La Reina de Hordaz

11. Gárgolas; la orden de los Caballeros Rojos (Parte 3)

Los Caballeros Rojos, o comúnmente también llamados Las Gárgolas, eran una Orden de caballeros que estaban al absoluto servicio de la Gran Capilla y del Obispo. Habían sido entrenados desde muy jóvenes, tanto para luchar en combates, como para servir como monaguillos en las misas religiosas. Eran guerreros de una sola pieza, ruines y despiadados que no se tocaban el corazón al momento de perseguir y exterminar a los seres míticos que se cruzaban en sus caminos o que eran denunciados.

Las Gárgolas vestían guantes negros, botas altas, capuchas negras que les cubrían todo el rostro y solo dejaban al descubierto sus feroces ojos. Llevaban capas rojas y también túnicas blancas con la imagen de Ghirán en el centro. Sabían manejar cualquier tipo de arma, y eso, los hacía altamente letales.

La explanada de la Gran Capilla estaba llena de personas sosteniendo antorchas, rastrillos de jardinería y mazos mientras gritaban, insultaban y les lanzaban fruta podrida a las dos inofensivas criaturas que se hallaban resguardadas por varias Gárgolas. Los guardias y soldados comunes ya ni siquiera estaban cerca, por lo que casi todo el terreno estaba cubierto por uniformes blancos, cascos grises y capas rojas.

Cada uno de los enanos estaba inmovilizado por una enorme picota de madera. Tenían las manos y la cabeza presas. Algunos feligreses habían colocado una pequeña torre de ladrillos para que los condenados pudieran subir sus pies y así alcanzar perfectamente los tres agujeros que se utilizaron para su cuello y sus dos manos. Sus rostros se hallaban magullados; tenían sangre en la piel, en la nariz y en la boca. Qué infierno tan horrible les habría tocado vivir mientras Las Gárgolas los arrastraban a la Gran Capilla.

—¡Demonios! ¡Demonios! —gritaban las personas.

Normalmente la Orden de los Caballeros Rojos no se dejaba ver en las calles ni en ningún otro lugar, pero cuando se trataba de una ejecución, tengan por seguro que ahí estarían presentes. La capucha de sus cabezas los ayudaba a proteger su identidad, así que la mayoría del tiempo aquellos mismos hombres se dejaban ver expuestos y sirviendo a la Gran Capilla como acólitos, feligreses o simplemente ayudantes voluntarios.

El Obispo salió, flanqueado por dos de sus Gárgolas y en las manos llevaba dos baritas de incienso que iba dejando un espantoso hedor a su paso. Las personas que se hallaban cerca desearon cubrirse la nariz y alejarse del espantoso aroma, pero como el Obispo decía que aquello ayudaba a limpiar el aire, optaron por quedarse y respirarlo aunque les provocara náuseas.

—Es una desalentadora noticia —el Obispo elevó su voz—. Creí, ¡tuve la esperanza de que Hordáz pudiera librarse de anomalías como estas! Pensé que por fin podríamos vivir en un país en el que reina la tranquilidad y la pureza… pero veo que no ha servido de nada. ¡Seres como estos no deberían existir! ¡Deberían borrarse del mapa y de la mente de cualquier niño y persona normal! Su isla es un lugar que debería desaparecer, que debería ser tragada por el mar y así olvidarnos de que alguna vez existió. Hemos sacrificado muchas vidas, a muchos soldados que arriesgan sus integridades por erradicar a estos ¡monstruos! —señaló al matrimonio de enanos que no dejaban de llorar— ¡Ya es justo que Hordáz demuestre su poder y ellos entiendan que no son bienvenidos en nuestras tierras!

Los abucheos comenzaron.

—¡Que se larguen!

—¡Quemadlos! ¡Brujos!

—¡Alimañas! ¡Desgraciados!

El enano varón levantó su mirada cubierta por lágrimas y observó al Obispo.

—Si mi sangre es lo que deseas, tómala, haz con mi cuerpo lo que quieras, pero te pido que le perdones la vida a mi esposa. Ella no ha hecho nada malo.

El Obispo se carcajeó.

—Reproducirse es el crimen más grande que ha cometido. No son como nosotros, ni siquiera deberían tener lugar en el reino de la vida. No son más que abominaciones y bestias deformadas. ¡Muerte a los demonios!

—¡Muerte a los demonios! —lo corearon el resto de personas.

El Obispo se giró hacia sus Gárgolas, y con un simple ademán de manos, les indicó que procedieran. Dos Caballeros Rojos se acercaron a los enanos y comenzaron a vaciar sobre sus cabezas varias cubetas con entrañas de pescado. Aquello atraería el apetito voraz de algunas gaviotas y otros animales que picotearían sus carnes hasta matarlos. Por supuesto, eso no era ejecución. Eso era tortura. Abominación. Crueldad. Brutalidad.

Las Gárgolas lo obedecieron sin presentar remordimiento alguno. Eran tan fieles que incluso si el Obispo les ordenaba asesinarse a sí mismos, estos lo harían sin reparar en las consecuencias o en la ridiculez que aquella orden significaba. Estaban hechos para obedecer únicamente a su pontífice.

De pronto, y antes de que las aves pudieran acercarse, el canto de un poderoso cuerno de marfil resonó por todo el terreno y las personas torcieron sus cuellos para saber qué es lo que estaba pasando.

La reina había llegado.

Ileana apareció, montada sobre un hermoso caballo negro y gigante, apareció montada como los hombres; con una pierna en cada uno de los lados del animal. Llevaba puesta una larga capa negra, pantalones de cuero, botas altas, una gabardina a juego con el pantalón, su cinturón lleno de cuchillos y su espada aferrada al lado izquierdo de su cintura. Y por si fuera poco, por si alguien ya había olvidado quién era ella, una corona de obsidiana y rubíes rojos brillaba gloriosa sobre su cabeza. A su alrededor, sus soldados de la Novena Legión, y su increíble general, la seguían muy de cerca.




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