Skyler
Arrastrar una maleta de veinticinco kilos por el estacionamiento del campus debería considerarse un deporte olímpico. El plan original era tomar el autobús interurbano, pero tras la discusión con Nicholas, mi paciencia estaba bajo mínimos y la idea de viajar tres horas rodeada de extraños me pareció una tortura. Así que tomé la decisión más madura: robarle el Jeep a mi hermano mayor.
Mason no lo usaba de todos modos; el equipo de los Rage tenía un autobús privado para sus traslados y él pasaría las primeras semanas de las vacaciones metido en el complejo deportivo de la universidad o durmiendo. Yo le daría un mejor uso.
El único problema era que para conseguir las llaves tenía que subir a la residencia de atletas, que estaba justo cruzando la calle de la mía. Y peor aún, tenía que subir mi equipaje conmigo si no quería que algún estudiante desesperado rompiera la ventana del Jeep para robárselo.
—¿Necesitas una grúa para eso, Johnson, o vas a seguir peleando con las ruedas hasta el próximo semestre? —una voz profunda, grave y burlona resonó a mis espaldas.
Me di la vuelta, soltando un bufido de frustración mientras me apartaba un mechón de cabello de la cara. Logan West estaba de pie al inicio de los escalones del edificio. Dios, ese hombre era imponente. Grande, de hombros anchos, con una piel morena perfecta y esos ojos oscuros que siempre parecían estar analizándolo todo. Llevaba una sudadera gris de la universidad que dejaba en claro que no se saltaba ni un solo día de gimnasio. Era, sin lugar a dudas, irresistible, el tipo de chico que hacía que las chicas de primer año tropezaran en los pasillos. Por suerte para mí, yo ya estaba inmunizada contra los atletas. O eso quería creer.
—Hola, Logan —sonreí, apoyándome en el asa de mi maleta—. No necesito una grúa, solo un par de brazos útiles. ¿Estás disponible o solo venías a criticar mi técnica de arrastre?
Logan soltó una risa baja, un sonido sordo que vibró en su pecho, y bajó los escalones con una facilidad envidiable. Sin el menor esfuerzo, tomó el asa de mi maleta gigante como si no pesara más que una caja de zapatos.
—Solo la subo para que no se la roben —aclaré de inmediato, empezando a caminar a su lado hacia el interior del edificio—. Voy a buscar las llaves del Jeep de Mason y me largo de aquí antes de que el tráfico de vacaciones se ponga imposible.
—¿Así que le vas a robar el auto al Quarterback? —preguntó Logan, mirándome de reojo con una sonrisa ladeada mientras subíamos las escaleras—. Eres valiente, Sky. La última vez que Asher le movió el asiento del conductor, Mason lo persiguió por mitad del campus con un casco de fútbol.
—Mason me adora, no me va a hacer nada. Además, soy su hermana menor, tengo derechos de propiedad sobre sus cosas —respondí con superioridad, ganándome otra sonrisa de su parte—. ¿Tú te quedas en el campus estas fiestas?
—Solo unos días más. El entrenador quiere que revise algunos videos de la defensiva rival antes de ir a ver a mi familia —contestó, manteniendo un ritmo relajado a mi lado. Hablar con Logan siempre era fácil; a pesar de su tamaño y de su apariencia seria en el campo, era el más leal y protector de todos los amigos de mi hermano. Una presencia reconfortante.
Cuando llegamos al piso del apartamento de Mason, la música ya se escuchaba desde el pasillo. Una mezcla de hip-hop y bajos retumbantes que hacía vibrar la puerta principal. Logan la empujó, ya que nunca la cerraban con llave, y me dejó pasar primero, dejando la maleta junto a la entrada.
—Suerte ahí dentro. Creo que el nido de idiotas está activo hoy —murmuró Logan con diversión, cruzándose de brazos cerca de la puerta.
Caminé por el corto pasillo dispuesta a encontrar a mi hermano, pero antes de que pudiera dar tres pasos hacia las habitaciones, una figura pelirroja se interpuso en mi camino, frenándome en seco. Asher Kingsley tenía una porción de pizza fría en una mano y una sonrisa de pánico en el rostro.
—¡Sky! La luz de mis ojos, la hermana más hermosa del campus —exclamó Asher, demasiado alto, intentando tapar el pasillo con sus brazos abiertos—. ¿Qué haces aquí? No puedes pasar. Zona de peligro. Contaminación biológica.
—Quítate, Asher —dije, tratando de esquivarlo, pero él se movió conmigo—. Solo vengo por las llaves del Jeep de Mason. ¿Dónde está?
—Eh... Mason está... ocupado —Asher hizo una mueca dramática y señaló la puerta cerrada del fondo con la cabeza—. Ocupado a nivel "no entres si aprecias tu salud mental y visual". Está teniendo... relaciones, Sky. Ya sabes. El baile sin ropa. El delicioso. No querrás interrumpir al Quarterback en su zona de anotación.
Rodé los ojos con fastidio. Conociendo a mi hermano, probablemente era una excusa de Asher para no dejarme pasar, o Mason simplemente estaba perdiendo el tiempo con alguna chica de las que Emily llamaba "pasajeras".
—Me importa un demonio lo que esté anotando —repliqué, empujando a Asher con fuerza. El pelirrojo se quejó dramáticamente, pero me dejó pasar.
Llegué a la puerta de Mason y golpeé con fuerza tres veces.
—¡Mason! ¡Abre la maldita puerta! —grité por encima de la música.
Nadie respondió. Solo se escuchó un quejido ahogado desde el interior. Perdiendo la poca paciencia que me quedaba después de mi mañana con Nicholas, agarré el pomo de la puerta, la empujé con fuerza y entré gritando:
—¡Mason Johnson, necesito las llaves del Jeep ahora mismo o...!
Me detuve en seco. Mi hermano estaba de pie junto a su cama, subiéndose a toda prisa un pantalón de chándal gris, con el cabello completamente desordenado y la respiración alterada. Al fondo de la habitación, una chica que reconocí vagamente como una de las animadoras se cubría apresuradamente con las sábanas hasta la nariz, roja como un tomate.
—¡¿Pero qué demonios te pasa, Skyler?! —rugió Mason, fulminándome con la mirada mientras se abotonaba el pantalón—. ¡¿Acaso no conoces el concepto de tocar?!
Editado: 12.08.2026