La Reina Bastarda

3. Torpe

El mundo entero parecía contener la respiración. Flor sentía el peso de la mirada del Rey Theodore como una piedra gigante, presionando sobre sus hombros, exigiendo que su fachada se quebrara, o mejor, que se rompiera por completo, sin posibilidad de arreglo. Preparó su mente para el golpe, para la palabra que condenaría a todos en aquel salón.

Pero esas palabras nunca llegaron.

En cambio, Theodore se inclinó con una gracia que no parecía propia de un guerrero. No. Con la gracia que chocaba con su reputación con la imagen que habían construido de él esos ultimos meses. Theodore tomó la mano que Flor, por puro instinto entrenado esos ultimos dias, le ofreció. Sus dedos eran ásperos y el contacto fue una descarga que le recorrió el brazo. Las manos de Flor y de Theodore estaban marcados por el trabajo duro y sin descanso, solo que por distintos motivos. Él por la grandeza que significaba ser un rey guerrero y ella por el deber que significaba tener que comer y vivir en la casa de su padre.

Se miraron por un poco más tiempo del debido. Ella temblaba bajo sus ojos, pero sin ser capaz de apartar la mirada.

Y, sin romper el contacto visual el rey Theodore llevó su mano a sus labios. El beso no fue un roce cortés, sino una presión sobre sus nudillos. A proposito agarró la mano con algo más de fuerza de la necesaria. Un estremecimiento recorrió la espalda de Flor. No era un gesto de caballerosidad, era una marca de ganado lo que pretendía.

Luego, soltó su mano y se dirigió al Rey Mathías. La voz de Theodore, grave y serena, cortó el silencio de la sala.

—La oferta es aceptable—, dijo, y una ola de alivio, aunque tenso, llenó la sala. Todos sabian que era imposible hacer pasar a Flor como Eleanor. Flor vio cómo los hombros de su padre se hundían con alivio. Pero Theodore no había terminado. —Sin embargo, las circunstancias... modifican el valor de la transacción. Exigiré el doble del oro prometido.

No hubo protesta. No hubo negociación. Solo un nuevo silencio, más pesado que el primero, cargado de la humillación de un rey que era extorsionado en su propio castillo. Su tío asintió una vez, con un movimiento seco. El precio de su secreto, del engaño, había sido fijado. Flor valía el oro ahora que era el sello de la paz.

Fue entonces cuando Eleanor se separó del grupo de damas y se acercó. Su andar era suave, su sonrisa, cordial. Tomó las manos de Flor, que aún sentían la presión del beso de Theodore.

—Querida Florence—, dijo, con una voz dulce que era falsa. —Debo despedirme. El reino tendrá una deuda por tu... sacrificio.— Sus ojos avellana se posaron en los de Flor con intensidad. —Rezaré por tu supervivencia, ahora que has sido... aceptada.

Las palabras eran un veneno elegante. Supervivencia. Aceptada. No "felicidad", no "dicha". Eleanor se lavaba las manos, dejando claro que Flor se iba en un territorio del que nadie esperaba —Tal vez ni deseaban— que regresara viva. Flor solo pudo asentir, muda, la sonrisa que había practicado tembló y todos en la sala, cual alcones, lo notaron.

El resto de la recepción fue una tortura para Florence. Las conversaciones surgieron, aunque forzada. Los cortesanos hablaban del clima, de la caza, de cualquier cosa menos de lo obvio: la novia suplente y la "dote" rescate duplicado. Theodore se movía entre ellos con una calma incómoda para todos. Sus ojos, sin embargo, siempre encontraban a Flor, como un halcón que no pierde de vista a su presa.

Llegó el baile. El terror de Flor alcanzó su punto máximo. La música comenzó y Theodore se acercó para reclamar su danza como futuro marido. Flor otra vez no pudo hablar, como pasó toda la noche, y solo movió un poco la cabeza. Una sonrisa que se acercaba más al terror que la felicidad se implantó en su rostro mientras era dirigida al centro del salón.

El baile comenzó, Flor trataba de mantener su respiración tranquila. Al menos hasta que pisó el empeine del Rey no una, sino dos veces. Perdió el compás, giró en la dirección equivocada, y en un momento dado, estuvo a punto de tropezar con el borde de su propia falda. Sentía que iba a morir. No. No solo lo sentía. Estaba asegura de que moriría al final de la noche.

Él no dijo nada. No frunció el ceño, no apretó la mandíbula, no sé enojó. Sostuvo su cuerpo con una firmeza imperturbable, guiándola con una fuerza que evitaba el desastre total, pero su silencio la reprimenda. A su alrededor, Flor sentía las miradas compasivas, las burlas disimuladas, el bochorno de todos. Era un desastre, y todos lo sabían.

Todos rogaban que el humor del rey no se perturbara. Si lo hacía... Las consecuencias no tendrían fin.

La cena fue una continuación de la humillación. No sabía qué cubierto usar para cada plato. La copa de cristal tallado le parecía tan frágil que temía hacerla añicos con solo tocarla. Comió poco, un nudo en la garganta de ansiedad. Lo poco que comió se revolvió de tal manera que pedía salir. Theodore, sentado a su lado, no hizo ningún intento por conversar. Su presencia era un bloque de hielo, un recordatorio de su ineptitud.

Cuando por fin, tras una eternidad, se anunció que las damas podían retirarse, Flor sintió que se ahogaba en alivio. Con una reverencia apresurada y torpe, se escabulló de la sala, ignorando el susurro de su nombre por parte de alguna doncella. No se dirigió a sus aposentos. Corrió por los pasillos, empujando una pesada puerta de vidrio que daba a los jardines, aquellos que siempre pensó ser la unica parte del palacio tranquila.

La noche era fría, un contraste brutal con el aire cargado del salón. Las lágrimas que había contenido con un esfuerzo sobrehumano brotaron por fin, silenciosas y calientes, trasando un camino en sus mejillas. Se desplomó contra el tronco de un roble antiguo, hundiendo el rostro en sus manos. El jardín estaba sólo y nadie saldría a esa hora.

No lloraba solo por los tropiezos, por la vergüenza. Lloraba por su destino, ¿Cuanto tiempo podría sobrevivir? No queria morir, la sola idea presionaba su cuello y no la dejaba respirar. Había sido vendida como un animal por un precio mayor. Su nuevo esposo la despreciaba, eso era seguro. Su silencio debia ser una mezcla de odio al engaño y calculo para saber cuanto afectaria que la matara... ¿Qué pasaría cuando descubriera su verdadero valor y supiera que no importaba si vivia o moria?




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