera de Negocios. Debería estar celebrando que mis calificaciones eran perfectas y que en un par de horas tomaría un autobús a casa de mis padres. En su lugar, sentía una opresión amarga en el pecho.

—¿Puedes dejar de mirarme como si hubiera matado a alguien, Sky? —Nicholas suspiró, pasándose una mano por su cabello castaño perfectamente peinado—. Es el último día antes de las vacaciones. Deberíamos estar planeando nuestro viaje a las Bahamas, no perdiendo el tiempo en silencios incómodos.

—No va a haber ningún viaje a las Bahamas, Nicholas —dije, y mi voz sonó mucho más fría y firme de lo que esperaba. Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada—. Terminamos.

Nicholas parpadeó, completamente descolocado. Luego, una sonrisa arrogante, esa que solía encantarme pero que ahora me revolvía el estómago, apareció en sus labios.

—¿De qué estás hablando? ¿Es una broma por el estrés de los exámenes finales? Si es por el regalo de Navidad, te juro que...

—Hace dos semanas. En la fiesta de la fraternidad Sigma Nu —lo interrumpí, bajando el tono de voz pero inyectándole todo el veneno posible—. En la habitación del piso de arriba. Chloe Miller. ¿Te refresca la memoria o necesitas que te dé detalles de lo que hiciste con ella en esa cama?

La sonrisa de Nicholas se borró al instante. Su rostro se puso pálido, y por una fracción de segundo, vi el pánico en sus ojos. Pero Nicholas era un Moore; la mentira y el control estaban en su ADN.

—Sky, amor, por favor. Eso... eso no fue nada. Estaba completamente borracho. Ni siquiera recuerdo la mitad de esa noche. La gente inventa cosas para jodernos, sabes cómo es este campus. Alguien quiere vernos separados.

—¡No me vengas con esa basura! —siseé, inclinándome hacia adelante sobre la mesa—. No me lo contó ningún chismoso del campus, Nicholas. Vi las malditas fotos. Vi a Chloe salir de esa habitación acomodándose el vestido y a ti detrás de ella. ¿De verdad me crees tan estúpida?

—Fue un maldito error, ¿de acuerdo? —dijo él, subiendo la voz, lo que hizo que un par de estudiantes en las mesas cercanas voltearan—. Chloe se me echó encima. Ella planificó todo. Yo te amo a ti, Skyler. Llevamos todo el semestre juntos, somos la pareja perfecta de la facultad. No puedes tirar todo a la basura por un desliz insignificante con una tipa que no significa nada para mí.

—El único desliz aquí fue haber desperdiciado seis meses con un mentiroso narcisista como tú —respondí, sintiendo cómo la rabia reemplazaba cualquier rastro de tristeza—. No me importa si estabas borracho, no me importa si ella se te echó encima. Tuviste sexo con ella en la misma fiesta a la que yo no pude ir porque me quedé estudiando para mi final de macroeconomía. ¿Y tienes el descaro de decir que me amas?

Nicholas estiró la mano para intentar tocar la mía sobre la mesa, pero la aparté de inmediato, como si su tacto quemara.

—Sky, escúchame bien —suplicó, y esta vez su tono era desesperado, aunque el orgullo seguía latiendo en su voz—. Puedo cambiar. Hablaré con Chloe, haré que se mude de fraternidad si es necesario. Te compraré lo que quieras. Le pediré a mi padre que te consiga esa pasantía que tanto quieres en Atlanta para el próximo verano. Solo... no me dejes así. Mi estatus, nuestra imagen... no puedes hacerme esto.

Una risa amarga y sarcástica escapó de mis labios.

—¿Tu estatus? ¿Tu maldita imagen? Eso es lo único que te importa, ¿verdad? —Me puse de pie, colgándome el bolso al hombro—. Te puedes meter tu estatus, a Chloe Miller y las pasantías de tu padre exactamente por donde te quepan, Nicholas. Vete al demonio.

—¡Skyler, si cruzas esa puerta, nos olvidamos de todo! —amenazó, su tono volviéndose hostil al ver que perdía el control de la situación—. ¡Ningún chico en esta universidad te va a tratar como yo! ¡Nadie te va a dar el nivel que yo te di!

—Prefiero no tener "nivel" a estar con un maldito infiel. Quédate con tu dinero, Moore. Se acabó.

Le di la espalda antes de que pudiera decir una palabra más. Salí de la cafetería con el corazón latiendo a mil por hora, sintiendo el aire frío de Savannah golpear mi rostro. No lloré. El orgullo y la furia contenida no me lo permitieron.

Quince minutos después, abrí de un golpe la puerta de mi habitación en la residencia universitaria. Emily estaba sentada en medio de su cama, rodeada de tres maletas enormes de diseñador y montañas de ropa de invierno. Al verme entrar con la respiración agitada y la mandíbula apretada, dejó caer un abrigo de piel sintética que sostenía.

—Por la cara que traes, o reprobaste el examen con el profesor Vance, o Nicholas finalmente demostró ser la cucaracha que siempre sospeché que era —dijo Emily, entrecerrando sus ojos claros.

—Es una cucaracha —confirmé, tirando mi bolso al suelo y dejándome caer en mi propia cama—. Oficialmente soltera. Lo mandé directo al demonio.

Emily ahogó un grito, pero no de tristeza, sino con esa chispa de emoción que siempre le causaba el drama romántico. Se deslizó fuera de su cama y se sentó a mi lado, tomándome de las manos.

—¡Dime que no es cierto! ¿Se lo dijiste? ¿Qué cara puso? Espera, ¿cómo reaccionó el gran Nicholas Moore cuando la reina de Negocios lo dejó plantado?

—Intentó comprarme, como siempre —resoplé, mirando al techo—. Primero dijo que estaba borracho, luego que Chloe Miller lo emboscó, y al final me ofreció una pasantía con su papá para que lo perdonara. Es patético. Me dijo que nadie me iba a dar el "nivel" que él me daba.




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