La Reina Bastarda

4. La llaman Flor

La firma en el pergamino había secado la tinta de su destino. Theodore, Rey de Megalon, se sentía extrañamente vacío. La victoria estaba ahí, tangible: la cesión de las Tierras Altas del Norte, ricas en minerales, y un cofre de oro que ahora se duplicaba. Todo sellado con una alianza matrimonial. Pero la mujer a su lado, la prometida, era un enigma silencioso y torpe que no encajaba en ningún relato que hubiera escuchado sobre la hija del Archiduque. Es más, ni siquiera habia oido de que el archiduque tuviera más de una hija. ¿De donde había salido? Además de que el color de tez resaltaba por la ausencia de un familiar moreno.

Una opresión en el pecho, no de culpa sino de una profunda insatisfacción, lo empujó a alejarse del murmullo forzado del salón. Necesitaba aire. Cruzó una puerta lateral y se adentró en los jardines nocturnos del palacio, donde el aire frío limpiaba el olor a cera y perfume. De vez en cuando cerraba los ojos un momento para asegurarse de escuchar los movimientos de sus guardias y de que no habia nadie siguiendolo.

Fue entonces cuando lo escuchó. Un sonido débil y quebrado, como el aleteo de un pájaro herido. Sollozos. La curiosidad, una de sus pocas indulgencias, lo guió entre los setos podados hasta que la vio.

Arrodillada junto a un roble antiguo, con el vestido de terciopelo azul manchado de tierra, estaba ella. Su espalda delgada se estremecía con cada gemido ahogado. Theodore se detuvo en la sombra, convertido en un espectro de piedra. La miró por mucho tiempo, sorprendido.

Se sorprendió a un más cuando, al acercarse un poco más, escuchó unos susurros que se hacian inintelible... en su mayoría. Lo poco que lograba entender lo dejo perplejo.

—...siempre lo supe. Nunca... nunca fui suficiente.— La voz de la joven era un hilo de dolor, cargado de una amargura. —Soy torpe. No sé bailar, no sé comer... no sé ser... ella.

Theodore frunció el ceño.

—Me rechazaron desde que nací. Mi propio padre no puede ni mirarme. Y ahora... ahora me entregan como un fardo. Él... él ni siquiera me ha hablado. Me mira como si fuera un insecto. Tiene razón. ¿Qué soy yo sino una sirvienta con un vestido bonito? U-una —Más que hablar, se desahogaba con el viento, con el pasto, con el aire, con todo con lo que era prudente desahogarse.

La voz se quebró en un nuevo acceso de llanto, ahogando la última palabra, que para Theodore sonó solo como un sollozo ininteligible. Él permaneció inmóvil, escuchando el monólogo de desprecio propio y dolor que fluía como un río desbordado. Hablaba de rechazo, de inutilidad, de ser un sustituto, un peón. No mencionó su nombre completo, ni su linaje, solo un dolor profundo y ancestral que resonó, contra su voluntad, con algo en su interior. No era la queja de una princesa consentida, era el lamento de alguien que siempre había vivido en los márgenes. Para él, el hecho de que se llamara a si misma sirvienta significaba lo obscura que era la familia del archiduque.

Cuando los sollozos se convirtieron en un temblor agotado, Theodore se retiró con la misma sigilosa con la que había llegado. La imagen de la muchacha quebrantada bajo el roble se le quedó grabada a fuego. Regresó al salón, donde la fiesta artificial continuaba languidecía. Su mirada buscó y encontró al Archiduque Alaric, bebiendo vino con una expresión de alivio tenso.

Theodore se acercó.

—Archiduque—, dijo, su voz neutra. —Su hija... la joven que será mi reina. Me gustaría conocer más de ella. Su nombre, por ejemplo.... 'Flor'... ¿es una abreviación?

Alaric se quedó paralizado. El pánico cruzó sus ojos por una fracción de segundo antes de ser dominado y volver a una mirada parcialmente controlada.

—Florence, Su Majestad. Pero... siempre la hemos llamado Flor.— La respuesta era evasiva, vacía. —Le gustan las flores, creo. De ahí el nombre. Lo siento, es... es todo lo que sé, lo adecuado sería preguntarle a su... niñera.— No ofreció anécdotas, ni gustos, ni historias. Era como si estuviera describiendo a un mueble.

Theodore asintió lentamente, la sospecha creciendo como maleza en su mente. "Florence", repitió, probando el nombre. Sonaba a flor, sí, pero también a una ciudad renacentista, a algo con peso. No encajaba con la descripción de la niña mimada que esperaba o con la chica destrozada que habia visto.

—Bien... Sus manos parecen algo maltratadas, ¿Sus hobbies tienen que ver con el esgrima o algo más pesado? Además... Tengo curiosidad de saber porque es la única joven en la sala que no usa guantes

Fue entonces cuando Eleanor se deslizó a su lado, con una sonrisa dulce y falsa. Con solo verla, Theodore ya sabia que las respuestas serian metodicas y que la verdadera maestra en manegarlo sería ella.

—Mi hermana Florence siempre ha sido... tranquila, Su Majestad—, dijo, sin abandonar su sonrisa. —Muy apegada a sus labores domésticas. Le gusta la jardinería, y es muy devota.— Cada palabra era cuidadosamente elegida para pintar el retrato de una joven simple y piadosa, sin profundidad ni relevancia. Nada que explicara el océano de dolor que acababa de presenciar. —Su devoción sin limites ha causado que sus manos se deterioren un poco. Y respecto a los guantes, tengo entendido que el pais al que mi hermana ira a reinar tiene distintas etiquetas. Por eso nos esforzamos en saber cuales son y la vestimos de tal manera, los guantes no se usan en Megalon y los vestidos tiene menos volumen y mangas más largas. Su vestido trata de presentar una transicion entre ambas culturas. ¿Tiene otra pregunta?

La sospecha de Theodore se solidificó. Le habían dado una sustituta, eso era obvio. Una chica de la que nadie sabía nada, de la que nunca había oído hablar. Una adoptada, quizás, o una pariente lejana utilizada como carnada. La traición mordió su orgullo, pero más fuerte era la voz pragmática de su consejero en su mente: —Acaba la guerra, Theodore. Tienes la alianza de sangre, las tierras, el oro. Ella es el precio.—




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