El sonido de sus propios pasos era lo único que acompañaba a Flor en la vastedad del ala oeste. Un crujido tenue y familiar sobre el mármol, un recordatorio de su lugar: una presencia tolerada pero no bienvenida. Portaba un pesado jarrón de porcelana, una pieza delicada en la asperedad de sus manos, marcadas por años de trabajo. Ni siquiera sentia la libertad de pronunciar un quejido por el peso del jarrón.
—Flor, ten cuidado con eso. Es de la serie que trajo el embajador de Megalon el año pasado —, dijo la voz fría de Mathilde, la esposa del Archiduque, su padre. No había enfado en su tono, solo una advertencia de que un error tendría consecuencias más duras en comparación a que si lo hiciera otra mucama.
—Sí, mi señora. Tendré sumo cuidado —, respondió Flor sin alzar la vista, ajustando su agarre en la fría porcelana. Sentía la mirada de Mathilde clavada en su nuca. Siguió con esa pequeña incomodidad hasta que la Archiduquesa desapareció en el pasillo.
Así era su vida. Interminables órdenes de la esposa de su padre, que solo la mantenía por peticion del mismo; las interminables miradas que la despreciaban en silencio. Florence, la hija bastarda del Archiduque Alaric. Un secreto que todos en la mansión conocían, pero del que nadie hablaba. De frente al Archiduque, era “señorita Flor”, o el más condescendiente “Flor”. Un respeto hueco que no alcanzaba las acciones, Flor fue toda su vida una mucama, al punto que su primer recuerdo fue aprender a limpiar antes de siquiera saber leer o escribir.
Mientras colocaba el jarrón en su pedestal en el salón de recepciones, vacío y silencioso a esta hora de la mañana, oyó los murmullos. Provenían de un cuarto inmediato, cuya puerta estaba entreabierta.
—…la muy zorrª se pasea como si esto fuera suyo. Ayer la vi corrigiendo el arreglo floral del vestíbulo. ¿Quién se cree que es? — Era la voz áspera de Hilda, la asistente de cocina.
—Calla, que te oye. Pero sí, es cierto. Con esos aires de dama, y con ese vestido tan sencillo… —Resonó una risa amarga, burlesca —uno pensaría que el Archiduque, al menos, le compraría mejores ropas si la va a tener aquí de adorno—, respondió otra voz, más joven, de una de las doncellas.
Flor apretó los labios antes de que su reclamo saliera. No era la primera vez, ni sería la última. Y, sobre todo, no podía agotar la cobarde compasion de su padre volviendose una problematica. Respiró hondo, como había aprendido a hacer, y continuó con su tarea. Eran los ecos de su existencia, el susurro constante que recordaba que, aunque su sangre fuera mitad noble, su lugar estaba entre la servidumbre.
Su padre, el Archiduque Alaric, lo veía quizás una vez cada pocos meses, en algún corredor o durante una cena de estado donde ella servía a la mesa. Sus encuentros eran breves, un cruce de miradas, una inclinación de cabeza de su parte, una reverencia profunda de la de ella. Ni una palabra de cariño, ni un gesto de reconocimiento. Era el hombre que no podía abandonarla por una razón que no lograba descubrir, pero que tampoco podía llamarla hija por el origen de su concepción.
En cambio, con sus medio hermanos, la dinámica era diferente, aunque no menos distante y con un final distinto, que el de una humillación. Remus, el heredero, de diecinueve años, era decente y en lo posible educado. Un “buenos días, Flor” o un “gracias” secos, pero nunca cruel. Era como un muro pulido: impenetrable y frío. Eleanor, de su misma edad, diecisiete años y a pocos de los dieciocho, era un poco más cálida, pero con la cautela de quien calcula hasta cuantas veces debe respirar en una conversación para lograr lo que desea. A veces, cuando se cruzaban a solas, Eleanor le dedicaba una sonrisa tímida y un “espero que estés bien, Florence”. Nunca “hermana”. Nunca “Flor”.
Esa noche, durante la cena en la que se planeaba el compromiso de Eleanor al cumplir los dieciocho dentro de unos meses, una noticia llegó como un trueno en un cielo despejado. Un mensajero del Rey Mathias. Hermano de Alaric, entró cubierto de polvo y con el rostro demacrado e irrumpió en el comedor. Flor, de pie junto a la pared con otras mucamas, oyó las palabras que helaron la sangre en sus venas.
—Mi señor Archiduque… Megalon ha cruzado la frontera. Ha comenzado la guerra.
Un silencio se apoderó de la sala. El Archiduque Alaric palideció. Mathilde apretó su copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Remus se levantó en su asiento, con los ojos brillando con una mezcla de temor y adrenalina. Eleanor lanzó un grito ahogado y buscó la mano de su madre, a quien no logró alcanzar por lo basta que era la mesa y la distacia entre cada uno de ellos.
Flor, desde su rincón, sintió un frío que nada tenía que ver con la temperatura de la sala. Una guerra Pensó. No entendía completamente las implicaciones políticas, pero sabía lo que significaba para la gente común: hambre, muertes, miedo. Y para esta casa, ¿qué significaría? Es más ¿Que significaría para su seguridad? Si su padre fuera llamado al frente y no como estratega podría morir y terminaría a merecer de la Archiduquesa que la odiaba.
Los meses siguientes transformaron la mansión y el país. La alegría de la corte se apagó, reemplazada por un estado de ansiedad al no tener el poder de hacerle frente a al poder de Megalon. Los colores vivos de los vestidos de Mathilde y Eleanor se tornaron más sobrio, tan sombrios como los que usaba Flor con la diferencia de más adornos y lujos, las conversaciones giraban en torno a movimientos de tropas y escasez. Flor trabajaba el doble, ayudando a almacenar provisiones por orden de Mathilde. Remus partió con su padre a comandar un regimiento, y su ausencia dejó un vacío que llenó la Archiduquesa con un significativo aumento de regaños y abusos en contra de Flor.
Una tarde, varios meses después del anuncio de la guerra, una comitiva real llegó a la mansión. El ambiente estaba cargado de una tensión aún más espesa que la habitual. Flor fue enviada a la cocina, lejos de la vista de los emisarios del rey. Desde allí, solo podía oír los ecos de las voces airadas que provenían del despacho del Alaric.