La Reina de Hordaz

7. El orador de un alto poder (parte 2)

—Treinta.

—Una edad adecuada para un general. No te parece así, ¿querida Surcea?

La Corniz palideció y el general pareció notarlo.

—¿Se encuentra bien, señorita? Podría sentirse mareada por los trotes de los caballos. Les diré que paren un momento.

—¡No! —tanto Lelé como Básidan se le quedaron mirando—. No hace falta, general, suelo ponerme así de repente.

—¿Segura?

—Tranquilo, tomé un poco de té con algunas hierbas para el mareo antes de salir. Creo que un poco de aire fresco me sentará muy bien.

Cuando el carruaje se detuvo, e Ileana y Surcea se sujetaron de los brazos para caminar, el general Kendrich prefirió seguirlas a una distancia adecuada. Quería que las personas de Hordáz lo reconocieran como el general de la reina y el líder autoritario de la legión más grande e importante de todo aquel país.

Aquella tarde hubo de todo: personas que idolatraban a la reina, niños y niñas que deseaban que Lelé les acariciara las cabezas, perros y gatos que movían la cola a su paso, mujeres que se sentían orgullosas de ella, hombres que anhelaban que la reina se fijase en ellos, y por último estaban los que la criticaban, los que se burlaban de ella y los que la llamaban zorra sin importarles que aquello pudiera castigarse con cárcel.

Por supuesto, Lelé no dejó de sonreír y aceptar los obsequios que su pueblo le daba. Surcea comenzó a cargar y llenar sus bolsas con todo tipo de cosas, quesos frescos, vino, carne curada, leche, pan recién salido del horno, ramos de rosas, y hasta una ancianita se acercó para entregarle un chal tejido a mano. Lelé no lo dudó, le besó las manos a la anciana, deslizando misteriosamente un par de monedas de oro en sus arrugados dedos, y se colocó la prenda encima. Olía a los jabones de garapiñados.

«Jabones de garapiñado», el olor le hizo recordar a su brujo, y se preguntó qué estaría haciendo. Solo esperaba que no volviera a romper ninguna otra tubería, o de verdad Surcea sería la primera en exigir que lo despidieran.

—Surcea —Lelé le habló en el oído. La Corniz le había entregado sus bolsas a uno de los soldados, por lo que ahora llevaba las manos desocupadas.

—¿Ocurre algo?

—Tú sujétate del brazo derecho de Básidan y yo del izquierdo.

—¿Para qué quieres que haga eso?

—Necesito preguntarle por los guardias, y será una excelente excusa para que tú puedas tocarlo.

—Lo haré, e intentaré no morir en el intento.

Las dos mujeres se pusieron en marcha. Lelé sujetó el lado izquierdo del general y Surcea el lado derecho. Básidan soltó un pequeño respingo al sentir las manos tibias de la reina y de su Corniz sobre las mangas de su uniforme, pero no protestó nada. Más por educación que por gusto.

—Veo que ya han sacado a varios guardias de las calles, general.

—Así es, Majestad.

—Y después de reubicarlos, ¿a qué parte del Norte los enviarán?

—Primero se les hace llegar una carta firmada por el general Francesco Gandola, en donde se les explica que serán enviados a la parte Norte para recibir adiestramiento de la Novena Legión y que después serán puestos a disposición del castillo.

—¿Y qué mentiras se les ha dicho? Porque no creo que les haya revelado que tengamos… —Lelé bajó la voz— la espada en nuestro poder.

—Que los veteranos se están jubilando y que ahora es de suma importancia que las nuevas generaciones aprovechen la presencia de la Novena Legión. Y es que, por si no lo ha notado, Majestad…

—Todo soldado quiere formar parte de la Novena Legión; de los soldados de élite.

—Para muchos somos una leyenda con bases muy bien construidas.

—Y no lo pongo en duda. ¿Las familias de los soldados que son reubicados, reciben alguna bonificación como antes?

—Por supuesto, pero ahora con el incremento de un treinta por ciento.

—La espada tiene que ser muy importante —y antes de que pudiera detenerse, Surcea ya había hecho su comentario—. Perdón, yo no…

—No se preocupe, señorita. Al estar aquí presente, la reina ha de confiar ciegamente en usted —Básidan le restó importancia—. Respondiendo a su pregunta, sí, esa espada es el corazón entero de Hordáz y también podría llegar a ser su destrucción.

Uno de los caballos del palacio atravesó el gentío de personas que no dejaban de aglomerarse para ver a la reina. El capón se acercó al general y su jinete se quitó la capucha.

—Señor —exclamó.

—¿Qué sucede?

—Me envía el sargento segundo. El Obispo está en el castillo y ha dicho que no piensa marcharse hasta que hable con la reina.

—¿El Obispo? —el rostro de Ileana palideció, y ahora era ella la que sentía deseos de vomitar.

«Priry. Priry está en el castillo».

—Tenemos que ir, pronto —Lelé jaló el brazo del general hacia el lugar en donde se hallaba el carruaje—. Eh… no creo que sea adecuado que vea la… espada, ¿verdad? —mintió para encubrir su verdadera preocupación.




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