La Reina Bastarda

2. Conocer a Flor

El rugido en los oídos de Flor ahogó cualquier catedra. Las palabras "No, por favor, no puedo" murieron en sus labios. El Archiduque Alaric ni siquiera la miró al salir; su decisión estaba tomada. Fue Mathilde quien, con una frialdad, espetó:

—Cierra la boca, niña. Por una vez en tu vida, serás útil a esta familia.

La arrastraron, no de vuelta a sus aposentos en el ala oeste, sino a una suite de habitaciones que alguna vez habían pertenecido a una tía abuela difunta. El lujo lleno de polvo y olvido se convirtió en su nueva prisión. Al día siguiente, llegó la orden real: el Rey Mathías, su tío, exigía ver a la novia.

El viaje al palacio real fue aterrador, no dejaba de sudar y darramar lagrimas que eran ignoradas por el archiduque y reprendidas por la archiduquesa. La llevaron directamente a las cámaras privadas del rey. Mathías, un hombre de rostro severo y pelo entrecano, la observó con una mezcla de curiosidad y fastidio mientras ella, con su sencillo vestido de sirvienta, hacía una torpe reverencia.

—Levántate, niña—, dijo —Esto no servirá. No puedes presentarte ante el Rey de Megalon vestida como una campesina.

Con un chasquido de sus dedos, sastres y doncellas invadieron la sala. La desnudaron en frente de todos con eficiencia impersonal y la vistieron con ropas nuevas que le dieron un nuevo y falso estatus. El corsé le oprimió el torso, ajustando su figura a un ideal que no le pertenecía. Si se mirara al espejo, vería a una extraña: una muñeca bonita, de ojos negros demasiado grandes por el miedo.

Sus lagrimas no podía parar, silenciosas para no importunar a nadie, sin embargo fueron objeto de muecas de odio y calculo. El rey estaba pensando seriamente en no aceptar la peticion de su hermano, de enviar a su hija bastarda en vez de la legitima.

—Ahora, la etiqueta—, anunció el rey. —Y por los dioses, espero que seas más dócil que tu hermana.

La institutriz, Madame Dubois, era una mujer delgada y huesuda cuya boca parecía contrariada. Durante cinco horas interminables, intentó inculcar en Flor las complejas normas de la etiqueta real: cómo caminar, cómo sostener la copa, cómo dirigirse a cada rango, como hacer una reverencia dependiendo del rango.

Fue un desastre. Los pies de Flor, acostumbrados a moverse con rapidez se enredaban en la pesada tela de la falda. Sus manos, diestras al limpiar, parecían torpes al intentar el delicado movimiento de desplegar un abanico. Al intentar una reverencia de "respeto moderado", casi se desploma.

—C'est une cause perdue! ¡Es un caso perdido!—, exclamó Madame Dubois, después de que Flor volviera a confundir el saludo para un duque con el de un barón. —No hay tiempo. No hay base. Es como enseñar a un gato a recitar poesía.

El rey Mathias, que observaba parte del suplicio con impaciencia, suspiró. Por donde se mirará la situacion, era un desastre.

—Entonces, simplifiquemos. ¿Qué es lo estrictamente necesario?

Madame Dubois frunció los labios.

—A callar. A decir 'Sí, Su Majestad' y 'No, Su Majestad'. Y a hacer una reverencia, solo una, pero perfecta. La reverencia de presentación nupcial. Lo demás... que los dioses se apiaden de nosotros.

Así, los días siguientes se redujeron a una tarea obsesiva. Flor ya no era una persona; era un mecanismo que debía perfeccionar dos movimientos y tres palabras. Se pasaba horas inclinándose ante su propio reflejo en el espejo, ajustando el ángulo de la espalda, la curvatura de las rodillas, la posición de las manos.

"Sí, Su Majestad". "No, Su Majestad". Su voz, antes un susurro en las escaleras traseras, ahora repetía esas frases hasta quedarse ronca. Aprendió a bajar la mirada, a contener la respiración, a convertirse en una estatua de tranquila sumisión. Una muñeca de porcelana, elegante y vacía por dentro. El Rey miraba con malos ojos todo, pero la forma de sumisión y de contestar le pareció adecuada para una reina rehen. Pesaba que sería lo mejor y, de seguro, es lo que esperaba el Rey Theodore.

De noche, cuando la dejaban sola en la opulenta habitación, el pánico regresaba. La imagen que la atormentaba no era la de un matrimonio con un extraño, sino la del momento de la verdad. El Rey de Megalon, un guerrero orgulloso, esperando a la hermosa y rubia Eleanor, la hija legítima de la que seguramente había oído hablar. En su mente, veía con claridad terrorífica cómo sus ojos se posarían en ella, morena, bajita, una impostora evidente. Vería el engaño, lo tomaría como el insulto supremo que era, y desenvainaría su espada. La mataría a ella primero, luego a su padre, a Mathilde, a Remus... sería el fin de todo, y la culpa sería solo suya por no haber sido lo suficientemente buena, lo suficientemente noble, lo suficientemente Eleanor.

Esas noches, el sueño no llegaba. Se quedaba acostada, mirando el techo de la cama, escuchando los latidos de su corazón, segura de que cada uno la acercaba más a la muerte.

Una semana despues, llegó el día. El sol brillaba, las banderas adornaban el palacio, y ella sentía atrapada. Ese lujo, lejos de llenarla de envidía o . Flor, vestida con un traje de terciopelo azul oscuro y perlas, se sentía como un ave enjaulada. Había perfeccionado su papel. Era la muñeca. Se movía con una quietud estudiada, su rostro era una máscara serena, aunque por dentro, gritaba.

Los escoltas de Megalon entraron en el gran salón del trono con pasos firmes. Flor, de pie junto al trono de su tío, no se atrevía a alzar la vista. Oía los pasos acercarse, fuertes y seguros, el centro de todo el silencio expectante.

Entonces, los vio. Y contuvo el aliento.

El Rey Theodore de Megalon no era el viejo ogro barbudo que su imaginación había pintado. Era alto, ancho de hombros, tan rubio que parecía hecho de luz y unos ojos azules frios. Era, innegablemente, guapo. Y joven.

Su mirada pasó por el rey Mathias, que fingía serenidad; por el Archiduque Alaric, pálido y rígido; por Mathilde, que forcejeaba por mantener la compostura; y por Eleanor, que estaba a un lado, tan hermosa y rubia como un cuento de hadas. Y por ultimo, esa mirada azul se posó en ella.




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