La Reina de Hordaz

9. Alta acusación y un robo perfecto (parte 2)

Básidan regresó a su campamento, se reunió con sus hombres de más alta confianza y en grupo entraron a una de las carpas. El lugar estaba bañado por una suave luz anaranjada que luchaba por mantener iluminada toda la estancia. Había mesas, sillas y archiveros de metal que seguramente guardaban varios documentos importantes. Y es que no es de asombrarse, pues dicha carpa se hallaba en el centro del campamento, custodiada día y noche por los mismos integrantes del ejército.

—Olegh, dime que ya has abierto esa cosa.

Uno de aquellos soldados, aquel que se hallaba trabajando encorvado sobre la mesa de centro, un sujeto de cabello negro, ojos azules como el cielo y mejillas rojas, levantó su mirada y sonrió apenas entendió el gesto furioso de su general. ¿Recuerdan al sargento segundo que se presentó con Lelé el primer día que el destacamento se instaló en los jardines? Pues ese hombre era Olegh.

Ahí dentro también lo acompañaban tres hombres más. Frey: un hombre joven, alto, delgado, de cabello oscuro y alma sombría. Eghor: un sujeto fuerte, lleno de músculos y de cabello rubio que lucía un perfecto corte militar. Y por último estaba Caleb: un soldado de hombros anchos, de cabello rojo y al que le encantaba masticar goma de mascar con sabor a cereza. Los cinco conformaban el cerebro intelectual de la Novena Legión. La Orden de los Caballeros Blancos del clan «CB».

—¿Ya ha venido el klerento? —Caleb utilizó el eufemismo con el que la Novena Legión usaba para referirse a los «sospechosos».

—De hecho, acaba de irse. Vino resguardado por una horda de sus mercenarios y ha acusado a la reina de dicho robo.

—¿Qué esperabas, Básidan? —Eghor le golpeó el hombro—. Le has dejado el blasón de Hordáz como advertencia escrita.

—Y con esa supuesta prueba intentó acusarla.

—Relájate, general, quizá esto te alegre el día —Frey se acercó a él y dejó sobre la mesa varios sobres llenos de documentos y firmas—. Logramos abrir la caja fuerte.

Los ojos de Básidan brillaron. Al menos eso confirmó que su espionaje de todos esos días había rendido sus frutos, pues después de días y tardes enteras entrando a la Gran Capilla y aparentando rezar, había resultado en un increíble hurto que puso aquella caja fuerte en manos del general y de todo su ejército.

—Yo tengo una pregunta —exclamó Olegh—. ¿Cómo demonios pudiste sacar esta cosa de la Capilla? Está inmensamente pesada.

Pero el general sonrió.

—Me han entrenado para domar bestias con mucho más poder. Una simple caja de acero no representaba ningún problema.

Básidan y el resto de sus soldados se dedicaron a examinar uno por uno los documentos extraídos. Sin embargo, aquello no era nada de lo que el general se había imaginado.

—¿Solo esto contenía esa cosa?

—Un par de renichos, algunos anillos y un rosario de plata.

Básidan observó los anillos, tomó el de la piedra roja, lo escondió en el bolsillo de su pantalón y después suspiró frustrado.

—Esto no es nada; son solo escrituras de la Capilla, dos más en construcción y facturas de los servicios básicos.

—Tal vez la verdadera información está oculta dentro de otra caja fuerte.

—No —Básidan se puso de pie, rascándose la barba y comenzando a caminar alrededor de la mesa y de sus compañeros—. La actitud del Obispo era desesperada. Le interesaba recuperar la caja fuerte. Debe haber algo escondido en estos malditos documentos.

—Yo, yo creo que encontré algo. No sé si a ustedes también les provoque curiosidad o solo son ideas mías…

—Habla de una maldita vez, Olegh, no tenemos tiempo que perder.

—Bueno, miren esto, aquí en las supuestas escrituras de la Capilla. Se supone que cualquier propiedad adquirida legalmente en Hordáz suele llevar una certificación que avale su autenticidad. Estos números de aquí no son normales. La certificación en Hordáz siempre está dividida en tres grupos de cinco números cada uno. Y en este caso, son cinco grupos de dos números.

15 – 24 – 33 – 42 – 51

—Yo lo veo más como una contraseña que como una certificación —dijo Caleb.

Básidan observó a Olegh y le palmeó la espalda.

—Bien hecho. Que alguien me comunique con el Emperador de Kair Rumass. Él tiene infiltrados como monaguillos en las diferentes Capillas de todas las tierras. Quizá alguno de ellos haya visto ese mismo seriado en alguna de sus iglesias.

—Mientras tanto ¿qué vamos a hacer si el Obispo regresa al palacio?

—Proteger a la reina. Pase lo que pase no puede tocarla, porque si lo hace, eso pondría en peligro a la Espada. Envíen a algunos de nuestros soldados a patrullar las calles y que aparenten estar investigando el caso de robo.

—Está claro que el Obispo no va a detenerse hasta conseguir de regreso su caja fuerte.

—Y la tendrá, después de que tomemos todo lo que necesitemos.

Después de unos minutos, Básidan regresó al palacio, aun debía hablar con la reina y ponerla al tanto, hasta cierto punto, de lo que estaba pasando. Para el general, Lelé debía saber solo lo básico, pues si le contaba su verdadero motivo por el que había llevado a la Novena Legión al castillo, una terrible guerra estallaría entre las cinco tierras que conformaban Zervogha.




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