La Reina de Hordaz

10. Atraco de información (Parte 1)

Omalie y Lelé abandonaron la cámara de reuniones tomados del brazo, y a pesar de que Ileana estuviese pasando un momento ciertamente funesto, no se dejó intimidar por la sombra de la difamación.

—¿Qué piensas hacer en este momento?

—¿Yo? —Omalie la miró. Sus pecas se extendían sobre todo su rostro como una hermosa pintura de estrellas—. No pienso hacer nada. O bueno, sí, estoy aprendiendo a bordar servilletas. Tal vez haga un par para regalar en tu boda.

La palabra turbó a Lelé, pero no lo demostró.

—En realidad, yo tenía algo para comunicarles esta mañana, pero la visita del Obispo me arruinó la sorpresa.

—¡Es verdad! Cuéntamelo ahora, por favor. Las intrigas suelen afectar mi digestión.

Ileana contuvo sus ganas de echarse a reír.

—Necesito que tú y Surcea estén presentes…

Pero entonces, una de las mucamas del castillo se les acercó. Llevaba un bonito sobre en las manos, el cual terminó entregándole al Duque.

—Señor, un emisario ha dejado esto para usted —la criada hizo una reverencia, sonrió y entonces se marchó.

Omalie soltó el brazo de Lelé y, tras arrancar el sello oficial de la Casa Vergeles y sacar el papel que había dentro, observó, con un ligero rubor en las mejillas, el hermoso dibujo de un ave fénix, envuelto por sus características y alucinantes llamas rojas.

—¿Qué es eso? —Lelé frunció el ceño.

—Esto, querida mía, es el llamado de un amante completamente enamorado.

—Ya sé que el sobre lo ha enviado el Barón, el sello lo indica, pero ¿qué quiere decir el dibujo del ave?

—Esta es la figura que ambos utilizamos cuando pedimos vernos. No confío en los emisarios de Hordáz, y la verdad es que me da mucho miedo que alguien pueda revisar nuestras cartas y descubrir nuestra relación. Es por eso que enviamos este dibujo como una clave de visita. Representa el poder que ambos tenemos para seguir con esto, y también el fuego que nos consume cada vez que nos vemos.

A Lelé se le ablandó el corazón.

—¿Eso significa que nunca se han obsequiado una carta de amor?

—Por supuesto que sí. Muchas. Solo que esas nos las entregamos en persona y no las leemos hasta que estamos separados. Es así como se conserva la magia de lo tradicional; leer lo que la otra persona te ha escrito cuando no lo tienes en frente.

—¿Irás a verlo?

—Le diré que no puedo. Tú me has pedido tener una reunión, y no puedo cancelarla.

—No te preocupes por mí, Omalie. Ve y visita al Barón, llénate de felicidad que yo sabré apreciarla.

—¿De verdad?

—Lo que tengo para decirles puede esperar, pero dudo mucho que un baño de agua fría apague el fuego que está consumiendo a nuestro estimado Barón.

El tío le sonrió, le besó la frente y entonces se fue dando pequeños saltitos de emoción. Era tan dichoso.

Por su parte, Ileana regresó a sus aposentos. Dio un par de vueltas en la alfombra como si estuviese bailando un vals y entonces se desparramó en la cama, sonriendo y recordando aquella bella voz que parecía tenerla hechizada. De pronto, una de sus manos palpó lo que parecía ser un trozo de papel arrugado.

Era una nota cubierta por un par de pétalos secos de rosa.

Les he quitado todo lo muerto a nuestros rosales. Ahora podrán florecer como tú; más hermosas cada día.

Hoy, en el jardín a las ocho.

P.D. No quiero tener una cena romántica con Candela, por favor, no la envíes a ella.

Sobraba decir quién había dejado aquella nota. Lelé entendió la felicidad de su tío, pues bajo su propia manera, ella también estaba descubriendo que alguien más podía quererla, y que los encuentros de una sola noche por fin podrían quedar en el pasado.

Decidida, besó una vez más el papel de la nota y lo depositó debajo de una de sus almohadas. Se puso de pie y se dirigió hacia su escritorio. Ella también debía redactar una carta y enviarla lo más pronto posible. Terminó de escribir, la introdujo en un sobre color lila y como último toque, le colocó el sello oficial del castillo, aquel que hacía verificar la autenticidad del remitente; en este caso, la reina Ileana Barklay.

Cuando Lelé salió al pasillo, y llamó a una de sus empleadas, esta se acercó para recibir de las propias manos de la reina aquella nota.

—Necesito que le pidas a un mensajero que lleve esto a la Casa del Conde Houlder. Es urgente que llegue hoy.

—Entendido, Majestad —la criada hizo una reverencia, y sin decir nada más, simplemente se alejó.




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